Libros y textos de una investigación en curso en psicoanálisis

El sinthome

La perikóresis y el nudo de las operaciones del decir



Fíjense ustedes que lo que les acabo de mostrar tiene importancia por una razón muy precisa: existe una manera correcta de escribir un nudo borromeo. No cualquier figura compuesta por tres anillos posee la propiedad borromea. La propiedad borromea consiste en un enlace no trivial tal que, si uno de los anillos se suelta, los otros dos también quedan liberados. Esa es la definición mínima del nudo borromeo.

Vamos a trabajar con ese nudo y con sus diferentes configuraciones durante el resto del seminario. Pero hay algo que me interesa subrayar desde el comienzo: nuestro problema no será el nudo cuando funciona, sino el nudo cuando falla. Los errores de anudamiento, las formas defectuosas del enlace, van a ocupar el centro de este trabajo.

Me ocurrió incluso algo instructivo mientras preparaba esta sesión. Utilicé varias figuras que parecían borromeas y que, sin embargo, no lo eran. Algunas eran elegantes y visualmente atractivas, pero estaban mal construidas. Lo descubrí precisamente porque, después de trabajar intensamente con estas figuras, comencé a reconocer una propiedad muy simple: en un nudo borromeo cada anillo pasa alternativamente por debajo y por encima de los otros. La secuencia es siempre debajo-arriba, debajo-arriba. Cuando esa alternancia se rompe y aparece una secuencia del tipo debajo-debajo, arriba-arriba, ya no estamos ante un nudo borromeo.

Lo que aparece entonces son enlaces por pares, enlaces de Hopf. Si se libera uno de los anillos, los otros dos permanecen unidos. La propiedad borromea desaparece.

Nos interesará mucho esta diferencia porque la clínica, tal como intentaré mostrarla, se juega precisamente en los modos en que el nudo se vuelve precario.

A partir de hoy quiero entrar directamente en las consecuencias clínicas de todo esto. Lo que me interesa investigar es aquello que encuentro todos los días en la práctica y poner a prueba si estas formalizaciones permiten pensarlo mejor.

La figura topológica hacia la que nos dirigimos es la que aparecía ya insinuada en el aforismo que les envié el lunes. Allí asociaba la palabra perikóresis al nudo borromeo constituido por las tres operaciones del decir que hemos venido trabajando: Keharitomene, Epiousios y Makarioi; es decir, la nominación, el acontecimiento de cuerpo y el funcionamiento de goce.

La propuesta que quiero formular hoy es que esas tres operaciones no deben pensarse simplemente como elementos de un sistema. Durante algún tiempo hablé de un “sistema del sinthome”, pero cada vez me resulta más insuficiente esa formulación. El concepto teológico de Trinidad me parece más adecuado para expresar la relación que existe entre ellas.

Del sinthome se dice que es un nombre de goce. También se dice que es un acontecimiento de cuerpo. Se dice igualmente que es un funcionamiento de goce. Mi propuesta es tomar esas definiciones no como alternativas sino como constituyentes de una misma unidad.

El sinthome sería entonces la unidad formada por la nominación (K), el acontecimiento de cuerpo (E) y el funcionamiento de goce (M).

No existe una relación natural entre la nominación y el cuerpo. El principio de arbitrariedad del signo impide pensar cualquier correspondencia espontánea entre ambos. Por eso toda nominación requiere una articulación con algo del cuerpo y con algo del sentido que el cuerpo introduce en el campo del hablante.

A esa articulación la hemos llamado praxis. Y esa praxis es precisamente el funcionamiento de goce de cada sujeto.

Las tres dimensiones forman una unidad. Ninguna puede ser comprendida aisladamente. El sinthome no es una de ellas por relación a las otras dos; es el anudamiento mismo de las tres.

Perikóresis

La palabra que elegí para nombrar esta relación es perikóresis. Es una palabra que pertenece a la tradición patrística y que fue utilizada para pensar las relaciones internas de la Trinidad.

A diferencia de otras palabras que hemos trabajado, aquí el problema no reside tanto en la traducción como en una ambigüedad semántica muy precisa. La palabra condensa la idea de que varios términos pueden desplazarse unos alrededor de otros, darse lugar mutuamente, intercambiarse y contenerse sin llegar a fusionarse.

Ese era precisamente el problema que intentaban abordar los Padres de la Iglesia: cómo pensar la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sin reducirlos a una unidad indiferenciada ni separarlos en entidades independientes.

El prefijo peri introduce una relación sin centro privilegiado. El término kóresis remite a un movimiento en curso. Su raíz se vincula con choros, la danza coral griega, el espacio donde varios participantes se desplazan sin que ninguno ocupe una posición central definitiva.

