Libros y textos de una investigación en curso en psicoanálisis

Topología de los dramas del nudo

Hoy llegamos a la última sesión del seminario. Quisiera que funcionara al mismo tiempo como un cierre y como una apertura. Es decir, que nos permitiera recapitular el recorrido realizado, especialmente durante las últimas sesiones, y, al mismo tiempo, dejara planteados nuevos problemas para seguir trabajando. En buena medida, el objeto mismo no dejó de desplazarse mientras avanzábamos en el seminario. Muchas de las discusiones que tuvimos fueron poniendo en tensión las tesis que iba proponiendo y obligaron a reformularlas.

Recordemos que el seminario se titula Operaciones deldecir frente al campo de las inexistencias. Ese campo de las inexistencias es, en realidad, el mismo campo del decir. Su materia está constituida por lo que hemos llamado la potencia articulatoria: la capacidad previa de articulación de las unidades mínimas de la lengua, inseparable de la satisfacción que las acompaña. Se trata, por tanto, de un campo en movimiento permanente.

Pero propuse pensar su forma como un plano proyectivo real, el RP². De todas sus propiedades, tres han resultado especialmente fecundas para nuestro trabajo: su inorientabilidad, la coexistencia de recorridos reductibles e irreductibles y su bidimensionalidad. No son, desde luego, las únicas propiedades del plano proyectivo real, pero sí las que nos han permitido construir los desarrollos de este seminario.

Ese campo constituye el espacio en el que existe el soporte material del hablante: el nudo formado por las operaciones del decir. El campo impacta sobre el nudo, lo fuerza a trabajar, lo obliga a reajustarse, lo tensa y lo pone constantemente en aprietos. A ese trabajo permanente del nudo bajo la presión del campo es a lo que he llamado los dramas del nudo.

Aunque la sesión de hoy será más teórica que las anteriores, el propósito sigue siendo clínico. Todo este aparato abstracto pretende servir para pensar la práctica analítica.

Contar hasta tres y la dificultad de contar hasta cuatro

En las últimas sesiones retomamos una observación de Lacan en el Seminario 23: la dificultad de contar hasta cuatro. Vimos que el hablante cuenta, en realidad, hasta tres, y que esos tres términos se enlazan mediante un nudo borromeo.

La primera operación del decir, el uno, consiste en la relación moebiana entre cuerpo y sentido. La llamamos interpretación. El hablante interpreta el campo con su cuerpo y con el escaso sentido que logra producir. Conviene recordar que el sentido siempre es posterior a la articulación. Ya Freud lo había señalado en 1891. Primero acontece la articulación; sólo después puede aparecer el sentido.

La segunda operación es la nominación. Si Lacan presenta al uno mediante la figura del saco que delimita un vacío, el dos es el signo conviene a ese saco, es decir, al cuerpo en cuanto delimitación de un vacío.

La tercera operación es la praxis. No existe una correspondencia estable entre el cuerpo y el signo; esa relación debe actualizarse continuamente. La praxis constituye precisamente ese trabajo incesante de producir una articulación entre el uno y el dos.

Tenemos entonces un cuerpo que delimita un vacío, un signo que conviene a ese cuerpo y una práctica que intenta mantener su relación. Con eso el hablante cuenta hasta tres.

La praxis busca tratar la irreductibilidad que existe entre el cuerpo y el signo. El signo conviene al cuerpo mucho más de lo que admitiría la concepción estructuralista del significante. Recordemos el célebre ejemplo de Saussure: arbor. El principio de arbitrariedad sostiene que nada une necesariamente la palabra "árbol" con aquello que designa. Lacan criticará esa noción de arbitrariedad por su proximidad al discurso del amo, pero, incluso aceptándola provisionalmente, el ejemplo resulta instructivo.

Saussure representa el significado dibujando un pequeño árbol. Sin proponérselo, realiza un gesto fundamental: muestra que el significado nunca logra constituirse plenamente. Ese dibujo funciona apenas como un dedo que señala: "eso que está ahí". El significante, en cambio, pertenece al orden de lo que se escucha y no mantiene ninguna semejanza con aquello que pretende designar.

Más importante aún es que, para fundar la lingüística, Saussure elimina deliberadamente el problema del referente. El árbol concreto desaparece de la escena. La lingüística pasa a ocuparse exclusivamente de la relación entre aquello que se escucha y aquello que se señala mediante lo escuchado.

La diversidad misma de las lenguas confirma esta autonomía del signo. Incluso las onomatopeyas, que parecerían depender directamente de los sonidos del mundo, varían según la estructura propia de cada lengua. Ni siquiera ellas reproducen un sonido objetivo; responden a las posibilidades articulatorias de un sistema lingüístico determinado.

Si el signo es arbitrario y el referente queda excluido, la relación entre ambos exige necesariamente una pragmática. Eso es precisamente lo que aquí llamamos praxis: el trabajo mediante el cual el signo intenta relacionarse con aquello de lo que se trata.

Y aquello de lo que se trata, siguiendo a Lacan, es el propio cuerpo.

Al cuerpo le conviene un signo que nunca logra agotarlo. Siempre queda un resto. Siempre permanece abierta una potencia para seguir articulando algo más sobre ese cuerpo.

Con ello seguimos contando únicamente hasta tres.

El cuarto anillo y la fragilidad del nudo

La dificultad aparece cuando advertimos que ese nudo de tres existe siempre en un campo más amplio. Si llamamos P, por parlêtre y perikoresis, al nudo constituido por las tres operaciones del decir, el cuarto término no es simplemente un cuarto anillo semejante a los otros tres. Es el campo mismo donde ese nudo puede existir. Es el espacio de embebimiento del nudo, aquello que hemos llamado Logos, L o potencia articulatoria.

