Contexto de “Función y campo de la palabra…” y cuestiones
de método.
Muchísimas gracias al directorio del CID Bogotá por la
invitación a comentar un texto que para mí ha sido muy importante en diferentes
momentos de mi recorrido en la lectura de Lacan.
Pienso que hay dos, o quizá tres, grandes cuestiones que
podrían situarnos en el momento en el que este texto se ubica.
La primera, en la que no voy a entrar en el comentario de hoy, es la cuestión político-institucional. Lacan está respondiendo en medio de la tormenta de lo que se llama la escisión. Es decir, él funda su propia agrupación al interior de la IPA, con otros colegas franceses a partir de una crisis que tiene sus antecedentes en la organización de los estatutos del Instituto en París.
Lacan está planteando entonces una polémica y una discusión muy fuerte con sus colegas, a quienes se ve leyendo sistemáticamente en el texto: con quienes está de acuerdo y con quienes no lo está. Eso da muestra precisamente de este modo de ser de Lacan, sumamente ilustrado, siempre al tanto de lo que está pasando en el momento psicoanalítico en detalle: los artículos que se han escrito, quiénes los escriben, cómo los cita para apoyarse en ellos —como sucede con algunos trabajos sobre el símbolo, Ernest Jones, por ejemplo, o Abraham, etcétera— o cómo los cita para rebatirlos, sobre todo en lo que tiene que ver con la gran discusión de este momento, que para él constituye la desviación más peligrosa y problemática: la constitución de lo que se llamaba la ego psychology, la psicología del yo.
Ese es el segundo gran contexto del texto. Hay una discusión
en el ámbito del movimiento psicoanalítico internacional que no se queda
solamente en París, sino que atraviesa todo el ámbito, sobre todo europeo y
americano, donde se ha desarrollado el psicoanálisis ya para este momento.
Estamos en 1953, apenas ocho años después del final de la
Segunda Guerra Mundial. Con la migración forzosa de muchos psicoanalistas a
Estados Unidos, el centro del movimiento psicoanalítico internacional se
desplaza progresivamente hacia allí. Todo el ámbito psicoanalítico de habla
alemana, tanto en Viena como en Berlín, estaba devastado. Y el ámbito francés e
inglés, los otros grandes centros europeos, también había padecido
profundamente la guerra: la ocupación en Francia, los bombardeos en Inglaterra,
etcétera.
Es decir, había ocurrido una situación que debilitó el
movimiento psicoanalítico europeo, y el centro del movimiento terminó recayendo
en Estados Unidos. Y en Estados Unidos estamos justamente en el momento en que
lo que ellos llaman la “generación más grande” está en pleno auge.
Los muchachos que regresaron de la guerra llegaron, se
casaron, compraron lavadoras, carros, casas con picket fences. Y eso establece un modo de vida
—el modo de vida con el cual Estados Unidos toma la cultura global,
precisamente por la debilidad de Europa en ese momento y por haber ganado la
guerra, ya en plena Guerra Fría—, con todo el empuje individualista característico
de la cultura norteamericana.
Eso tiene un efecto sobre el movimiento psicoanalítico.
Muchísimos de los psicoanalistas instalados en Estados Unidos tratan de adaptar
el psicoanálisis a ese modo de vida. Y con mucho éxito, hay que decirlo, porque
en los años cincuenta los servicios de psiquiatría se llenaron de psicoanalistas.
Ese éxito no hay que olvidarlo nunca. Realmente el psicoanálisis dominó buena
parte de la psiquiatría norteamericana durante los años cincuenta.
Y además, para Lacan es muy importante que esto sea
escuchado en Roma. Él mismo lo dice en sus conferencias y en su correspondencia
con su hermano, que era sacerdote católico. Hay algo performativo en el acto
mismo. El texto no solamente transmite una idea, sino que es performativo por
el lugar desde donde se dice —lo cual anticipa la cuestión de la enunciación en
Lacan— y también por cómo se articula el texto mismo.
Además, es un texto que él va a curar posteriormente, y eso
se nota en las notas al pie de la edición de 1966, cuando organiza sus
Escritos. “Función y campo de la palabra y del lenguaje” no es una excepción.
