Iniciamos la novena sesión del seminario. Es la última entrada del Archivo del Ser Hablante, les envié el texto dedicado a Logos. Allí se señala que es el intraducible por excelencia. Logos es palabra, discurso y también organización de las cosas. Sin embargo, lo que me interesa hoy no es tanto esa dificultad de traducción como una propiedad particular: la capacidad de pasar de campo a anillo; es decir, de encarnarse.
Entre las entidades que he venido articulando en el Archivo,
Logos es la única que posee esta capacidad. Puede pasar de ser campo
constituyente a funcionar como un elemento constituido dentro de aquello que
organiza. Si utilizáramos una analogía futbolística, sería como si el campo de
juego comenzara a participar como uno de los jugadores. Eso es exactamente lo
que está en juego en la fórmula del Evangelio de Juan cuando afirma que el
Logos se hizo carne. Allí se produce un cambio de nivel ontológico y de estatuto
de funcionamiento que hace nuevas todas las cosas.
Hoy examinaremos cómo esa encarnación de Logos como cuarto
anillo modifica la organización del nudo y, al mismo tiempo, permite que este
se sostenga. Continuaremos con ello en la última sesión del seminario.
Antes de entrar en el problema, quisiera señalar algo sobre
el trabajo de estabilización textual que hemos venido realizando. El
experimento consiste en pasar de la exposición oral a una forma escrita que
conserve el carácter contingente de lo sucedido en la sesión. No se trata
solamente de corregir una transcripción, sino de estabilizar un recorrido
conceptual que incluye también lo producido en la discusión. Muchas veces son
las preguntas y los intercambios los que permiten encontrar formulaciones que
no estaban presentes durante la exposición misma. Por eso me interesa más una
estabilización que un establecimiento del texto.
El campo de la práctica y la estabilidad del nudo
Quisiera comenzar con una formulación que ha estado presente
de distintas maneras a lo largo del seminario: la práctica del analista es el
campo que él instituye mediante su acto de autorización.
Ese campo existe mientras el acto se sostiene. No está
instituido de una vez y para siempre. Puede debilitarse, interrumpirse o
incluso fracasar. Para nosotros, los lacanianos, dicho acto se sostiene en las
tres dimensiones de la formación: el análisis personal, la supervisión y el
trabajo teórico.
Si bien el analista se autoriza de sí mismo, no se autoriza
sin aquello que ha hecho con su análisis, sin el trabajo realizado con sus
supervisiones ni sin la elaboración permanente que mantiene con los textos
fundamentales del campo.
A partir de allí podemos distinguir tres regiones.
Más allá de los límites de ese campo se encuentran los tipos
clínicos. Estos constituyen sedimentaciones de saber acerca de la pragmática de
los nudos de los hablantes. Son el resultado de más de un siglo de elaboración
colectiva inaugurada por Freud mediante la noción de causalidad psíquica y
continuamente reelaborada por generaciones de practicantes.
Más acá de los límites del campo se encuentra el conjunto
singular de analizantes con los que cada analista se cruza en su práctica. Son
los nudos particulares y las pragmáticas específicas que comparecen en su
consulta.
Y sosteniendo ambas extensiones encontramos aquello que
constituye el verdadero soporte del campo: lo que el analista ha llegado a
hacer con el nudo que lo sostiene a él mismo.
Aquí podemos formular de una manera precisa qué significa
autorizarse de sí. El campo que el analista instituye mediante su acto está
sostenido por lo que ha llegado a hacer con el nudo que lo soporta como
hablante. Por eso el análisis resulta insoslayable para la formación.
Tomemos ahora al pie de la letra la afirmación de Lacan
según la cual el nudo es el soporte del sujeto.
Entonces el problema central pasa a ser la estabilidad de
ese nudo.
¿Aguanta o no aguanta?
La pregunta puede formularse de manera fenomenológica: ¿quéhace que, incluso en el peor día de sus vidas, los hablantes puedan continuarviviendo?
La respuesta nos obliga a examinar aquello que amenaza al
nudo.
La sesión pasada propusimos llamar trauma al
encuentro con una articulación para la cual el nudo no posee respuesta. No se
trata simplemente de un acontecimiento exterior. Freud ya había mostrado que
las llamadas contingencias de la vida son utilizadas por la propia economía
subjetiva para sus reorganizaciones internas.
El trauma es el encuentro con una articulación no codificada
por el nudo. Es el diferencial entre la configuración constituida de recorridos
que forman el nudo y los recorridos potencialmente infinitos del campo que lo
constituye.
Ese campo es el decir mismo del hablante.
Su propia enunciación excede siempre las articulaciones que
ha podido estabilizar.
Llamamos T a ese exceso.