Es precisamente esa potencia articulatoria la que hace posible el anudamiento borromeo. Sin embargo, el nudo borromeo posee una característica decisiva: su extrema fragilidad. Basta romper uno de sus anillos para que los otros dos se deshagan.

Mientras el campo dispone de una enorme potencia articulatoria, el nudo parece sostenerse bajo una amenaza permanente de desarticulación.

Desde un punto de vista matemático esto puede parecer una propiedad elegante. Pero si tomamos en serio la afirmación de Lacan de que el nudo constituye el soporte del sujeto, esa fragilidad deja de ser una curiosidad topológica y se convierte en una amenaza constante de catástrofe subjetiva. Buena parte de la historia de la clínica, desde el nacimiento de la psiquiatría moderna, puede entenderse precisamente como una investigación sobre esas catástrofes.

Es debido a esa debilidad estructural por lo que el propio campo viene en auxilio del nudo mediante un cuarto elemento.

¿Qué es ese cuarto anillo?

Si el nudo intenta tramitar la inmensa cantidad de recorridos posibles del campo contando apenas hasta tres, su insuficiencia resulta inevitable. El campo responde introduciendo un cuarto término que ya no representa el número cuatro, sino una nueva categoría numérica: μ, el número de los muchos.

μ introduce, dentro del propio nudo, una mediación mediante la cual una parte de la potencia articulatoria del campo logra incorporarse a la organización del hablante. Gracias a ello el nudo puede sostenerse frente a la multiplicidad prácticamente inagotable de recorridos que el campo hace posibles.

El nudo de tres no es incompleto por accidente. Es incompleto por estructura. Intenta responder al infinito contando únicamente hasta tres.

Por eso el cuarto anillo no aparece como un agregado accidental, sino como una necesidad estructural. Después del uno, el dos y el tres ya no es posible seguir contando de la misma manera. Lo único que puede introducirse es una nueva categoría: muchos.

Recordarán la secuencia que propusimos: síntoma, analista y sinthome. Ese cuarto anillo es precisamente lo que preserva al nudo de una catástrofe.

Pero esa estabilización tiene un costo.

La pregunta que verdaderamente organiza la sesión de hoy es, entonces, la siguiente:

¿Qué precio paga el nudo por incorporar μ?

En ese punto entramos de lleno en el problema clínico.

Siguiendo a Lacan, la clínica se define como una elucubración de saber sobre la práctica; es decir, como aquello que cada analista pone en juego cuando recibe a alguien en las entrevistas preliminares. Bajo esta perspectiva, la clínica intenta responder a una pregunta que no es "¿quién me habla?", sino: ¿qué me habla? ¿Qué es esto que se dirige a mí? ¿Cuál es la estructura de aquello que habla?

La clínica puede definirse, entonces, como la sistematización fenomenológica de la capacidad que poseen distintos nudos ya constituidos para responder a la potencia articulatoria del campo, es decir, a esa sismicidad permanente mediante la cual el campo vuelve una y otra vez a exceder las posibilidades del anudamiento.

Ese excedente constituye precisamente lo que hemos llamado T, el trauma. No se trata de un infinito actual, sino de un infinito potencial: un número de recorridos y articulaciones muy superior a aquel que un nudo puede absorber.

Siempre existe un excedente del campo respecto de lo que el nudo ha logrado recorrer y articular. Ese excedente constituye también el fundamento de la repetición, tanto en Freud como en Lacan. Cada hablante experimenta ese exceso de una manera absolutamente singular, como una huella digital de su relación con el campo del decir.

Los fenómenos clínicos no son otra cosa que distintas modalidades de respuesta del nudo frente a esa sismicidad permanente.

Los nudos son siempre singulares, pero las formas de responder no son infinitas. Y esa limitación no parece deberse a una clasificación arbitraria impuesta desde afuera, sino a una razón topológica.

Aquí quisiera tomar distancia de cierta lectura relativista que sostiene que los tipos clínicos serían únicamente categorías históricas impuestas sobre fenómenos que, en sí mismos, podrían organizarse de cualquier otra manera. Sin duda la clínica posee una historia. El nacimiento de la medicina y de la psiquiatría abrió un campo de escucha que antes no existía. Pero reconocer esa historicidad no obliga a concluir que toda clasificación sea puramente contingente.

Existen límites estructurales que no dependen simplemente del modo de nombrar los fenómenos.

Los tipos clínicos no constituyen un saber que coloniza la práctica desde el exterior. Se derivan de las distintas maneras en que un nudo responde a la sismicidad del campo que habita.

Por eso la pregunta clínica fundamental es:

¿Cómo se resuelve el drama de este nudo?

Ese es, a mi juicio, el verdadero problema que orienta las entrevistas preliminares. Ya no se trata simplemente de preguntar dónde rompe un nudo, sino de localizar, lo más pronto posible, el punto en que la potencia articulatoria del campo encuentra la mayor vulnerabilidad estructural de ese anudamiento y, con ello, descubrir cómo ese nudo resuelve su propio drama.

La encarnación del Logos y los dos errores del nudo

Podemos recapitular ahora el recorrido que hemos realizado.

El campo posee propiedades propias: es inorientable, irreductible y bidimensional. Esas propiedades generan una sismicidad permanente que obliga al nudo a responder mediante operaciones del decir, es decir, mediante recorridos. La interpretación cuenta uno; la nominación cuenta dos; y la praxis cuenta tres.

Pero el nudo no responde únicamente mediante recorridos. También responde mediante articulaciones, es decir, mediante modos de enlace.

Hasta ahora habíamos trabajado casi exclusivamente con el enlace borromeo. Y eso no es casual. Hablo desde una enunciación neurótica, y desde allí el enlace borromeo aparece como la forma casi evidente de pensar el anudamiento. Esa evidencia, sin embargo, pertenece ya a una determinada solución clínica y no a la estructura en sí misma.