Hay muchas modificaciones en el texto, y eso aparece incluso en las notas de la
traducción de Segovia: “estos párrafos han sido reconstruidos”, etcétera. Es
decir, es un texto que para Lacan va a tener un carácter inaugural.
Y esta es la tercera gran coordenada: este texto tiene para
Lacan un carácter inaugural. A partir de aquí es que él comienza a contar
propiamente su enseñanza, aunque ya venía dando seminarios en Sainte-Anne desde
años antes y ya tenía una producción intelectual importante que lo ubicaba
entre los intelectuales conocidos de París.
Él no necesitaba todavía ser “Lacan”, en el sentido en que
hoy lo conocemos, para hacerse conocer. Ya era célebre por frecuentar a los
surrealistas, por el trabajo sobre el estadio del espejo, por su tesis de
psiquiatría, con la que introduce una nueva categoría nosológica. Es decir,
para este momento Lacan ya era una figura conocida.
Y, sin embargo, para él este es el texto fundamental con el
que comienza propiamente su enseñanza.
No voy a entrar en detalles sobre las partes anteriores
porque me pidieron comentar la tercera parte, así que voy a entrar directamente
con mis anotaciones sobre eso, con las que voy a hacer un comentario del texto.
Y tiene algo de interpretativo, como todo comentario de
texto. No se trata de enseñar el texto como se haría en una clase, sino de
comentarlo de acuerdo con los problemas que se me están planteando a mí en este
momento.
El comentario de texto tiene como método someter el texto a
prueba para ver si responde a las preguntas que uno se está planteando hoy. Ese
es el reto de esta disciplina. No se trata de tomar el texto como algo sagrado
y cerrado, sino precisamente como algo que debe responder a las preguntas que
nosotros tenemos en el presente.
Y la primera pregunta que yo me haría con respecto a este
texto, y que los invito a pensar conmigo, es si el texto sigue siendo actual.
¿Qué hay de actual en este texto?
Por eso hay muchas cosas que voy a omitir. Por ejemplo, toda
la cuestión del ser-para-la-muerte y esos temas no me parecen particularmente
interesantes hoy, al menos para mí. Me parece que Lacan después atraviesa esos
problemas y termina viéndolos de una manera totalmente distinta.
Pero sí voy a detenerme en aquello que, para mí, sigue
siendo actual en este texto.
El olvido estructural del descubrimiento freudiano
La historia del psicoanálisis, y de gran parte del campo
psi, les propongo leerla así: como la historia de las resistencias contra el
descubrimiento freudiano. Esto quizá ya me lo han escuchado en otro momento,
pero la historia de la psicología del siglo XX es, en buena medida y para no
absolutizar la tesis, la historia de cómo responderle a Freud. Es la historia
de las transferencias negativas con Freud. Y la historia del psicoanálisis no
es la excepción.
Este texto muestra efectivamente cómo Lacan está resistiendo
y combatiendo las desviaciones que produce ese hecho. Un hecho que él mismo
nombra en el texto, como veremos más adelante: el descubrimiento freudiano
tiende estructuralmente a ser olvidado.
Les propongo entonces una formulación del descubrimiento
freudiano que me parece consonante con el texto: el descubrimiento de que la
potencia articulatoria de una unidad mínima definida negativamente y ligada a
la satisfacción preexiste al sentido y a cualquier accidente particular, como
el cuerpo, la localización anatómica o la constitución de una comunidad.
Preexiste inclusive al lenguaje concreto en el que se organizan las infinidad
de lenguas.
Freud realiza este descubrimiento muy temprano, y hay
testimonio de él en la monografía sobre las afasias. Ya hacia 1891 se puede
rastrear la formulación de una potencia articulatoria donde una unidad mínima
definida negativamente —es decir, definida por lo que no es en relación con un
sistema— aparece ligada a la satisfacción.
Y esto es muy importante, porque en Freud esas dos cosas
están juntas.
