Hoy vamos a trabajar algo que tal vez les resulte mucho más
intuitivo. Veníamos trabajando tres operaciones del decir: interpretación (E),
entendida como continuidad de sentido y cuerpo; nominación (K); y praxis (M),
cada una asociada a su superficie correspondiente. La sesión pasada fue
particularmente intensa, así que hoy vamos a movernos en un terreno un poco
menos abstracto.
Les había dicho que, además de las tres operaciones del
decir, había tres constituyentes del decir. El primero es el acto (G), que
formalizamos como un recorrido. El segundo constituyente es el que vamos a
trabajar hoy y que está asociado al concepto freudiano de trauma (T).
Intentaremos formalizar qué es un trauma desde la perspectiva del aparato
topológico que estamos construyendo.
¿Qué es lo traumático propiamente?
No es algo de lo que estemos exentos. Nadie lo está. Y, al
mismo tiempo, es aquello que pone a prueba la integridad del nudo. Si asumimos
esa unidad del nudo que llamamos P, la perikóresis, el trauma es el
constituyente del decir que pone a prueba su consistencia y su continuidad en
el tiempo.
No voy a seguir aquí la misma estructura que veníamos
utilizando. Sin embargo, quisiera comenzar con una breve referencia al nombre
de esta sesión: Eisenenkes.
Tomé esta palabra de la sexta petición del Padre Nuestro.
Como saben, el Padre Nuestro está compuesto por una invocación y siete
peticiones. La primera frase —«Padre nuestro que estás en el cielo»— funciona
como invocación y acto de fe. Todas las demás son peticiones.
La sexta petición suele traducirse como «no nos dejes caer
en la tentación». Sin embargo, la traducción latina conserva una formulación
mucho más cercana al original griego: ne nos inducas. La traducción más precisa
sería «no nos induzcas a la prueba».
Durante casi dos mil años esa formulación no tuvo nada de
escandaloso. Pedirle a Dios que no condujera al creyente al lugar de la prueba
era perfectamente compatible con el universo bíblico. Basta recorrer el libro
de Job para encontrar allí a Dios permitiendo que el diablo someta a Job a una
serie de pruebas extremas. La idea de que Dios pudiera llevar a alguien al
escenario donde sería probado formaba parte de una sensibilidad religiosa
completamente legítima.
Sin embargo, nuestra época ya no soporta esa formulación de
la misma manera. Hemos debido suavizarla. Decimos «no nos dejes caer en la
tentación». La agencia divina permanece, pero aparece considerablemente
atenuada.
Lo interesante es que el problema no radica en una
dificultad lingüística. La traducción funciona demasiado bien. Precisamente por
eso se vuelve inquietante. La palabra sigue significando lo mismo, pero las
condiciones discursivas que la rodean ya no son las mismas.
Lo que ha cambiado no es el significante, sino el régimen de
enunciación que permitía alojarlo. Una palabra que durante siglos fue
perfectamente razonable aparece hoy como siniestra. Cambió la distribución
histórica del goce, aquello que Miller, siguiendo a Kant, llama las
profundidades del gusto. Lo que una época puede soportar decir y escuchar se
modifica.
Sin embargo, la palabra permanece allí. Da testimonio de que
los regímenes históricos de enunciación son contingentes. Y también permanece
como resto de una posibilidad inquietante: que el Padre vuelva a ser concebido
como alguien capaz de conducir a la prueba, incluso como un acto de amor.
Me interesa tomar esta palabra porque testimonia algo
fundamental para lo que queremos pensar hoy: el desfase entre el dicho y el
decir.
Si el acto (G) es un recorrido, un desplazamiento que puede
ser o no irreductible, el trauma (T) es el ajuste del desfase entre el dicho y
el decir.
La tesis que quiero proponerles es que un trauma consiste
precisamente en eso: en el ajuste que se produce cuando la distancia entre el
dicho y el decir alcanza una magnitud que ya no puede sostenerse.
Piensen, por ejemplo, en la pubertad freudiana. Aquello que
había sido dicho y organizado en la infancia reaparece bajo condiciones
completamente distintas. Lo que antes podía ser absorbido por una determinada
posición subjetiva adquiere ahora un carácter desorganizante. La sexualidad
retorna, pero retorna desplazando la posición misma desde la cual el sujeto
había organizado su experiencia.