El punto que quisiera introducir hoy es que el excedente del campo no está constituido solamente por recorridos. También está constituido por articulaciones excedentarias. Del mismo modo que el campo produce más recorridos de los que un nudo puede absorber, también produce más modos de enlazar esos recorridos.

En consecuencia, el enlace borromeo deja de aparecer como el único modo posible de organización. Pasa a ser solamente uno entre varios modos posibles de enlazar las tres operaciones del decir.

La clínica deberá pensarse entonces como la fenomenología de esas respuestas, ya se trate de recorridos excedentarios o de articulaciones excedentarias.

La propuesta central de esta sesión puede formularse ahora con mayor precisión.

Cuando L se encarna como cuarto anillo para venir en auxilio del nudo, existen dos maneras fundamentales de organizar esa respuesta. No sostengo que existan muchas posibilidades equivalentes entre sí. Mi hipótesis es que esas dos posibilidades se derivan de la topología misma del campo.

Esa es la tesis que quisiera poner hoy a prueba.

Desde la primera entrevista lo que buscamos es ubicar, con la mayor rapidez posible, el punto donde la potencia articulatoria del campo encuentra la mayor vulnerabilidad estructural del anudamiento.

Antes formulaba esa pregunta diciendo: "¿Dónde rompe este nudo?". Hoy prefiero una formulación menos catastrófica y, al mismo tiempo, más precisa:

¿Cómo se resuelve el drama de este nudo?

Esa es la verdadera pregunta clínica.

La encarnación de la potencia articulatoria obliga al nudo a responder a una paradoja. El propio campo es quien introduce la intrusión que amenaza al nudo y, al mismo tiempo, quien viene en su auxilio mediante μ.

El caos y la estabilización proceden del mismo lugar.

Por eso hablé de la encarnación del Logos. Aquello que desestabiliza es exactamente lo que ofrece la posibilidad de una nueva estabilidad.

Como esa intrusión ocurre en un campo inorientable, irreductible y bidimensional, la estructura sólo admite dos grandes formas de organización. La primera consiste en preservar la borromeidad. La segunda consiste en preservar la secuencia de las articulaciones. Toda la topología clínica que estoy proponiendo nace de esa bifurcación.

El error por borromeidad alternante


Retomemos primero el nudo borromeo alternante que trabajamos en la sesión anterior.

Si seguimos el recorrido de cualquiera de los tres anillos originales observamos siempre la misma ley: pasa alternativamente por encima de un anillo y por debajo del otro. La secuencia es siempre:

Arriba.
Abajo.
Arriba.
Abajo.

Esa alternancia constituye precisamente la condición de construcción del enlace borromeo. Cada anillo queda por encima de uno de sus compañeros y por debajo del otro.

Además, esa organización admite dos configuraciones quirales: una dextrógira y otra levógira.

Ahora bien, cuando introducimos μ ocurre algo inesperado.

Si seguimos cuidadosamente su recorrido descubrimos que ya no puede conservar esa alternancia perfecta. En determinado momento debe pasar por debajo de dos anillos consecutivos.

Allí aparece el primer error del nudo.

El neurótico intenta preservar el anudamiento borromeo dentro de un espacio bidimensional. Pero para conseguirlo debe renunciar precisamente a la regla que hacía posible la construcción del borromeo.

El resultado es que aparecen dos organizaciones borromeas alternantes y simultáneas. Por un lado permanece el borromeo original entre los tres anillos. Por otro aparece un segundo borromeo que incorpora al síntoma.

No se constituye un verdadero nudo de cuatro, sino que se alterna entre dos organizaciones de tres.

Eso era justamente lo que expresaba el álgebra que propusimos la semana pasada. El infinito impacta sobre uno de los anillos del tres; la nominación redistribuye esa presión; y el desenlace oscila alternativamente entre el cuerpo y el síntoma, según la quiralidad del anudamiento.

∞ → {3 > 2} > {1 \ μ}
∞ → {1 > 2} > {3 \ μ}

La estabilidad se obtiene, entonces, al precio de no integrar nunca definitivamente el cuarto elemento. El cuarto retorna una y otra vez. Nunca termina de incorporarse.

Puede decirse que esta solución topológica constituye una topología de la escisión, una formulación cercana a la Ichspaltung freudiana.

El sujeto conserva la organización borromea, pero sólo porque acepta vivir en una oscilación permanente entre dos configuraciones posibles.

El error por centralidad

Existe, sin embargo, una segunda posibilidad. Aquí la elección ya no consiste en preservar el enlace borromeo. Lo que se preserva es la secuencia de cruces.


Si seguimos ahora el recorrido de μ veremos que mantiene perfectamente la alternancia de sus propios cruces. Conserva íntegra la lógica secuencial que organizaba el nudo. Pero esa fidelidad tiene un precio mucho mayor, ya no puede conservarse la arquitectura borromea.

Los cruces se redistribuyen y aparecen enlaces de Hopf —o enlaces de pinza— que reorganizan completamente la estructura. μ ocupa ahora una posición semejante a la de un llavero respecto de sus llaves. Por eso hablé de un error de centralidad.

El cuarto anillo adquiere una posición central respecto de todos los demás. La integridad del recorrido de μ se conserva. La integridad del nudo, en cambio, se transforma.

Cuando el cuarto anillo hace intrusión sólo existen, por tanto, dos posibilidades estructurales:

O se preserva el nudo.

O se preserva la secuencia de los cruces.

No es posible conservar ambas simultáneamente. Allí aparecen los dos errores fundamentales del anudamiento. Y esto permite formular una consecuencia: La diferencia estructural entre neurosis y psicosis no depende de la naturaleza del trauma.

Todos estamos sometidos a la irrupción del campo como cuarto anillo. La diferencia aparece únicamente en la manera de responder a esa misma intrusión. Nadie posee una determinada estructura porque haya recibido un trauma diferente.