De hecho, Miller llega a decir en “La experiencia de lo real
en la cura psicoanalítica”, que lo propiamente lacaniano es la discontinuidad
entre el goce y el significante, pero que ese no es un problema freudiano, sino
específicamente lacaniano.
En Freud la unidad mínima definida negativamente está ligada
a la satisfacción. Es una sola cosa.
Eso se puede rastrear:
- en
la monografía sobre las afasias, donde aparece por primera vez esta unidad
mínima definida negativamente;
- en
el Proyecto de psicología para neurólogos, donde aparece una física y una
economía de la satisfacción como cargas, descargas y facilitaciones;
- y
finalmente en la culminación de esa década que es la formulación del
aparato psíquico en el capítulo VII de La interpretación de los sueños.
Entre el aparato del lenguaje —como lo llama en su
monografía sobre las afasias—, el aparato neuronal del Proyecto y el aparato
psíquico posterior, hay una continuidad temática y problemática: siempre
encontramos una unidad mínima diferencial ligada a la satisfacción. Para Freud,
estas dos dimensiones son naturalmente pensables juntas; para nosotros, no.
Desde la perspectiva del lacanismo clásico, el significante aparece despojado
de goce. Aunque Lacan tendrá que rectificar esto en los años setenta, para esa
primera enseñanza el significante es sin goce. Y esa diferencia es fundamental
para poder historizar el descubrimiento freudiano.
Les decía entonces que esta unidad mínima definida
negativamente y ligada a la satisfacción puede verse claramente en la
monografía sobre las afasias. Y ahí se ve también cómo eso preexiste al
sentido.
No se trata de decir que Freud hacía estructuralismo antes
del estructuralismo, o que estaba leyendo a Saussure quince años antes de que
Saussure formulara su teoría del signo lingüístico. Se trata más bien de que
Freud ya tenía una noción de potencia articulatoria ligada a la satisfacción.
Y eso aparece precisamente enmarcado en una discusión
neurológica de su época: la discusión entre localizacionismo y funcionalismo.
Toda esa década final del siglo XIX constituye entonces la
tentativa de extraer las consecuencias de este descubrimiento.
Los tres grandes textos que acabo de mencionar, junto con
las cartas a Fliess y los Estudios sobre la histeria, están todos organizados
dentro del marco epistemológico de este descubrimiento.
No es propiamente el significante, porque esa huella
condensa satisfacción, y para pensar eso Freud echa mano de una física con la
que finalmente no logra llevarse bien.
Lacan aprovecha entonces el acontecimiento estructuralista
para desenterrar este descubrimiento —que había quedado parcialmente olvidado—
y llevarlo hasta sus últimas consecuencias, releyendo esa potencia
articulatoria como el significante de la lingüística estructuralista.
Ahí hay una sustitución metafórica.
Así como Lacan sustituye condensación y desplazamiento
—términos tomados de la física— por metáfora y metonimia, también relee esta
potencia articulatoria freudiana mediante el significante estructuralista.
Y gracias a esa operación, aprovechando el acontecimiento
estructuralista, puede volver a articular este descubrimiento desde el campo de
las ciencias humanas.
Sobre el estructuralismo.
El estructuralismo es el gran acontecimiento epistemológico
del siglo XX, con mucho. Porque precisamente permite soñar unas ciencias
humanas que puedan sostenerse sin recurrir al modelo de las ciencias naturales.
Y eso es una novedad absoluta.
Hasta ese momento, la discusión en las ciencias humanas era
básicamente la siguiente: o se era cientificista y, por lo tanto, positivista
—es decir, se tomaba como modelo la física o la biología—, o no se era
cientificista y entonces había que tomar en cuenta el sentido, lo humano como
algo diferencial, y adaptar el método a esa especificidad.
El estructuralismo logra algo completamente nuevo: un
cientificismo no positivista.
Por primera vez tenemos un sistema que no es material en el
sentido del átomo o de la célula, una unidad mínima que permite construir un
saber sobre lo humano independiente de lo biológico y que, al mismo tiempo,
conserva la rigurosidad formal que ya tenían la física o la biología.
Ese era precisamente el significante.