Por eso me parece una palabra particularmente hermosa. Sugiere una danza de rodeos recíprocos.

Los elementos se sostienen en un movimiento mutuo de intercambio y de circunvalación. Ninguno ocupa el lugar de fundamento último. Ninguno absorbe a los otros.

Lo que propongo es pensar que entre la nominación, el acontecimiento de cuerpo y el funcionamiento de goce existe precisamente una perikóresis.

La nominación nunca alcanza completamente al acontecimiento de cuerpo. El acontecimiento de cuerpo siempre conserva algo que escapa a la nominación. La praxis intenta articular ambos términos, pero también puede fracasar.

Cada elemento rodea a los otros dos sin agotarlos jamás.

Del Uno sustancial al Uno relacional

Desde el punto de vista de la historia de las ideas, el concepto alcanza su formulación clásica en Juan Damasceno. Allí se convierte en un término técnico destinado a pensar una relación paradójica: una inherencia mutua sin confusión y una copresencia sin mezcla.

La cuestión filosófica que aparece entonces es decisiva. Se pasa de la idea aristotélica de un Uno absolutamente simple, exceptuado del movimiento, a una concepción relacional de la unidad.

No se trata simplemente de un Dios que se mueve. El motor inmóvil aristotélico no está quieto; está fuera del movimiento. La novedad cristiana consiste en otra cosa: en introducir una unidad cuya consistencia es relacional.

La perikóresis no añade movimiento a Dios. Nombra una unidad que no existe sin mutua inherencia.

La dificultad filosófica consiste precisamente en pensar cómo puede existir una unidad constituida por elementos que se sustituyen recíprocamente sin dejar de ser una sola cosa.

Aquí reaparece una noción que ya habíamos trabajado al hablar de Epiousios: la aeternitas.

Fuera de la sucesión temporal, fuera de la duración, existe una relación fundamental que no acontece en el tiempo. Habíamos situado allí el goce. Podríamos decir, con Aristóteles y luego con Santo Tomás, que se trata de un puro acto.

La novedad consiste en que aquí ese puro acto es también pura relación.

San Agustín intentó traducir esta estructura al interior del alma humana mediante la doctrina de la imago Dei. Si el ser humano ha sido creado a imagen de Dios, entonces la Trinidad debe reflejarse de alguna manera en la estructura del alma.

Así formula la célebre tríada de memoria, voluntad y entendimiento.

Estas tres potencias constituyen una unidad y reproducen, según Agustín, la estructura misma de la Trinidad.

Pero el descubrimiento freudiano introduce una perturbación radical en ese esquema.

La memoria ya no aparece como un archivo estable, sino como un campo atravesado por la represión y el retorno de lo reprimido. El entendimiento deja de ser soberano frente a su propia interioridad. La voluntad se descubre dividida por el deseo.

La psicología agustiniana pierde entonces la consistencia que había conservado durante siglos.

Frente a esa caída, propongo pensar otra tríada: nominación, acontecimiento de cuerpo y funcionamiento de goce.

La nominación funciona como corte más que como representación. El acontecimiento de cuerpo aparece como irrupción más que como interioridad. El funcionamiento de goce constituye una praxis más que una armonía del alma.

No hay aquí una sustancia común que unifique los términos.

Las tres dimensiones conforman un único sinthome.

Podríamos incluso decir que el sinthome viene a relevar, dentro del campo abierto por Freud, aquello que el descubrimiento freudiano vuelve imposible en el antiguo arreglo agustiniano.

El nudo y la clínica

Por eso la tríada resulta más fácil de captar si la escribimos mediante un nudo borromeo.

No se trata de identificar la Trinidad con el nudo. Son niveles distintos. Lo que nos interesa es aislar un tipo de consistencia.

La perikóresis intenta nombrar una co-inherencia sin mezcla ni exterioridad. El nudo borromeo permite escribir una consistencia donde los elementos no se fusionan, pero tampoco pueden sostenerse separadamente.

Lo decisivo es que la consistencia no reside en ninguno de los elementos ni en una relación dual. Reside en el modo mismo de anudamiento.

No existe un centro. No existe una instancia exterior que garantice la unidad. La unidad es efecto del enlace.

Y es precisamente ahí donde aparece la clínica.

La perikóresis se vuelve visible cuando falla. Mientras el nudo funciona, permanece relativamente silencioso. Se vuelve manifiesto cuando algo de la intercambiabilidad entre sus elementos se rompe.

Eso es lo que llega a consulta.

La clínica consiste en pensar la práctica del nudo de un parlêtre determinado.