La estructura depende del modo como el nudo resuelve topológicamente esa irrupción.

Cuando P privilegia el estatuto de campo de L se produce el error por borromeidad alternante. El cuarto elemento no llega a constituir un verdadero nudo de cuatro. Su función queda distribuida entre dos organizaciones borromeas que alternan continuamente. El tres se conserva, pero sólo duplicándose.

Cuando, por el contrario, P privilegia el estatuto de anillo de L se produce el error de centralidad. Aquí el nudo intenta prolongar la lógica secuencial del tres agregándole un cuarto elemento. No duplica el tres, sino que lo reorganiza completamente. El cuarto adquiere entonces una posición hipertrofiada dentro de la estructura.

Podemos decirlo todavía de otra manera:

El error por borromeidad alternante trata el exceso (T) como un exceso de recorridos.

El error por centralidad trata el exceso (T) como un exceso de articulaciones.

En el primer caso se privilegian las propiedades del campo: la inorientabilidad y la irreductibilidad. En el segundo se privilegia la organización de los enlaces.

En la borromeidad alternante μ multiplica los recorridos disponibles para el nudo.

En la centralidad multiplica las articulaciones posibles entre sus componentes.

Y aquí comienzan a aparecer consecuencias clínicas importantes.

La asociación libre encuentra su fundamento precisamente en una estructura que responde al exceso multiplicando recorridos.

En cambio, allí donde el problema fundamental consiste en la organización de las articulaciones, la práctica analítica deberá apoyarse mucho más en el trabajo de la nominación.

No se trata simplemente de dos técnicas distintas. Se trata de dos modos radicalmente diferentes mediante los cuales un nudo responde a la misma presión estructural del campo. Hasta aquí tenemos el primer nivel de esta topología.

La estructura gruesa responde a una sola pregunta:

¿Cómo resuelve el nudo la encarnación de L?

La respuesta sólo admite dos posibilidades.

O mediante el error por borromeidad alternante.

O mediante el error por centralidad.

En otras palabras, privilegiando los recorridos o privilegiando las articulaciones; preservando la arquitectura borromea o preservando la secuencia de los enlaces.

Pero eso todavía no agota el problema clínico.

Una vez determinada la estructura, queda una segunda pregunta, probablemente más importante para la práctica:

¿Dónde termina resolviéndose, finalmente, el drama del nudo?

El segundo nivel de esta topología concierne al punto donde termina resolviéndose el drama producido por la encarnación de L.

En la borromeidad alternante el recorrido resulta relativamente claro. El infinito impacta inicialmente sobre uno de los anillos del nudo de tres. Esa presión es redistribuida por la nominación y, desde allí, el trabajo del nudo oscila entre el cuerpo y el síntoma.

∞ → {3 > 2} > {1 \ μ}
∞ → {1 > 2} > {3 \ μ}

En una de las configuraciones quirales, correspondiente a la histeria, el síntoma termina aproximándose al cuerpo.

En la otra, correspondiente a la neurosis obsesiva, el infinito entra por el cuerpo, se tramita mediante la nominación y finalmente se decanta entre la escena y el síntoma. Por eso el síntoma adopta una forma tan próxima al lugar donde termina resolviéndose el drama: los rituales y los pensamientos obsesivos intentan mantener una irreductibilidad que nunca consigue estabilizarse de manera definitiva.

En el error por centralidad, en cambio, la organización ya no es equivalente.

Y me interesa subrayarlo porque esa asimetría me parece un buen indicio de que el desarrollo no está siendo guiado por un criterio estético. Si las dos soluciones fueran perfectamente simétricas, habría razones para desconfiar de la construcción. La topología, por el contrario, obliga a aceptar diferencias que no responden a una búsqueda de elegancia formal.

En la centralidad aparece una organización distinta. La borromeidad ha desaparecido y, con ella, también cambia el operador mediante el cual escribíamos el álgebra del nudo. Ya no encontramos relaciones borromeas, sino enlaces de Hopf o enlaces de pinza.

El infinito impacta igualmente sobre la nominación. En esto no existe diferencia: la presión del campo se dirige siempre hacia el dos.

Lo que cambia es la manera en que ese impacto se distribuye.

En una de las configuraciones, la nominación queda enlazada por pinza con el cuerpo y con μ; al mismo tiempo, el cuerpo y μ se enlazan con la praxis. La nominación y la escena no mantienen una relación inmediata entre sí. Su relación se vuelve mediata, sostenida por el cuerpo y por el síntoma.

∞ → {2 ↔ (1 ↔ μ) ↔ {3}

Puede seguirse entonces un recorrido relativamente lineal: el infinito entra por la nominación, atraviesa esas mediaciones y encuentra allí su modo de resolución.

En la otra configuración ocurre algo diferente.

La nominación permanece igualmente como punto de impacto del exceso, pero ahora forma, junto con la praxis y el síntoma, una especie de núcleo duro de la estructura. Ese núcleo aparece posteriormente articulado con el cuerpo.

∞ → {2 ↔ (3 ↔ μ) ↔ {1}

El recorrido cambia de manera decisiva.

El infinito se tramita desde la nominación a través de ese núcleo y termina resolviéndose en el cuerpo.

Es el cuerpo el lugar donde concluye el drama del nudo para esos hablantes.

Mi impresión es que la primera de estas configuraciones se aproxima a la melancolía, mientras que la segunda se aproxima a la esquizofrenia.

Quisiera insistir en que hablo aquí de una aproximación topológica, no de una identificación inmediata entre un diagrama y un diagnóstico clínico. Lo que intento mostrar es la dirección hacia la que estos anudamientos parecen conducir.

Podemos reunir ahora el recorrido completo.