La pregunta se vuelve entonces más precisa: ¿qué hace que,
cuando un hablante se encuentra con T, el nudo continúe sosteniéndose?
Contar hasta tres
La solución ordinaria del hablante consiste en contar.
Pero no en el sentido habitual de la palabra.
Hemos venido siguiendo una lógica según la cual cada número
constituye una operación y una topología diferentes.
El uno (1) corresponde a la interpretación (E). Es la bolsa que
localiza un vacío. Es el cuerpo concebido como una superficie que contiene un
vacío. Por eso asociamos esta operación a la banda de Möbius y a la relación
inorientable entre cuerpo y sentido.
La angustia ofrece un buen ejemplo. Algo se experimenta en
el cuerpo. Algo tiene sentido. Pero no se sabe ni dónde comienza ni dónde
termina una cosa y la otra. El cuerpo y el sentido forman una continuidad
inorientable.
El dos (2) corresponde a la nominación (K).
La bolsa requiere un nombre. Pero como la superficie es
inorientable, el signo tampoco logra cerrarse completamente sobre sí mismo. Por
eso lo representamos mediante la botella de Klein. El sujeto intenta decir:
“esto soy”, “esto es tal cosa”, tratando de cerrar una inorientabilidad que
nunca termina de clausurarse.
El tres (3) corresponde a la praxis (M).
Aquí aparece la escena. La praxis establece una separación
siempre precaria entre opuestos. Fantasma y delirio son ejemplos de esta
operación. La praxis organiza un espacio donde ciertas oposiciones pueden
sostenerse.
Así, el uno es la bolsa que localiza el vacío. El dos es el
nombre de esa bolsa. El tres es la relación práctica que se establece entre
ambos.
Cada paso constituye un universo completo.
Les propongo una analogía con ciertas culturas cuyo sistema
de numeración se detiene en pocos números. Algunas cuentan uno, dos y muchos.
Otras cuentan uno, dos, tres y muchos.
Los lacanianos contamos uno, dos, tres y muchos.
Y eso es suficiente.
Porque contar hasta tres es precisamente la manera en que el
hablante metaboliza el infinito de su decir.
Sin embargo, esa solución tiene un límite.
Cuando T supera la capacidad metabolizadora del nudo, todo
el edificio comienza a desorganizarse en sentido inverso. El tres se revela
como dependiente del dos. El dos se revela dependiente del uno. Y el uno no es
más que una bolsa que contiene un vacío.
El nudo puede deshacerse siguiendo exactamente el recorrido mediante el cual fue construido.
Si eso fuera todo, el hablante quedaría expuesto a una
catástrofe subjetiva permanente.
Tiene que existir algo más.
El cuarto anillo y el muchos
Ese algo más es precisamente aquello que el síntoma viene
diciendo desde el principio.
La propuesta de hoy es que el cuarto anillo no es realmente
un cuatro.
Es un muchos.
Es una multiplicidad.
La potencia articulatoria, al encarnarse, pasa de infinito a
muchos. Y mediante ese pasaje el hablante obtiene una manera de arreglárselas
con aquello que lo excede.
Por eso llamamos Logos a este campo.
L es la potencia articulatoria misma.
La definimos como organizada a partir de una unidad mínima
definida negativamente y ligada a la satisfacción. No se trata de una unidad
sustancial, como el átomo o la célula. Se trata de una unidad diferencial, una
articulación que existe por aquello que no es.
Freud la encuentra en las representaciones de cosa en la
monografía sobre las afasias y luego las formaliza como huellas mnémicas, a
partir de toda la arquitectura que conduce desde el Proyecto hasta La
interpretación de los sueños.
Esta unidad preexiste al sentido, al cuerpo, a la
localización anatómica, a la comunidad e incluso a las lenguas particulares en
las que se realiza.
Eso es lo que llamamos L. Y el concepto lacaniano más
próximo sería lalengua. Cuando L se encarna como cuarto anillo introduce una
multiplicidad de recorridos posibles. Por eso cada hablante constituye una
solución irrepetible.
La función del síntoma consiste precisamente en anunciar esa
multiplicidad. Desde el comienzo viene diciendo siempre lo mismo:
Hay otro recorrido posible.
Hay otra manera.
El síntoma es la piedra que los constructores desecharon. El
análisis permite convertirla en piedra angular.
Por eso el conflicto fundamental del nudo no se juega solamente entre la identificación (2; K) y la contingencia (∞; T). Se juega entre dos modos de responder al exceso (∞).
Puede responderse mediante la identificación. O puede
responderse mediante el muchos que introduce el síntoma.
La asociación libre toma en serio esta segunda posibilidad. Lo
que el analista escucha en el síntoma es exactamente eso: la insistencia de una
vía alternativa.