El psicoanálisis, como disciplina que se ocupa del decir,
muestra que este desfase no es contingente sino estructural. La posición del
hablante queda inevitablemente escindida por él.
Lacan lo formula de manera ejemplar cuando afirma que «que
se diga queda olvidado tras lo que se oye en lo que se dice». En el momento
mismo en que el decir se constituye como dicho, el decir queda perdido. Solo
puede recuperarse indirectamente a partir de los restos que retornan desde el
lugar del Otro.
Por eso el Otro resulta irreductible. Podrá ser función del
Uno, como plantea la última enseñanza de Lacan, pero no puede ser abolido. El
Uno necesita del Otro para obtener restos de su propio decir.
Mientras más autocentrado se encuentra alguien en su propio
discurso, menos advertido está de este desfase. Y cuanto menos advertido se
está de él, más brusco deberá ser el ajuste cuando finalmente se produzca.
Porque el decir va a manifestarse.
Eso no se cura.
El síntoma es necesario. O bien su continuación por otros
medios: el análisis, que hace función de Otro para un hablante y le permite
tramitar estos ajustes; o el sinthome, como continuación de ese trabajo después
del análisis.
Tanto las operaciones del decir (E, K, M), en cuanto
recorridos, como el nudo que ellas constituyen (P), permanecen expuestos a esta
tensión permanente entre lo constituido y lo constituyente.
Y es precisamente aquí donde podemos comenzar a formalizar
T.
Propongo pensar T como el encuentro inevitable e
incalculable con la identificación de un punto con su antipodal en RP².
Les había dicho que el plano proyectivo real es el espacio
donde existe el nudo del hablante (P). Una de sus propiedades fundamentales
consiste en la identificación de cada punto con su antipodal.
La fórmula A ~ −A puede tomarse como una fórmula del trauma.
Lo traumático consiste en el encuentro con la inorientabilidad
inherente al campo.
Uno habita siempre esa estructura, pero no necesariamente la
percibe. Puede recorrer amplias regiones del espacio sin encontrar
explícitamente sus consecuencias. Puede incluso sostener una vida relativamente
estable.
Pero no puede calcular cuándo se pasará de lo familiar a lo unheimlich.
Lo ominoso no es el significante mismo. Es el encuentro con
él bajo condiciones de lectura que ya no pueden absorber sus efectos.
La palabra Eisenenkes funciona justamente como ejemplo de
ello. El significante permanece, pero el campo donde se lo leía se desplazó. Lo
que era razonable se volvió inquietante. Lo familiar se volvió extraño.
No podemos saber cuándo ocurrirá algo semejante respecto de
nuestra propia posición.
¿Cuándo mi decir se habrá distanciado tanto de mí mismo que
mi posición ya no pueda sostenerse?
No puedo saberlo.
Lo que el análisis ofrece no es un modo de evitarlo, sino la
certidumbre de que ocurrirá. De que no se trata de una miseria individual ni de
una excepción biográfica. Es una consecuencia necesaria de la estructura.
No existe coincidencia permanente entre enunciado y
enunciación, entre posición y decir.
Por eso el trauma no es cualquier acontecimiento.
El trauma es aquel acontecimiento en el que aparece una
nueva identificación topológica para la cual el régimen de lectura disponible
ya no tiene respuesta.
El nudo (P) es un conjunto de recorridos estabilizados (E,
K, M). Pero los recorridos posibles en RP² son innumerables.
El sujeto dispone de ciertos recorridos con los cuales
responde a las exigencias del campo. Sin embargo, las exigencias del campo
exceden siempre esos recursos.
Ese desfase termina pasando factura.
Tensiona el nudo. Lo desestabiliza. Lo estira. Incluso puede
llegar a romperlo.
Podemos pensarlo mediante una analogía con la tectónica de
placas.
Si el decir y el dicho se encuentran necesariamente
desfasados, entonces la posición del hablante se encuentra en una precariedad
permanente.
Tomemos al decir como campo de articulabilidad. En ese caso,
T designa una articulación para la cual P no estaba preparado.
El descubrimiento freudiano por excelencia es precisamente
la potencia articulatoria.