Existe un primer nivel que responde a la pregunta por la forma en que el nudo resuelve la encarnación de la potencia articulatoria. Esa resolución sólo admite dos posibilidades estructurales: el error por borromeidad alternante y el error por centralidad.

Existe después un segundo nivel que pregunta dónde termina resolviéndose ese drama, una vez establecida la organización fundamental del anudamiento.

La combinación de ambos niveles constituye, a mi juicio, el punto de partida para una investigación topológica de la clínica.

La topología como método de investigación

Quisiera terminar proponiendo una idea que se fue imponiendo durante todo este semestre.

Los dramas del nudo no constituyen únicamente una teoría del anudamiento. Constituyen, sobre todo, un método de investigación.

Una y otra vez he comprobado que la topología impone restricciones al pensamiento. No se deja conducir dócilmente por nuestras intuiciones.

Y precisamente por eso me parece tan valiosa.

Con las palabras siempre podemos encontrar nuevos argumentos para sostener una idea. También podemos reorganizar retrospectivamente una construcción conceptual hasta hacerla parecer perfectamente coherente.

La topología obliga continuamente a confrontar el pensamiento con restricciones que no dependen de nuestra voluntad. En ese sentido, funciona como una verdadera puerta de entrada a lo real, tal como Lacan atribuye esa función a la lógica.

Con frecuencia esas restricciones hacen aparecer desarrollos que ni siquiera estaban insinuados al comienzo de la investigación. Hoy mismo tuve una experiencia de ese tipo. Llegué convencido de que, en el error por centralidad, uno de los nudos correspondía a la esquizofrenia y el otro a la melancolía en un determinado orden.

Mientras preparaba esta sesión tuve que invertir completamente esa relación. No fue una decisión tomada por razones clínicas previas ni por una preferencia teórica. Fue el propio trabajo topológico el que terminó imponiendo esa inversión.

Ese tipo de resistencia constituye, para mí, el mayor argumento en favor del método. Por esa razón quisiera que el recorrido no terminara hoy.

Si ustedes quieren continuar, el próximo 28 de agosto comenzaremos una nueva parte de este seminario, que llevará precisamente por título Los dramas del nudo.

El objetivo será poner a prueba la construcción topológica frente a casos y material clínico.

En definitiva, toda esta elaboración sólo tendrá valor si logra dar cuenta de aquello que pretende explicar. En mi práctica encuentro que estas construcciones permiten orientarme de una manera consistente. Pero una investigación sólo comienza verdaderamente cuando puede transmitirse y ser sometida al trabajo de otros.

Habrá que verificar si esta topología logra sostenerse más allá de los diagramas dibujados en la pizarra y si efectivamente permite leer la clínica con la precisión que promete.

Con esa invitación quisiera concluir el seminario.

Y, como siempre, espero ahora sus preguntas y sus observaciones.

Discusión.

El problema del significante y el alcance del modelo

La discusión comenzó a partir de una pregunta que desplazó inmediatamente el eje de la sesión. Se señaló que la exposición había trabajado fundamentalmente con la noción de signo, mientras que en distintos momentos de la enseñanza de Lacan —y particularmente en algunos desarrollos recientes sobre el autismo— reaparece la cuestión del significante bajo una formulación distinta. Se recordó, por ejemplo, la referencia de Lacan a la posibilidad de un "significante nuevo" que no tendría ninguna especie de sentido y que abriría un acceso diferente a lo real. La pregunta consistía en saber cómo esa perspectiva podía articularse con el recorrido desarrollado durante el seminario.

Respondí proponiendo dejar esa cuestión abierta para una conversación más específica, porque toca un problema que todavía considero en elaboración. Sin embargo, aproveché la ocasión para introducir una hipótesis más amplia que me viene acompañando desde hace algún tiempo.

Recordé una analogía tomada de la biología. Así como existen organismos procariotas y eucariotas - unos sin núcleo y otros con un núcleo celular claramente constituido-, podría pensarse, al menos como una intuición de trabajo, en hablantes "procoréticos" y "eucoréticos". El término no pretende constituir una categoría clínica, sino apenas nombrar una posibilidad de investigación.

La hipótesis consiste en preguntarse si todos los hablantes tienen necesariamente que organizarse mediante un nudo como el que hemos venido describiendo durante el seminario.

Nada en la potencia articulatoria obliga, en principio, a pensar que toda organización del hablante deba adoptar una forma nodal.

Podrían existir otras maneras de organizar el campo del decir. Organizaciones degradadas, parciales, contingentes o incluso completamente diferentes de las cuatro estructuras que propuse para los hablantes eucoréticos.

Por esa razón me parece especialmente interesante abrir este problema a quienes trabajan clínicamente con el autismo. Quizá la categoría "autismo" reúna formas de organización muy distintas entre sí y no una única estructura homogénea. No tengo todavía elementos suficientes para sostener esa hipótesis, pero precisamente por eso me parece un terreno fértil para la investigación.

Subrayé que esta apertura no responde a una preocupación por la corrección política ni por ampliar artificialmente las clasificaciones. Tiene un fundamento ético, sin duda, pero sobre todo responde a una exigencia conceptual.

Cada vez que el psicoanálisis produjo un corte importante en su historia terminó deshaciendo alguna normalidad previamente establecida. Del mismo modo que Freud desnormalizó la neurosis y Lacan transformó profundamente la manera de pensar la psicosis, quizá también debamos preguntarnos si los hablantes organizados nodalmente constituyen realmente el único modo posible de habitar el lenguaje.

Lo que queda fuera de una clasificación no tiene por qué ser inferior, defectuoso o incompleto.

Puede ser simplemente otra forma de organización.

Operaciones disponibles y organizaciones diferentes

A partir de allí surgió una nueva pregunta. Si aceptáramos provisionalmente esa hipótesis, ¿qué ocurriría entonces con operaciones como la nominación? ¿No quedarían reservadas exclusivamente para los hablantes organizados mediante un nudo?