El analista ocupa momentáneamente un lugar en ese nudo. Si tomamos al Otro como función del goce del Uno, entonces el Otro al que se dirige quien habla forma parte del propio anudamiento del sujeto.

Pensar clínicamente significa pensar esa práctica singular.

Puede irrumpir el acontecimiento de cuerpo. Puede fracasar una nominación. Puede desorganizarse una praxis.

Una nominación puede llegar demasiado tarde y dejar al hablante sin recursos. Puede llegar demasiado pronto y clausurar algo que necesitaba desplegarse.

La praxis puede no alcanzar para sostener una distancia respecto del objeto que se es.

Podemos entonces caracterizar distintos modos de sufrimiento clínico: cuando se altera la articulación entre cuerpo y sentido; cuando la nominación no logra operar adecuadamente; o cuando la praxis no consigue sostener una relación viable con el objeto.

Lo que llamamos clínica es, en definitiva, la evidencia de la precariedad del nudo.

La clínica comienza allí donde el anudamiento se vuelve frágil, donde su ruptura aparece como inminente o donde sus efectos ya se han producido.

Un nudo perfectamente estable no nos convoca. Lo que encontramos son las formas de su precariedad.

Y es precisamente esa precariedad la que nos habla bajo la forma singular de quienes vienen a vernos.

Por eso propongo definir la clínica como el pensamiento de la falla del nudo.

A lo largo de este seminario he ido precisando la relación entre los distintos elementos que hemos trabajado. Hoy puedo formularlo de manera más clara: tenemos tres operaciones del decir —nominación, acontecimiento de cuerpo y funcionamiento de goce—; tenemos también tres constituyentes del decir, que abordaremos en las sesiones restantes; y tenemos finalmente la perikóresis (P), nombre del nudo que articula las operaciones del decir.

Ese nudo no existe fuera del tiempo. Está inscrito en el aevum y atraviesa una sucesión de acontecimientos. También eso pertenece a la clínica.

Puede ocurrir que uno de sus anillos se rompa y que el nudo entero se deshaga. Tradicionalmente hemos pensado ciertas formas de desencadenamiento psicótico a partir de esa figura.

Pero los dramas del nudo no pertenecen exclusivamente a la psicosis.

También deben permitirnos pensar la clínica de la neurosis, incluso allí donde no existe un desencadenamiento visible o espectacular.

La práctica analítica nos confronta continuamente con esos dramas del nudo.

Y es precisamente a partir de ellos que intentaremos continuar el trabajo en las sesiones que quedan.

Discusión

La discusión se abrió a partir de una inquietud sobre la lógica misma del proyecto presentado. Si la clínica estructural resulta relativamente fácil de seguir en sus articulaciones, ¿qué permite pensar una clínica organizada desde el nudo? ¿Qué ganancia aporta respecto de las construcciones anteriores?

La respuesta condujo rápidamente a precisar que la cuestión no consiste en abandonar la clínica estructural sino en aumentar su precisión. La comparación propuesta fue la relación entre Newton y Einstein: una nueva formalización no invalida necesariamente la anterior, sino que permite captar fenómenos que antes resultaban inaccesibles sin perder aquello que la formulación previa ya lograba describir. Desde esa perspectiva, las grandes categorías clínicas heredadas de Freud y del primer Lacan conservan su valor, pero pasan a ser leídas como efectos o configuraciones deducibles de un funcionamiento más fundamental.

Esto llevó a una pregunta sobre el lugar que tendría el análisis dentro de esta perspectiva. ¿Puede distinguirse un anudamiento obtenido a partir de una experiencia analítica de otros modos de anudamiento? ¿Habría una diferencia entre la organización neurótica sostenida por el Nombre del Padre y aquello que emerge al final de un análisis?

La respuesta evitó formular el análisis como una operación de modificación estructural. Más bien apareció la idea de que el análisis permite una aclaración del nudo que uno es. El trabajo analítico no produciría otro nudo ni alteraría las elecciones fundamentales que constituyen a un hablante. Su efecto consistiría en hacer legible un funcionamiento ya existente.

En ese contexto reapareció la cuestión del atravesamiento del fantasma. La propuesta fue pensarlo como una de las formas posibles de lectura nodal, pero sin reducir el conjunto del funcionamiento de goce a la categoría de fantasma. El fantasma sería apenas una de las configuraciones posibles de aquello que se había nombrado como praxis o funcionamiento de goce. La ventaja de esta ampliación consiste en permitir pensar, con la misma herramienta conceptual, fenómenos que exceden ampliamente el campo de la neurosis.