Existe un campo de articulabilidad —RP²— y existen ciertos
recorridos estabilizados que constituyen un nudo. Pero la cantidad de
articulaciones posibles excede enormemente a las que ese nudo puede absorber.
RP² es, por decirlo así, un campo minado de articulaciones
capaces de poner a prueba al nudo.
De allí que la defensa resulte insoslayable.
No existe superación definitiva de la defensa. No existe
levantamiento completo de la represión primordial. El nudo mismo puede pensarse
como una defensa frente al decir que lo constituye.
T es el gradiente de separación entre una organización
determinada y la movilidad del decir en un momento dado.
Durante mucho tiempo me costó pensar esta idea, porque
tendemos a imaginar una serie de traumas sucesivos. Sin embargo, me parece más
fecundo pensar que se trata del mismo sismo atravesando toda la vida de un
hablante.
Toda la trayectoria de P está recorrida por el mismo sismo.
No se trata de múltiples eventos independientes. Se trata de
una intrusión permanente de la articulabilidad en una estructura articulada.
Una intrusión de lo constituyente en lo constituido.
Esa intrusión nunca cesa.
Hay momentos, sin embargo, en los que se vuelve
especialmente intensa. Eso es lo que llamamos trauma.
El trauma es el momento en que el sujeto ya no puede seguir
ignorando que su decir se ha desplazado respecto de la posición que lo
organizaba.
Y aquí aparece algo que nos prepara para la última sesión.
La intrusión del cuarto anillo, la potencia articulatoria,
resulta decisiva.
Durante todo el seminario hemos trabajado con tres
operaciones del decir. Pero, en cierto sentido, todo el recorrido ha estado
orientado a prepararnos para pensar cómo contar hasta cuatro.
La llegada de ese cuarto anillo al nudo borromeo constituye
el acontecimiento fundamental cuyas réplicas reaparecen bajo la forma de los
distintos desajustes de P.
Aquí reaparece también la noción de repetición. No como
reiteración de acontecimientos distintos, sino como persistencia de una misma
intrusión.
Por eso la analogía con la tectónica de placas resulta tan
útil.
El terremoto es el fenómeno visible de algo que sucede en un
nivel que no percibimos directamente. Las placas se desplazan continuamente.
Acumulan tensiones. Finalmente, esas tensiones se descargan.
La idea misma de que la tierra se mueve bajo nuestros pies
no es intuitiva. Sin embargo, una vez formulada por Wegener, comenzó a
reorganizar una enorme cantidad de fenómenos dispersos.
Y resulta interesante recordar que esta idea surge en una
época muy particular. Son los años en que aparece la relatividad, la física
cuántica y la metapsicología freudiana.
Es una época en la que lo sólido comienza a moverse.
Lo que parecía fijo se vuelve inestable. Lo que parecía
garantizado pierde su fundamento.
Nosotros seguimos habitando esa episteme.
Por eso no tiene nada de extraño pensar que la llegada del
cuarto anillo produzca una tensión permanente en el nudo, una reorganización
constante que termina manifestándose clínicamente.
En la práctica, esta intrusión produce una determinada
configuración del nudo y una determinada fijación de su funcionamiento.
T es la constatación de la distancia necesaria entre esa
fijación y la movilidad permanente de la potencia articulatoria.
La intrusión produjo tanto la configuración del nudo bajo un
determinado tipo clínico, como su estabilización y la singularidad del modo de
goce específico de un P. Pero no dejó de actuar nunca.
T es la constatación actual de sus efectos.
Eisenenkes designa precisamente esa manifestación permanente
de la actividad intrusiva de la potencia articulatoria sobre los recorridos
estabilizados de un hablante.
Discusión.
Nudos antisísmicos
La discusión comenzó a partir de una pregunta sobre la
contingencia y la estabilidad. Si la potencia articulatoria hace intrusión de
manera permanente en el nudo, entonces la estabilización no puede entenderse
como un estado garantizado ni como un ideal. Toda estructura está expuesta a
desajustes, reconfiguraciones y eventualmente a rupturas. Lo que llamamos
estabilidad designa apenas una forma contingente de arreglo.