Me parece que no.

La analogía biológica puede servir nuevamente. Las bacterias carecen de núcleo celular y, sin embargo, realizan perfectamente las funciones necesarias para reproducirse. Del mismo modo, un hablante no organizado nodalmente podría disponer de operaciones como la nominación sin que ello implicara la existencia de una organización estable del nudo.

Podrían existir nominaciones contingentes, organizaciones parciales o configuraciones que sólo se sostienen durante ciertos momentos.

Lo importante es no identificar demasiado rápidamente la disponibilidad de una operación con una determinada forma estructural de organización.

Esa observación condujo inmediatamente a otra preocupación.

Si las operaciones permanecen disponibles más allá del modelo nodal, cambian también las preguntas acerca de la interpretación, de la significación y, en general, del lugar que ocupa el analista en la práctica. Sobre todo aparece con más fuerza la cuestión de la singularidad.

Precisamente por eso insistí en que el modelo debe conservar un grado suficiente de apertura.

Utilicé una comparación muy sencilla.

Cuando uno arma un mueble aprende pronto que no conviene apretar los tornillos desde el comienzo. Si lo hace, las piezas dejan de ajustarse unas con otras. Lo adecuado consiste en mantener todo relativamente flojo hasta que el conjunto encuentre su posición; sólo entonces pueden apretarse definitivamente los tornillos.

Creo que un modelo teórico debe construirse de la misma manera.

Necesita suficiente consistencia para orientar la investigación, pero también suficiente flexibilidad para dejarse enseñar por la práctica.

En realidad tenemos dos maestros permanentes.

Por un lado está la práctica clínica cotidiana.

Por otro, la topología.

Ninguno de los dos puede sustituir al otro.

Precisamente por eso me interesa tanto que quienes poseen una experiencia clínica distinta de la mía puedan poner a prueba estas construcciones.

Mi práctica personal, como la de cualquier analista, es inevitablemente limitada. Cada consulta termina constituyendo, en cierta medida, una muestra de la manera como está organizado quien escucha. Nunca puede convertirse por sí sola en una representación de la diversidad de los hablantes.

Sólo el trabajo colectivo permite ampliar realmente ese horizonte.

En ese sentido, la invitación a investigar no consiste en confirmar una teoría previamente establecida, sino en dejar que la diversidad misma de la práctica vaya obligando a modificarla cuando sea necesario.

Topología, práctica y el estatuto de la demostración

La conversación se desplazó entonces hacia una cuestión de carácter epistemológico. Si la propuesta consiste en poner esta construcción a prueba mediante la práctica clínica, ¿qué significa exactamente "poner a prueba"? ¿Qué clase de relación existe entre la topología y la clínica?

La pregunta surgía también por comparación con las ciencias. En la física, por ejemplo, suele suponerse una correspondencia entre la formalización matemática y los fenómenos observables. En ocasiones, incluso, una construcción matemática permite anticipar fenómenos que sólo mucho después serán constatados empíricamente. ¿Podría pensarse una relación semejante entre la topología y la experiencia analítica?

Me parece que, en nuestro caso, el problema adopta una forma distinta.

La gran pregunta de la modernidad fue por qué la matemática tendría que constituir el lenguaje del universo. Mientras el pensamiento medieval podía responder apelando a un Dios que había escrito el mundo en lenguaje matemático y había hecho al ser humano capaz de leerlo, la filosofía moderna ya no disponía de ese fundamento. Desde Descartes hasta Kant esa dificultad permanece abierta.

Nosotros, en cambio, trabajamos con otra clase de experiencia.

Hace un momento decía que la consulta de cada analista termina siendo, en cierto sentido, una muestra de su propia constitución. Con ello estaba hablando de la enunciación. Del modo singular como el campo del decir se encuentra organizado para cada uno.

Hay algo en la manera particular de decir que aproxima a determinados problemas y hace posibles ciertas formalizaciones. Eso no obliga a que todos lleguen a las mismas construcciones ni a que toda formalización deba aspirar a una validación universal.

En ese punto el psicoanálisis se aparta claramente del ideal científico.

Por eso siempre presento este trabajo como una elaboración realizada bajo mi propia responsabilidad. No pretende ofrecer una demostración en el sentido en que lo haría una ciencia experimental. Tampoco aspira a producir verificaciones universales.

La exigencia ética es otra.

Consiste en dar cuenta, del modo más riguroso posible, de aquello que el propio recorrido ha permitido articular.

Eso puede transmitirse. Puede producir efectos. Pero nada garantiza de antemano su permanencia.

Nada asegura que una elaboración continúe desarrollándose indefinidamente. Podría suceder perfectamente que en algún momento ya no lograra avanzar un paso más.

Cada vez que pienso en esto vuelvo inevitablemente a Lacan.

Treinta años sosteniendo un seminario.

Me impresiona profundamente la fuerza de una enunciación capaz de mantener durante tanto tiempo un trabajo semejante. Preparar cada una de estas sesiones me hace sentir la fragilidad de ese esfuerzo. Muchas veces me pregunto cómo pudo sostenerlo durante tres décadas.

Ahí aparece algo absolutamente singular de su propia huella digital.

Los tres niveles de la clínica

La pregunta permitió también precisar un punto que había quedado apenas insinuado durante la exposición.

Si observamos la clínica desde esta perspectiva, aparecen tres niveles claramente diferenciados.

El primero corresponde a la estructura general del anudamiento. Allí la pregunta consiste en saber cómo responde el nudo a la irrupción del cuarto anillo.

El segundo pregunta dónde termina resolviéndose el drama producido por esa irrupción.