A partir de allí comenzaron a desplegarse diferentes formas de entender la falla. La nominación puede fracasar. Puede llegar demasiado pronto o demasiado tarde. El acontecimiento de cuerpo puede irrumpir de manera tal que desorganice las articulaciones disponibles. La praxis puede fracasar en sostener una distancia respecto del objeto, produciendo identificaciones devastadoras o modalidades destructivas de relación con el otro.

La discusión fue desplazándose así hacia la posibilidad de pensar clínicas diferenciadas según los modos de fracaso de estas operaciones.

Otro participante retomó entonces una imagen que había aparecido en la exposición: la danza. La referencia abrió una serie de asociaciones en torno al movimiento, la posición del analista y la cuestión del final de análisis. Si las operaciones del decir forman una perikóresis, una danza de rodeos recíprocos, ¿no habría que pensar también al analista como alguien implicado en ese movimiento? ¿No habría una relación entre la escucha analítica y la capacidad de percibir dónde una determinada danza comienza a perder consistencia?

La respuesta llevó la conversación hacia una cuestión recurrente en la última enseñanza de Lacan: la dificultad para situar con precisión nociones como final de análisis, después del análisis o producción de algo nuevo. En lugar de insistir sobre una transformación radical, se propuso volver sobre la idea de esclarecimiento.

La referencia fue explícitamente ilustrada por la noción de Aufklärung. El análisis pertenecería más al orden de la Ilustración que al de la revolución. No transformaría la sustancia del sujeto ni modificaría el nudo que lo constituye, pero permitiría una comprensión suficientemente precisa de su funcionamiento como para alterar de manera decisiva la relación con el sufrimiento y con la propia existencia.

Esta idea produjo resonancias inmediatas en la conversación. Se evocaron situaciones clínicas donde la posibilidad de captar anticipadamente un desanudamiento permitía intervenir antes de que el sufrimiento alcanzara formas más graves. Lo nuevo no aparecería entonces como una mutación del nudo, sino como una relación distinta con aquello que ya estaba allí.

La discusión derivó luego hacia la relación entre la perikóresis, la religión y la historia de las ideas. La noción de danza volvió a aparecer, esta vez asociada a la constitución simultánea de un espacio donde el movimiento puede desplegarse.

Se introdujo entonces una formulación que ocupó buena parte del intercambio posterior: así como el nudo constituye un modo de articulación entre las operaciones del decir, también constituye el espacio donde esas operaciones pueden desplegarse. Ese espacio de embebimiento dejó de aparecer como un simple escenario para convertirse en un elemento activo del drama.

La posición del analista fue aproximada a esa función. El analista sería, en cierta medida, el espacio donde el nudo puede desplegarse lo suficiente como para volverse legible. La asociación libre funcionaría entonces como una suerte de dibujo progresivo de la danza que constituye a un hablante.

La temporalidad permitió introducir nuevas distinciones. Mientras la asociación libre se desarrolla en el tiempo ordinario de la experiencia, el nudo fue ubicado en el registro del aevum y el goce en el de la aeternitas. Estas referencias permitieron retomar una idea ya esbozada durante la exposición: la existencia de una unidad relacional que no puede pensarse simplemente a partir de una sucesión temporal.

Desde allí se estableció una analogía con ciertos desarrollos de la ciencia moderna. Así como en determinados experimentos el observador modifica aquello que observa, el análisis produciría una transformación por el mero hecho de recorrer los recorridos que constituyen una experiencia. Lo observado no permanece idéntico a sí mismo una vez que ha sido recorrido.

La conversación volvió entonces sobre la clínica. Una pregunta puso en relación la precariedad del nudo con la temática de “lo imposible de soportar”. La asociación resultó inmediata.

Si el nudo es aquello que soporta al parlêtre, entonces la experiencia de lo insoportable puede pensarse precisamente como el momento en que ese soporte deja de sostener. La clínica aparecería así ligada a los momentos en que el nudo ya no resiste.

Este desplazamiento permitió formular con mayor precisión el alcance del trabajo analítico. No se trataría de reparar definitivamente un nudo ni de garantizar una estabilidad permanente. Se trataría de acompañar a alguien allí donde los recursos habituales han dejado de funcionar y donde la consistencia del anudamiento se vuelve problemática.

La conversación concluyó retomando la cuestión de las invenciones singulares. Aunque el tema quedó apenas insinuado, apareció como una dirección futura del trabajo. Si el nudo puede volverse precario, también pueden surgir formas inéditas de sostenerlo.

La discusión terminó dejando abierta precisamente esa pregunta: cómo acompañar los modos singulares en que cada hablante logra arreglárselas con aquello que, siendo soporte de su existencia, nunca deja de conservar una dimensión de fragilidad.