La respuesta insistió en que la potencia articulatoria no
debe confundirse simplemente con el significante. Se trata más bien de la
posibilidad misma de que los significantes se articulen entre sí produciendo
goce, independientemente del sentido. Es una noción cercana a lalengua y
también a lo que Joyce habría puesto en evidencia: que las palabras pueden
producir satisfacción más allá de cualquier coherencia semántica.
Desde esa perspectiva, la constitución del hablante nunca
elimina la intrusión que la hizo posible. La articulación no cancela la
articulabilidad. La potencia articulatoria sigue operando después de la
constitución del sujeto y permanece ejerciendo presión sobre cualquier forma
estabilizada. Por eso no se sabe cuándo ni cómo aparecerá un desajuste
importante. Ese no saber no es provisional ni depende de una insuficiencia del
analista o del analizante. Pertenece a la estructura misma del fenómeno.
La conversación se desplazó entonces hacia las distintas
respuestas posibles del sujeto frente a esa presión permanente. El fantasma
apareció como una de ellas, una modalidad de praxis (M) mediante la cual el
hablante organiza una escena para tratar con aquello que insiste. También la
angustia (E) puede funcionar como respuesta, así como determinadas nominaciones
(K) que intentan fijar rápidamente un sentido. En todos los casos se trata de
operaciones del decir.
El nudo mismo fue presentado como el arreglo entre esas
operaciones. No responde por sí mismo, sino a través de ellas. Puede responder
interpretando, nominando o actuando. Puede también rigidizarse demasiado
pronto. Precisamente por eso el análisis introduce una práctica singular: la
asociación libre.
La asociación libre fue pensada no solamente como un medio
para que el analista intervenga, sino como una operación que produce efectos
por sí misma. Hablar de esa manera ya hace algo. Las psicosis muestran esto con
especial claridad. Muchas veces no es la interpretación lo que resulta
decisivo, sino la posibilidad misma de poner en marcha una articulación que
permita al sujeto acompasarse con aquello que no deja de hacer intrusión.
En este punto apareció una reformulación importante del
lugar de la interpretación. Como enseñaba Freud, una interpretación no se
verifica porque produzca asentimiento o porque el sujeto reconozca una verdad.
Su criterio es otro: que produzca más asociaciones, más movimiento, más
articulación. La interpretación correcta va en la dirección de la potencia articulatoria.
Del mismo modo, el corte vale en la medida en que destraba una fijación y
permite que el sujeto deje de girar sobre las mismas operaciones.
A partir de allí la discusión se desplazó hacia el estatuto
de lo real. Lo real no fue concebido como una sustancia ni como algo oculto
detrás del lenguaje. Fue situado como la articulabilidad misma que hace posible
la existencia del lenguaje. El trauma, desde esta perspectiva, no sería una
entidad autónoma sino el efecto de un desfase necesario entre posiciones
constituidas y movilidad constituyente.
La analogía con la tectónica de placas reapareció entonces
bajo una nueva luz. El terremoto no crea el movimiento; lo hace visible. Del
mismo modo, el trauma testimonia un ajuste que ya estaba en curso. El desfase
es necesario en sentido lógico: no puede no ser. Lo contingente es la forma en
que ese desfase se manifiesta.
Esto permitió retomar la relación entre necesidad y
contingencia. La contingencia tiene siempre como fondo una necesidad. La
potencia articulatoria no permanece en reserva esperando una ocasión para
actuar. Está siempre en acto. Lo que cambia son las modalidades mediante las
cuales se expresa.
La cuestión de la defensa surgió entonces de manera central.
Si la intrusión es permanente, la defensa no puede ser concebida como algo
accidental o secundario. Forma parte de la constitución misma del sujeto. El
nudo puede pensarse como una defensa. En consecuencia, el análisis no busca
abolirla sino modificar su relación con aquello que la excede.
La formulación que terminó imponiéndose fue la de una
defensa capaz de contar con la intrusión. No una defensa inexpugnable ni
cerrada sobre sí misma, sino una defensa que sepa abrirse. La potencia
articulatoria fue comparada incluso con la entropía: no algo que deba ser amado
ni eliminado, sino algo con lo que necesariamente hay que contar.