Borromeidad alternante
La intrusión del cuarto anillo reorganiza el nudo neurótico.
Pero no produce un verdadero borromeo de cuatro. Lo que aparece es algo
diferente, que propongo llamar borromeidad alternante.
No hay un único nudo de cuatro anillos. Hay dos nudos
borromeos de tres funcionando alternativamente. Uno corresponde a la estructura
habitual, mientras que el otro corresponde a la alternativa introducida por el
síntoma.
Cuando uno de ellos fracasa, el otro puede sostener la
continuidad del hablante. Esa es la razón estructural por la cual la neurosis
no se desencadena como una psicosis. Cuando la solución ordinaria colapsa,
permanece disponible el recorrido alternativo representado por el síntoma.
Por eso el síntoma funciona como un sistema de respaldo.
Del mismo modo que un avión necesita sistemas redundantes
para continuar volando cuando falla uno de sus mecanismos principales, el
hablante dispone de un recorrido suplementario que le permite seguir
sosteniéndose cuando la organización ordinaria resulta insuficiente.
El síntoma ocupa inicialmente ese lugar. Luego el analista. Y
finalmente el sinthome.
Las tres figuras cumplen la misma función estructural:
introducir la multiplicidad de recorridos posibles allí donde la identificación
pretende responder sola al exceso del campo.
La posición del analista puede definirse entonces como una
posición de cuarto anillo. Representa la multiplicidad mediante la asociación
libre y sostiene provisionalmente esa función hasta que el hablante logre
construir una relación propia con ella.
El análisis no crea el muchos. El muchos ya estaba allí
desde el comienzo. Lo que el análisis hace es volver practicable una relación
alternante con él. Podemos escribirlo de la siguiente manera:
Obsesión:
∞ → {1 > 2 > 3} + {μ}
Histeria:
∞ → {3 > 2 > 1} + {μ}
Donde μ designa precisamente ese muchos introducido por el
síntoma.
Después del análisis la organización cambia:
∞ → {1 > 2} > {3 \ μ}
∞ → {3 > 2} > {1 \ μ}
El infinito continúa existiendo. T no desaparece. El trauma
no se cura. Lo que cambia es la posibilidad de alternar entre la solución
habitual y la vía abierta por el muchos.
En la obsesión, el exceso impacta primero el cuerpo, luego
la identificación y desde allí puede dirigirse tanto a la solución habitual
como a la alternativa sintomática.
En la histeria, el exceso entra por la escena. Pasa por la
identificación y puede desembocar en el cuerpo o en una nueva forma de relación
con aquello que antes aparecía bajo la forma de la conversión.
El análisis no elimina la estructura. No cura la neurosis. Lo
que hace es abrir una vía alternativa. Permite que la multiplicidad deje de
aparecer únicamente como amenaza y pueda comenzar a funcionar como recurso.
Esa es, en definitiva, la función del cuarto anillo.
Convertir el infinito imposible de habitar en un muchos con
el que el hablante pueda arreglárselas.
DISCUSIÓN
La conversación comenzó retomando una pregunta que había
acompañado el seminario desde el inicio: cómo pensar el efecto del análisis
sobre el sufrimiento. A partir de la formalización presentada durante la
exposición, surgió la hipótesis de que aquello que suele experimentarse como
sufrimiento sintomático no depende solamente del síntoma en sí mismo, sino de
la rigidez con la que la estructura intenta responder al exceso que la
constituye. La pregunta llevó rápidamente a una referencia al testimonio de Carolina
Koretzky y a la idea de un margen de libertad conquistado al final de un
análisis.
La respuesta desplazó el problema hacia la relación entre el
tercer anillo y el cuarto. Ese margen fue pensado como la posibilidad de una
alternancia. El neurótico vive bajo la amenaza permanente de que alguna
contingencia lo sobrepase por completo. El análisis no elimina esa amenaza,
pero permite que exista un recorrido suplementario al cual recurrir. En ese
sentido, el trabajo analítico otorgaría ciudadanía a aquello que en la
exposición había sido formalizado como el muchos. El cuarto anillo aparecería así
como un sistema de respaldo frente a la insuficiencia de las soluciones
habituales.
A partir de allí la conversación se concentró en la función
del analista. Más que una figura destinada a corregir o combatir aquello que
traumatiza, el analista fue caracterizado como alguien que acompaña el
movimiento mismo de la potencia articulatoria. Si el decir del hablante lo
excede, la tarea analítica no consiste en cerrar ese exceso, sino en encontrar
una vía para transitarlo. La asociación libre fue presentada precisamente como
el dispositivo que permite sostener ese acompañamiento. El analista ocuparía
provisoriamente el lugar de esa posibilidad alternativa hasta que el propio
hablante logre construir una relación diferente con ella.
