Tenía
catorce años cuando esta maldita palabra hizo agujero. “Están saqueando
en el Centro Comercial Miranda”, escuché. Más temprano, ese día habíamos ido al
colegio con la advertencia de que iba a haber protestas por el aumento del
pasaje. Un autobús quemado en el terminal y todo volvería a la normalidad,
pensábamos. No pudimos atender a clases, los muchachos de los otros liceos habían
ido a buscarnos para que nos incorporáramos a las protestas en la Avenida Intercomunal. Como la prometida autopista a Oriente
llegaba hasta Guarenas, esa avenida era la única vía para comunicar a Guatire y
Barlovento con la capital. Lo que había era una batalla campal con la policía
metropolitana. Las monjas cerraron el colegio y bajo pena de expulsión, nos
ordenaron meternos en los salones. La adrenalina y el miedo me recorrían el
cuerpo, junto con el deseo de irme a la protesta. Me frustraba estar ahí
encerrado en lugar de estar protestando, forjando el futuro, pero a mitad de mañana mi tía nos fue
a buscar y me tuve que ir a la casa.
Un recuerdo
confuso de estar corriendo por el centro comercial de la residencia y sentir las
piedras pasando por encima de nuestras cabezas. Los estudiantes estaban
desatados en las calles, corrían por todas partes, lanzaban piedras, gritaban. Nos
fuimos con mi tía a su apartamento, desde allá arriba se podía ver todo el
pueblo de Guarenas. En la terraza del último piso fue que escuché esa frase “Están
saqueando en el Centro Comercial Miranda”. Saqueos había en el imperio romano,
o en la guerra de independencia. ¿El 23 de enero había habido saqueos? No sabría
decirlo.