Y es eso lo que Lacan toma en el momento mismo en que todo
esto se está inventando.
Lacan aprovecha el acontecimiento estructuralista para
desenterrar este descubrimiento y llevarlo hasta sus últimas consecuencias,
releyendo la potencia articulatoria como el significante de la lingüística
estructural.
Pero al elegir el significante —y aquí hay una elección
necesaria— debe separarlo del goce que condensa.
Aquí está precisamente la genealogía de esa diferencia que
Miller establece, cuando dice que lo propiamente lacaniano es la disyunción
entre significante y goce.
Esa disyunción es el resultado de una elección teórica
fundamental y epistemológica de Lacan.
En esa misma época, a principios de los años cincuenta,
“Función y campo de la palabra y del lenguaje” constituye la irrupción del
estructuralismo en el psicoanálisis y, con él, de la misma potencia
articulatoria que Freud había descubierto poco más de sesenta años antes. En
1953 estamos aproximadamente a sesenta años de 1891.
Este texto constituye también una declaración de guerra
contra las desviaciones que forman parte de la historia del psicoanálisis.
Recuerden la primera tesis que les propuse: la historia del
psicoanálisis es la historia de las resistencias contra el descubrimiento
freudiano.
Y en este momento, el rechazo de la humildad del
descubrimiento freudiano —hay que decirlo así, porque esto siempre se vive como
algo demasiado precario— había tomado la forma de la psicología del yo.
Es decir, en vez de echar a andar la articulabilidad, la
potencia articulatoria mediante la asociación libre, se intentaba construir una
tecnología del yo para reformarlo, adaptarlo, ponerlo a la altura del cuerpo,
del sexo, de la vida social, etcétera.
Una de las consecuencias fundamentales del estructuralismo
es que rechaza el progreso por etapas y la noción de desarrollo.
Y eso tiene un efecto paradojal: hace colapsar la noción de
origen.
A partir de allí se generan una serie de paradojas muy
fértiles.
Piensen, por ejemplo, en la idea profundamente subversiva
que nosotros, los lacanianos, tenemos sobre la psicosis.
Nosotros no pensamos que alguien “se vuelve loco”
accidentalmente, como si algo simplemente le ocurriera en un momento de la
vida. No pensamos que alguien “se enferma” a los treinta y tres o a los
cuarenta años.
Pensamos más bien que ya era psicótico y que eso se
manifiesta retroactivamente mediante un desencadenamiento.
Esa es una idea exclusivamente lacaniana y profundamente
estructuralista.
La estructura está ahí, subyacente, y ciertos fenómenos
aparecen en un momento determinado.
Sin el estructuralismo no podríamos pensar eso.
Y sin embargo es algo que usamos cotidianamente en nuestra
práctica.
La posibilidad misma de preguntarnos si esto que escuchamos
corresponde a una neurosis o a una psicosis, aunque la persona nunca haya
estado hospitalizada, no ande delirando, no esté perseguida ni hablando
disparates, depende precisamente de que tenemos una noción de estructura
heredada del estructuralismo y desarrollada por Lacan, que fue uno de sus
grandes elaboradores.
Entonces, hacer colapsar el origen es uno de los efectos
fundamentales del estructuralismo.
Lo que en Freud aparece muchas veces bajo la forma del mito
o la filogénesis, en Lacan tiene que ser releído en clave estructural: una
historia cuya función no es explicar un origen cronológico, sino presentar una
escena ya atravesada por oposiciones y articulaciones diferenciales.
Lenguaje primo
Y allí aparece una de las distinciones más precisas de Lacan
al comienzo de la tercera parte del texto: la distinción entre lenguaje
primario y lenguaje primitivo. (282-284)
Esa distinción está prácticamente calcada de la idea de
Lévi-Strauss según la cual el pensamiento salvaje no es más simple que el
pensamiento civilizado.
Cuando Lacan dice que el lenguaje primario no es el lenguaje
primitivo, está planteando precisamente que existe un lenguaje primario que
funciona con su propia estructura y con su propio sistema, y que atribuirle un
carácter “primitivo” —que se le adjudicaría al niño, al loco, o al inconsciente
entendido como un reservorio de instintos— constituye un error de lectura.