Esta formulación condujo a una referencia a Función y campo
de la palabra y del lenguaje. Allí apareció nuevamente la idea de situarse del
lado de aquello que excede las articulaciones estabilizadas del lenguaje. El
analista no se opone a la potencia articulatoria, sino que trabaja en su misma
dirección. La cuestión no sería proteger al sujeto del exceso, sino encontrar
una manera de habitarlo sin quedar aplastado por él.
La discusión se desplazó entonces hacia la relación entre la
praxis y la mirada. La pregunta permitió recuperar una elaboración previa en la
que la categoría que más tarde sería llamada praxis había sido pensada
inicialmente a partir de las pulsiones. Esto abrió una reflexión sobre la
constitución escénica de la pulsión y sobre la manera en que los objetos
pulsionales dependen siempre de una distribución entre interior y exterior.
La mirada apareció entonces como un ejemplo privilegiado. Se
evocó una situación clínica en la que una analizante experimentaba la sensación
persistente de ser observada por los demás. Inicialmente la experiencia parecía
aproximarse a un fenómeno persecutorio. Sin embargo, el trabajo asociativo
permitió localizar progresivamente que aquello que retornaba desde el exterior
era una mirada que le pertenecía. La escena se reorganizó cuando pudo
formularse que se trataba de un efecto visual. A partir de allí la pregunta
dejó de ser por qué los otros la miraban y comenzó a dirigirse hacia la manera
en que ella misma se miraba.
La conversación continuó interrogando si algo semejante
podía pensarse respecto de otras pulsiones. Surgió entonces un ejemplo ligado a
la oralidad y a las dificultades en el habla. Lo que interesó en ese momento no
fue el caso en sí mismo, sino la manera en que una problemática aparentemente
corporal conducía rápidamente hacia una escena más amplia, vinculada incluso a
elecciones profesionales y formas de inserción en el mundo. Esto permitió
insistir en una idea ya desarrollada durante la exposición: en la histeria la
dificultad suele ingresar por la escena antes de localizarse en el cuerpo.
La pregunta por el analista reapareció más adelante bajo una
formulación particularmente sugerente. Se propuso pensar su lugar como un “mal
que bien”. La expresión produjo acuerdo inmediato. Si el analista ocupa
provisionalmente la función de cuarto anillo, la transferencia implica
necesariamente una relación problemática con él. Es una solución indispensable
y, al mismo tiempo, una solución transitoria. Su valor radica precisamente en
que no está destinada a permanecer para siempre.
Hacia el final de la conversación surgieron dos preguntas
adicionales. La primera se refería a aquello que otorga estabilidad al sistema
de respaldo representado por el cuarto anillo. La segunda interrogaba la
diferencia entre el uno y el cuatro, especialmente cuando el síntoma y ciertos
acontecimientos de cuerpo parecen aproximarse entre sí.
La respuesta insistió en que la dificultad misma de
distinguirlos forma parte del problema. El campo en cuestión no es orientable.
Pretender una diferenciación perfectamente clara equivaldría a desconocer la
lógica con la que se está trabajando. Allí donde la histeria localiza un
acontecimiento corporal, el análisis introduce la posibilidad de una
multiplicidad de lecturas y recorridos. El cuerpo deja de funcionar como
condensador único de la experiencia para abrirse a distintas formas de
articulación.
Un ejemplo clínico permitió precisar esta cuestión. Ante una
enfermedad autoinmune, el trabajo analítico podría consistir en separar
elementos que habían quedado fusionados. La enfermedad seguiría existiendo,
pero dejaría de absorber la totalidad de las significaciones del sujeto. Se
abriría así la posibilidad de distinguir entre aquello que pertenece a la
afección corporal y aquello que se le adhiere como sufrimiento suplementario.
La conversación concluyó regresando a la fórmula que había
atravesado toda la sesión. El hablante cuenta uno, dos, tres. Sin embargo, allí
donde el conteo parece terminar, aparece algo que no puede reducirse a un nuevo
número. Aparece el muchos. No como una cantidad determinada, sino como el
nombre de una multiplicidad imposible de clausurar.
En ese punto se propuso una definición provisional del
análisis. Analizar sería, en gran medida, separar. Separar identificaciones,
escenas, significaciones condensadas y sufrimientos superpuestos. Abrir espacio
para que aquello que aparecía comprimido en una única solución pueda
desplegarse en una pluralidad de recorridos posibles.
La discusión quedó abierta en ese lugar. No como una
conclusión definitiva, sino como una manera de situar el problema que la sesión
había puesto en juego: cómo construir una relación practicable con una
multiplicidad que nunca deja de exceder las soluciones que el hablante alcanza
a estabilizar.