De allí surgió una de las imágenes más fecundas de la
conversación. Los edificios antisísmicos no son aquellos que permanecen
inmóviles, sino aquellos que pueden moverse sin derrumbarse. El problema no es
evitar el movimiento sino construir una estructura capaz de alojarlo.
A partir de esa analogía se propuso que el trabajo analítico
consiste, en cierta medida, en fabricar nudos antisísmicos.
Trauma, fijación y flexibilización
La discusión regresó entonces a la cuestión del trauma. Se
planteó si una valoración positiva de la potencia articulatoria no implicaba,
indirectamente, una valoración positiva del trauma.
La respuesta fue negativa. No se trataba de elogiar el
trauma sino de reconocer la potencia articulatoria que lo hace posible. El
trauma aparece cuando un arreglo pretende sostenerse como definitivo frente a
una movilidad que nunca cesa. Lo traumatógeno no sería la movilidad misma, sino
la insistencia del sujeto en permanecer idéntico a sí mismo.
La idea fue llevada hasta una formulación extrema: aquello
que más favorece el trauma es la identidad del sujeto consigo mismo. Cuanto más
rígida es una posición, más devastador puede resultar el encuentro con lo que
la excede.
Por eso la orientación analítica fue caracterizada como una
política de flexibilización del nudo. No se trata de promover
desencadenamientos ni de celebrar la ruptura, sino de disminuir los efectos
catastróficos de las fijaciones.
Esta cuestión condujo a una revisión del estatuto del
Nombre-del-Padre. Si tradicionalmente había sido pensado como principio de
estabilización, aquí apareció más bien como una modalidad de fijación entre
otras. El análisis no busca destruir esas fijaciones, pero sí pluralizarlas,
relativizarlas y abrirlas.
La conversación señaló además que este problema atraviesa
tanto la neurosis como la psicosis. En ambos casos la catástrofe está ligada al
cierre. La nominación tiende a cerrarse sobre sí misma, y justamente allí se
encuentra una de las fuentes principales de rigidez.
Dos identificaciones
En la última parte de la discusión apareció una distinción
que resultó decisiva.
Por un lado está la identificación freudiana: la fijación en
un rasgo, un ideal o una definición de sí mismo. Es la identificación del “yo
soy esto”. Su efecto principal es producir orientación mediante cierre.
Por otro lado está la identificación topológica, que
pertenece a la estructura misma del campo. No fija una identidad sino que
introduce una paradoja constitutiva. Es la lógica según la cual algo puede
encontrarse simultáneamente consigo mismo y con su contrario.
La conversación insistió varias veces en la necesidad de no
confundir ambos niveles. Aunque compartan el mismo nombre, se trata de
operaciones distintas.
A partir de esta distinción surgió una pregunta por la
nominación al final de un análisis. ¿No sería una nominación que cierra y abre
al mismo tiempo?
La respuesta desarrolló precisamente esa idea. Una
nominación analítica no funciona como una identificación fuerte. No equivale a
decir “yo soy esto”. Más bien nombra una operación. Se trata del nombre de una
manera singular de hacer con aquello que nunca termina de suturarse.
Por eso la nominación de final de análisis conserva una
apertura interna. Identifica algo, pero identifica una paradoja, una
imposibilidad, una recurrencia. No clausura el campo.
Desde allí la conversación volvió sobre Joyce. La nominación
“el artista” no fue leída como un rasgo narcisista ni como una identidad para
exhibir. Su valor reside en haber permitido una operación sostenida en el
tiempo, una práctica capaz de producir lazos, escritura y elaboración.
La discusión concluyó distinguiendo dos formas de
nominación. Una congela el nudo y lo vuelve rígido. La otra permite reconocer
aquello que insiste sin clausurarlo.
El análisis produce algo de este segundo tipo. Nombra
aquello que retorna, aquello que organiza las repeticiones y los puntos de
ruptura, pero lo hace de tal manera que el nombre no cierre la operación que
designa.
La imagen final retomó la metáfora que había atravesado toda
la conversación. El objetivo no es fabricar sujetos inmunes a los terremotos.
El objetivo es construir nudos capaces de soportar el movimiento.
En ese sentido, la mejor definición que surgió durante el
intercambio fue también la más simple:
el trabajo analítico consiste en hacer nudos antisísmicos.