Es decir, pensar el inconsciente como un reservorio de
pensamientos primitivos es precisamente desconocer la lógica estructural que lo
organiza.
El lenguaje primario lo asocia Lacan —esto ya es una lectura
mía, aunque aparece efectivamente una noción matemática en la página siguiente—
con el número primo.
Yo les propondría leer “lenguaje primario” precisamente en
ese sentido: como el lenguaje del número primo, es decir, de aquello que ya no
puede seguir dividiéndose después de ciertas operaciones matemáticas.
Y, por cierto, es la misma referencia que Freud utiliza en
la presentación del caso del Hombre de los Lobos.
La palabra, en esta articulación que hace Lacan aquí, está
pegada al cuerpo, mientras que el lenguaje articula.
Aquí Lacan todavía viene de Hegel y está entrando en el
estructuralismo. Por eso este texto plantea performativamente esa tensión y ese
desplazamiento.
La palabra pegada al cuerpo se opone a un lenguaje que
articula y que hace existir al sujeto antes de que venga al mundo.
Son ideas que para nosotros ya son completamente lacanianas,
hasta el punto de que solemos decir que “ya superamos eso”, que estamos más
allá del estructuralismo. Pero, sin embargo, seguimos habitando cotidianamente
esas coordenadas.
La idea de que el sujeto es precedido por la estructura y
por el discurso es completamente estructuralista.
El lenguaje articula.
Y ahí aparece una bifurcación temática muy importante en el
texto.
Por una parte, tenemos el muro del lenguaje, que es uno de
los conceptos que a mí más me interesan de este texto y que además constituye
una crítica social que hoy incluso podría parecer profética.
Y, por otra parte, tenemos el lenguaje primero por primo,
como les propongo leerlo yo, algo que estaría más del lado de la palabra.
Para Lacan, en este momento de su enseñanza, el
psicoanálisis consistiría precisamente en elevar ese lenguaje primo a la
categoría de lenguaje universal.
Para que tengan una idea de lo que es el muro del lenguaje,
hay una cita de la página 271 que me parece extraordinaria. Dice Lacan:
“[El individuo] colaborará efectivamente en la obra común en
su trabajo cotidiano y llenará sus ocios con todos los atractivos de una
cultura profusa que, desde la novela policíaca hasta las memorias históricas,
desde las conferencias educativas hasta la ortopedia de las relaciones de
grupo, le dará ocasión de olvidar su existencia y su muerte, al mismo tiempo
que de desconocer en una falsa comunicación el sentido particular de su vida.”
(271)
Eso es el muro del lenguaje: Es la articulabilidad que nos
excede, que ya está ahí predeterminada y con la cual nosotros solemos
colaborar. Y habría que pensar lo fuerte que resulta para un francés de 1953
usar la palabra “colaborar”. En ese sentido, todos somos colaboracionistas de
nuestra propia enajenación mediante el muro del lenguaje. Y el psicoanálisis
sería precisamente la entrada a una palabra en la que ese muro ya no tenga la
última palabra.
Nominación, interpretación y praxis.
La palabra tiene entonces dos papeles en todo este drama.
Uno de ellos es nominar.
Lacan utiliza aquí un ejemplo muy famoso de esta época de su
enseñanza: “eres mi mujer”. (286)
Cuando alguien dice “eres mi mujer”, está nominando a
alguien, ubicándolo simbólicamente. Pero al mismo tiempo se está ubicando él
mismo mediante ese acto de discurso.
Estoy introduciendo aquí la palabra “nominación” como
comentario mío, pero lo importante es que Lacan distingue este acontecimiento
del lenguaje humano de fenómenos como la danza de las abejas, una referencia
científica que en ese momento la lingüística estructural discutía intensamente.
La danza de las abejas tiene mucho de lenguaje, pero eso no
inquieta a Lacan. Como tampoco lo inquieta por cierto el desarrollo de la
computación en ese momento, ahora que estamos con la actualidad de la
inteligencia artificial. Porque allí lo que aparece es signo, pero no un efecto
de constitución subjetiva.