La combinación de esos dos niveles produce las cuatro grandes organizaciones clínicas que propuse durante la exposición. Del lado neurótico, cuando el drama termina resolviéndose por la escena encontramos la neurosis obsesiva; cuando se resuelve por el cuerpo, la histeria. Del lado psicótico, cuando el desenlace se orienta hacia la escena aparecen la melancolía y la manía; cuando termina resolviéndose por el cuerpo, la esquizofrenia junto con la gran construcción paranoica.

Pero existe todavía un tercer nivel.

Y ese tercer nivel ya no admite clasificación alguna.

Corresponde a la manera absolutamente singular mediante la cual cada hablante hace uso de los recorridos y de las articulaciones disponibles para responder a un campo que también es absolutamente singular.

El propio campo del decir es irrepetible.

Por esa razón también lo es el encuentro entre una pregunta y una respuesta.

Nada obliga a que la pregunta que hoy formula uno de ustedes produzca exactamente esta elaboración. Ese encuentro pertenece al orden de la contingencia.

Y es precisamente ahí donde me parece que aparece algo decisivo para pensar la Escuela.

La Escuela como acontecimiento de enunciación

Si intento comprender qué ocurre cuando trabajamos juntos, no encuentro una explicación mejor que la del encuentro contingente entre hablantes.

Hay algo profundamente amoroso en el hecho de escuchar una pregunta y descubrir después que ella obliga a modificar una construcción que parecía ya establecida.

Eso constituye, para mí, la experiencia misma de la Escuela.

No se trata de una demostración.

No se trata de una comprobación experimental.

Se trata de un trabajo de elaboración que sólo puede producirse porque distintas enunciaciones interfieren unas con otras.

Resulta llamativo que, pensado de esta manera, todo el edificio freudiano conserve un fondo profundamente solipsista.

Lacan introduce el Otro con toda su fuerza durante los años cincuenta y sesenta. Sin embargo, en los años setenta ese Otro termina apareciendo como una función del Uno.

El solipsismo reaparece bajo una forma completamente distinta.

Basta recordar la escritura del discurso analítico.

¿Cuál es su producto?

Un S1 aislado de la cadena.

Cuando hablo de potencia articulatoria me refiero precisamente a esa posibilidad de que aparezcan S1 separados de cualquier encadenamiento previo y que, sólo contingentemente, puedan llegar a hacer serie con otros en el trabajo compartido.

No existe ninguna necesidad que garantice ese encuentro.

Y, sin embargo, produce efectos.

No porque demuestre una teoría, sino porque modifica la manera de leer una estructura, de escuchar un caso o de comprender una dificultad clínica.

Ese es, finalmente, el efecto de formación al que podemos aspirar.

No funciona como una prueba matemática.

Opera más bien como una propagación dentro del propio campo de la enunciación.

Las distintas elaboraciones producen ondas que interfieren unas con otras y modifican la manera en que cada quien continúa pensando.

A veces imagino ese funcionamiento mediante una analogía tomada de ciertas hipótesis cosmológicas según las cuales la materia oscura podría corresponder a los efectos gravitacionales de un universo paralelo muy próximo al nuestro.

No sé si la imagen sea correcta, pero me sirve para pensar cómo los distintos campos del decir parecen influirse mutuamente sin llegar nunca a confundirse.

Cada uno conserva su propia organización.

Precisamente por eso resulta indispensable el esfuerzo de hablar con otros, de analizarse, de controlar y de participar en la Escuela.

Porque el campo, abandonado a sí mismo, tiende naturalmente a bastarse a sí mismo.

Y es justamente esa autosuficiencia la que hace necesario todo el trabajo colectivo del psicoanálisis.

La nominación y la extracción del Otro

La conversación regresó entonces a una cuestión que había atravesado varios momentos de la discusión: el estatuto de la nominación y, más precisamente, el lugar que podría ocupar aquello que algunos testimonios de pase presentan como un significante nuevo.

La pregunta surgía al intentar pensar si ese tipo de nominación podía localizarse dentro de la topología que acabábamos de construir y, además, si esa enunciación —ya no sostenida por el Otro fantasmático, sino dirigida quizá a la Escuela o a un destinatario diferente— podía comprenderse como una forma de soporte para los errores del nudo.

Me parece que la cuestión debe formularse a partir de las operaciones del decir.

En la exposición propuse que la sismicidad del campo importa en la medida en que el cuerpo interpreta la inorientabilidad, que el Uno se sirve del Otro disponible para nominar el desbalance y que la praxis intenta tratar la irreductibilidad. Esas tres respuestas constituyen operaciones, no entidades ya dadas.

Con la nominación ocurre algo semejante.

Cuando alguien afirma que una nominación aparece "sin Otro", habría que entender cuidadosamente qué significa esa expresión.

No quiere decir que el Otro desaparezca.

Quiere decir que algo ha sido extraído del Otro.

La operación consiste precisamente en desprender un significante de la red de articulaciones donde normalmente obtenía su eficacia. La nominación trabaja sobre un significante existente, perteneciente a una lengua, pero lo separa del entramado habitual de asociaciones que lo sostenía.

Por eso, cuando aparecen nominaciones en un análisis o en un testimonio de pase, no se trata de palabras inexistentes. Muy por el contrario, suelen ser palabras completamente ordinarias cuya singularidad depende exclusivamente del uso que alguien ha logrado producir con ellas.

Lo importante no es el término en sí mismo.

Lo decisivo es la operación.

En ese sentido, el descubrimiento del análisis no consiste tanto en afirmar que el Otro no existe como en mostrar que el Otro ha funcionado para cada uno como una modalidad de su propio goce.

Esa formulación me parece mucho más precisa.

Resulta poco convincente afirmar simplemente que el Otro no existe. La cultura existe. Existen las instituciones, los discursos, las leyes, los impuestos, los gobiernos. Lo que el análisis transforma es la posición del sujeto respecto de todo eso.