Cuando alguien dice “eres mi mujer”, queda constituido
también como marido. El acto de palabra lo transforma. Y eso es precisamente
una función propia de la palabra en el lenguaje humano.
Pero la palabra también interpreta. Se erotiza, se confunde
con el cuerpo.
Lacan hace allí un recorrido por distintos artículos de la
época para mostrar cómo el discurso mismo puede erotizarse y convertirse en
objeto del propio discurso: fantasmas uretrales, anales, etcétera. Es decir, la
palabra no solamente articula simbólicamente; también puede quedar adherida al
cuerpo y cargarse libidinalmente.
Hay una antinomia irreductible entre el lenguaje y la
palabra. Lacan la expresa así en la página 287: mientras más funcional es el
lenguaje, más impropio resulta para la palabra; y si la palabra se hace
demasiado particular, pierde su función de lenguaje. (287)
Hay un impasse de entrada en la relación entre lenguaje y
palabra. Y precisamente el problema del análisis consiste en producir, por
algún efecto, que la palabra alcance la dignidad del lenguaje. Ahí todavía
tenemos el eco de la dialéctica hegeliana.
Debe establecerse entonces una práctica que regule las
relaciones entre esos dos registros. Y es de esa práctica que la experiencia
analítica viene a tomar el relevo cuando la relación espontánea entre lenguaje
y palabra se ve sobrepasada.
En esa práctica, dice Lacan, reside la juntura entre lo
simbólico y lo real.
Y aquí hay que señalar algo importante: en este momento del
texto, lo real todavía aparece muy ligado a la pareja hegeliana de lo racional.
Lacan repite incluso, no sin cierta ironía, la fórmula “todo lo real es
racional y todo lo racional es real”. Es decir, lo real todavía no termina de
cobrar su autonomía clínica y estructural, pues aparece enteramente reabsorbido
por la eficacia de lo simbólico.
Esta praxis encuentra su regulador en el tiempo. Lacan da
dos ejemplos fundamentales de cómo incide el tiempo en la experiencia
analítica: la duración del tratamiento y la duración de la sesión. Estas dos
cuestiones son, en cierto sentido, la firma de Lacan dentro del movimiento
psicoanalítico. Es precisamente alrededor de la duración de la sesión que se
produce primero la escisión y luego la excomunión. Cuando uno accede a los
expedientes de la IPA y a las investigaciones realizadas a los analizandos de
Lacan —el dispositivo burocrático que decantó en lo que él llamó después su
excomunión—, se puede ver hasta qué punto este problema atormentaba al
movimiento psicoanalítico de la época. Por su parte, la duración del
tratamiento introduce el otro gran problema que Lacan retoma de Freud: el
análisis terminable e interminable, o como él mismo traduce directamente del
alemán, el problema del análisis terminable e indeterminado. Es decir: el
problema mismo del pase.
Estos dos ejemplos que Lacan pone al final del texto son
programáticos. Anticipan el desarrollo institucional, clínico y epistemológico
que va a sostener durante los siguientes treinta años de enseñanza. (298 y ss.)
La posición del analista.
El analista aparece entonces, en esta práctica, sobre todo
como aquel que puntúa. Estamos aquí en el gran momento de la puntuación en
Lacan; podría decirse que esa es su respuesta técnica. Dice aproximadamente
hacia la página 304 —estoy parafraseando— que cuando se da a luz la palabra, se
está a los pies del muro del lenguaje, del mismo lado que el paciente. El
analista acompaña entonces al sujeto en ese encuentro, siempre mediado y entorpecido,
con la emergencia de su propia palabra. Esto vuelve a resonar después en el Seminario
6, cuando explica el grafo del deseo comentando a Hamlet: vuelve a
aparecer la huella de una palabra pegada al cuerpo. Uno esperaría encontrarla
abajo, en la parte inferior del grafo, pero Lacan sitúa esa articulación en el
piso superior, en el vector que anuda la pulsión y el significante de la falta
en el Otro. Son, como le gritaron a él en Vincennes durante las interpelaciones
estudiantiles posteriores al Mayo del 68, “historias de penes”. Y efectivamente
lo son. Son palabras pegadas al cuerpo: palabras de pene, de orina, de caca. Esa
es, precisamente, la humildad del descubrimiento freudiano.
Lo que el psicoanálisis descubre, una y otra vez, es que hay
una potencia articulatoria que nos excede y nos precede, y que esa potencia, en
el nivel primario del lenguaje, está pegada a cosas de las que normalmente no
se habla en el espacio público. No se ve a los candidatos presidenciales
hablando en sus discursos de cuándo se orinaban en la cama o de asuntos por el
estilo. Y esto, por cierto, me hace asociar con un hecho clínico fundamental:
tanto para Freud como para Lacan, la economía uretral está profundamente ligada
a la ambición y al orgullo.
El analista aparece en esta práctica como aquel que puntúa,
dándole sanción a esta palabra plena, a esta palabra pegada al cuerpo.
Que la potencia articulatoria lleve lo inarticulado a una
articulación.
Consecuencias del olvido estructural
Olvidar los poderes de la palabra nos hace sospechar que
somos magos. De ahí la mala conciencia del analista, que se siente milagrero y
descubre el engaño que constituye la sustancia del amor: esa es otra de las
formas en que los psicoanalistas resistimos al descubrimiento freudiano (294).
Si seguimos la lógica del texto, esa mala conciencia es lo mejor que le puede
pasar al analista cuando olvida que el resorte de su oficio está en los poderes
de la palabra (281). Porque lo va a olvidar; y esa es la clave del comentario
que propongo: este olvido no es contingente ni histórico, sino estructural. (294)
Dice Lacan que esa mala conciencia está en la base de todas
las desviaciones. Saber que nuestro discurso raya con la magia y que desentraña
el engaño amoroso produce una incomodidad fundamental que empuja al desvío. Por
eso les propongo que este texto sigue siendo completamente actual. El analista
tiende, de manera inevitable, a olvidar que el resorte de su acto habita en los
poderes de la palabra, y entonces vuelve a sustancializar aquello que el
descubrimiento freudiano había desustancializado. En la época de Lacan, eso
tomó la forma de la psicología del yo; hoy adopta otras vías, como ciertas
maneras contemporáneas de sustancializar lo real. En este momento de su obra, Lo
real todavía aparece muy ligado a la realidad fenoménica y natural, un fondo
precultural que está presto a ser absorbido por el lenguaje. Todavía no ha
llegado a darle el estatuto que tendrá después: el de un error insoslayable del
colapso de origen producido por la potencia articulatoria.
Cuando el analista se siente demasiado cómodo con su poder
milagrero es cuando inventa herejías que lo exilian del discurso analítico; esa
es, en buena medida, la historia de la psicología del siglo XX. “No vamos a
hacer psicoanálisis, sino algo mejor: más rápido, más eficiente, con
fundamentos biológicos”. Ahí tenemos al gran inventor del cognitivismo. O
entonces aparecen las energías, el saber ancestral, lo colectivo, y tenemos a
Jung. Buena parte de la historia de la psicología es la historia de la resistencia
contra el descubrimiento freudiano, y eso no nos exime a nosotros.
Cuando no soportamos el malestar del descubrimiento
freudiano es cuando nos inventamos herejías. Al sentirnos demasiado cómodos con
el poder milagrero que ejercemos en el consultorio, aparecen las desviaciones:
curar rápido, curar pronto, modificar el yo, adaptarlo, normalizarlo.
Entonces, frente a la ignorancia invencible del resorte del
oficio —y el resorte del oficio son los poderes de la palabra— tenemos tres
opciones (y utilizo aquí deliberadamente la expresión teológica de “ignorancia
invencible”). La primera es vivir con el malestar del discurso analítico, que
es lo que decidimos al elegir la Escuela. La segunda es inventar desviaciones
internas al discurso, como las que Lacan tuvo que combatir. Y la tercera es
inventar psicoterapias. Ese es el efecto del invento de Freud: un
descubrimiento que no puede sino ser olvidado.