Hace posible advertir qué uso singular ha hecho de ese campo para sostener su propia economía de goce.

La nominación constituye el punto extremo de esa operación de extracción.

La potencia articulatoria y el "como un lenguaje"

Este punto permitió volver sobre una distinción que considero decisiva.

La potencia articulatoria no debe confundirse con el campo de los significantes.

Es su condición de posibilidad.

Freud ya había introducido esa diferencia en la Monografía sobre las afasias al distinguir dos niveles claramente diferenciados. En uno de ellos aparecen las articulaciones potencialmente ilimitadas entre representaciones; en el otro se organizan las representaciones de palabra.

Esa separación permanece activa durante toda su obra.

En realidad, la filosofía moderna ya se había enfrentado a una dificultad semejante. Locke, por ejemplo, se preguntaba cómo es posible la comunicación si las palabras pertenecen al dominio común mientras que aquello que cada uno experimenta permanece radicalmente singular.

El análisis ofrece una respuesta inesperada.

Permite extraer del campo compartido algo que sólo un hablante puede utilizar de una manera determinada.

Eso no significa que el significante provenga de ninguna otra parte. Ni siquiera en la psicosis.

La propia estructura de una lengua impone límites muy estrictos. No podría producir arbitrariamente una nominación utilizando fonemas completamente ajenos a la lengua en la que hablo. La operación está determinada por las posibilidades mismas de la estructura.

En ese punto vuelve a adquirir toda su importancia una formulación de Lacan que, quizá por haber sido leída demasiado rápidamente, terminó perdiendo parte de su alcance.

Lacan afirma que el inconsciente está estructurado como un lenguaje.

No dice que el inconsciente sea un lenguaje.

Ese "como" resulta decisivo.

Del mismo modo que Durkheim proponía tratar los hechos sociales como cosas sin afirmar que fueran cosas, aquí se trata de reconocer una analogía estructural, no una identidad.

La potencia articulatoria funciona como si fuera un lenguaje.

Pero no comunica.

No transmite mensajes.

No dice nada.

Su funcionamiento consiste simplemente en producir articulaciones y obtener satisfacción de ellas.

Por eso Joyce ocupa un lugar tan importante en la última enseñanza de Lacan.

Su escritura permite ver con claridad esa capacidad de la lengua para producir satisfacciones que ya no dependen prioritariamente de la comunicación.

Investigar bajo restricción

Hacia el final de la conversación apareció una pregunta que, de algún modo, terminaba reuniendo muchas de las anteriores.

¿Por qué abandonar una lógica clínica que ha demostrado ser tan fecunda para adentrarse en una construcción mucho más incierta?

La respuesta me parece inseparable de una posición ética.

No se trata de abandonar una lógica porque haya dejado de servir, sino porque la investigación exige continuar allí donde una formalización comienza a encontrar sus propios límites.

En ese sentido, la topología no se presenta para mí como una simple elucubración de saber.

Naturalmente puedo equivocarme. Puedo estar completamente equivocado en muchas de estas construcciones.

Pero la experiencia que tengo al trabajar con la topología es muy distinta de la que tengo cuando simplemente desarrollo una argumentación conceptual.

La topología impone restricciones.

No permite pensar cualquier cosa.

Una y otra vez obliga a abandonar ocurrencias que parecían perfectamente razonables porque la propia construcción muestra que no pueden sostenerse.

Cuando uno encuentra un límite de ese tipo descubre, paradójicamente, un punto de apoyo.

Quizá por eso me he mantenido trabajando durante tantos años con estas herramientas.

Algo semejante ocurre, creo, con la Escuela.

No porque resulte cómoda o confirme permanentemente lo que uno piensa, sino precisamente porque introduce obstáculos que impiden quedar encerrado en la propia satisfacción.

Aquello que resiste es también aquello que orienta.

Por eso la investigación avanza más bien como quien recorre un espacio desconocido a oscuras.

Se avanza tanteando.

A veces aparece una pared y obliga a cambiar de dirección.

Otras veces se descubre una abertura y sólo después puede saberse si se trata realmente de un camino.

Las formalizaciones cumplen exactamente esa función.

No ofrecen un sistema terminado.

Permiten investigar.

La propia elaboración de los dos errores del nudo nació de esa experiencia.

Durante mucho tiempo intenté construir un nudo borromeo de cuatro anillos manteniendo al cuarto con la misma forma que los tres originales.

Una y otra vez aparecía el mismo obstáculo.

Primero pensé que el problema era mi torpeza al dibujarlo. Después intenté resolverlo trabajando con cuerdas. Más tarde volví a los diagramas.

La dificultad persistía.

Llegó un momento en que comprendí que el problema no consistía en mi manera de construir el dibujo.

Simplemente no podía hacerse.

Si el cuarto debía conservar la forma de un anillo como los demás, el anudamiento borromeo de cuatro resultaba imposible.

Sólo entonces comenzaron a aparecer los dos errores del nudo.

No fueron una hipótesis previa que después busqué ilustrar.

Fueron el efecto directo de una restricción topológica.

Cada intento terminaba conduciendo invariablemente a una de dos posibilidades: o se preservaba la secuencia de cruces o se conservaba la borromeidad mediante la alternancia de dos nudos de tres.

El descubrimiento surgió de esa imposibilidad.

Y precisamente por eso constituye, para mí, un verdadero punto de apoyo para continuar investigando.

La discusión concluyó con el reconocimiento compartido de ese esfuerzo y con la invitación a continuar el trabajo en la siguiente parte del seminario, donde estas construcciones deberán confrontarse con el material clínico y con nuevas preguntas. Lejos de presentarse como una teoría concluida, los dramas del nudo aparecen así como un programa de investigación que sólo podrá sostenerse si la práctica continúa obligándolo a reformularse.