Introducción
Vamos a continuar hoy con el seminario. Entramos ya en la
segunda operación del decir, aquella que en el archivo he denominado epiousios. El aforismo les debió haber llegado el lunes, y quisiera
comenzar precisamente por esa palabra.
Las palabras que hemos venido trabajando tienen una
característica común: son lo que he llamado palabras-piedra. Son palabras que
poseen una dificultad intrínseca de traducción. Pero esa dificultad no siempre
es la misma. Por eso resulta necesario un trabajo filológico que permita
entender cuál es la especificidad de cada caso. Mi hipótesis es que esa
dificultad no es accidental: es performativa de la operación del decir que la
palabra misma enuncia.
No se trata simplemente de significantes. Tienen algo del
estatuto de letra: algo que queda escrito como una piedra, como una cosa, sin
terminar de articularse con el resto de los significantes.
La semana pasada trabajamos guenithito.
Hoy nos ocuparemos de epiousios. Ambas forman parte de una colección que
fui reuniendo durante años sin saber muy bien que constituían una serie. Freud
coleccionaba chistes; tenía cuadernos llenos de ellos mucho antes de escribir El
chiste y su relación con el inconsciente. Yo podría decir que he
coleccionado palabras de este tipo: palabras que no terminan de dejarse
traducir. El Archivo del ser hablante surgió, en
buena medida, de esa acumulación.
La propuesta de hoy es hacer con epiousios un trabajo
semejante al de la sesión anterior: un poco de filología, un poco de historia
de las ideas y, en este caso, también algo de geometría y topología. Todo ello
con la intención de acercarnos a una pregunta clínica: ¿qué es la
interpretación?
En el archivo, epiousios designa la operación del
decir llamada interpretación. Es la operación sobre la cual se sostiene la
función del analista. Podemos formularla como la operación del decir que hace
habitable la inexistencia del metalenguaje. Si no existe metalenguaje, lo que
encontramos es interpretación. La cuestión es entonces cómo pensar esa
interpretación entre nosotros.
El equívoco de una palabra
Epiousios aparece únicamente en el Padre Nuestro, en
las versiones de Mateo y Lucas. El Padre Nuestro posee una estructura sencilla:
una invocación y siete peticiones. Su originalidad consiste, entre otras cosas,
en la manera de nombrar a Dios como Padre, inaugurando una orientación cuyas
consecuencias atraviesan toda nuestra cultura y, por supuesto, también el
psicoanálisis.
La palabra aparece en una de las peticiones: «danos hoy
nuestro pan epiousios».
Desde el punto de vista filológico estamos ante un caso
extraordinario. Es casi un hápax. Los filólogos llaman hápax legómenon a
una palabra que aparece una sola vez en una obra o incluso en una lengua. La
propia palabra hápax significa «una vez». Introduce, por tanto, la
cuestión del uno en su misma constitución.
Lacan tenía una afinidad particular por este tipo de
términos. Mientras la investigación conceptual suele buscar aquello que se
repite, Lacan prestaba atención a aquello que aparece una sola vez y desaparece
en medio del océano de palabras de una obra. El célebre me pantes que
toma de Aristóteles para formular el no-todo funciona de una manera semejante.
Epiousios es prácticamente un hápax porque aparece
únicamente en Lucas y Mateo, y además en el mismo contexto. No existen usos
anteriores que permitan estabilizar su significado. No aparece en el griego
clásico ni en la Biblia de los Setenta. Todo indica que fue acuñada
específicamente para esta oración o que conserva una tradición oral muy
particular que terminó fijándose por escrito cuando los evangelios fueron
redactados en griego.
Aquí aparece el problema central. La palabra admite dos
traducciones igualmente plausibles.
Puede significar el pan cotidiano, el pan necesario para el
día que viene. Pero también puede significar el pan suprasustancial. La palabra
contiene ousía, sustancia, y puede ser escuchada en esa dirección.
La dificultad no es entonces morfológica, como ocurría con guenithito.
La dificultad consiste en que la palabra misma dice dos cosas a la vez. Y esas
dos cosas pertenecen a registros diferentes.
La traducción litúrgica optó por «pan de cada día».
Jerónimo, en cambio, tradujo en la Vulgata como «pan suprasustancial». Ambas
posibilidades permanecen abiertas.
Aquí encontramos un tipo de equívoco que resulta
especialmente interesante para el psicoanálisis. En el Seminario 23, Lacan
afirma que el equívoco es lo único que tenemos contra el sinthome. El equívoco
constituye el núcleo mismo de la interpretación.
Si la palabra hubiera circulado ampliamente, su sentido
habría terminado estabilizándose. Pero precisamente porque no posee historia
semántica suficiente, conserva su ambigüedad constitutiva. No se resuelve.
Opera.
La interpretación analítica aspira a algo semejante. No a
una aclaración definitiva, sino a un equívoco que toca el cuerpo.
Epiousios y los regímenes del tiempo
La historia de las ideas permite avanzar un poco más.
Dentro del Sermón de la Montaña, todo parece indicar que epiousios
significa simplemente cotidiano. El contexto inmediato habla de los lirios del
campo, de los pájaros del cielo y de la inutilidad de acumular tesoros. El
sentido general apunta hacia la confianza en lo necesario para el día
siguiente.
Sin embargo, la situación cambia retrospectivamente con la
institución de la Eucaristía. A partir de allí, el pan del Padre Nuestro
adquiere una densidad distinta. Ya no es únicamente el pan cotidiano. Se
convierte también en el pan suprasustancial.
Para pensar esta doble dimensión resulta útil una distinción
medieval acerca de la temporalidad.
Podemos considerar tres coordenadas: existencia, sucesión y
duración.
El primer nivel es el tempus, el tiempo cronológico.
Allí encontramos existencia, sucesión y duración. Es el tiempo del reloj, el
tiempo de la entropía, el tiempo del desgaste. Vivimos en él porque somos
cuerpos sometidos al deterioro. Comemos porque producimos entropía. El pan cotidiano
pertenece a este registro.
Si eliminamos la duración y conservamos únicamente
existencia y sucesión, obtenemos el aevum. Es el tiempo que la tradición
medieval atribuye a los ángeles y a las almas bienaventuradas. Hay sucesión,
pero no duración medible.
Este nivel posee una sorprendente afinidad con el tiempo
lógico de Lacan. El instante de la mirada, el tiempo para comprender y el
momento de concluir se suceden, pero no pueden medirse cronológicamente.
También recuerda la observación freudiana según la cual el inconsciente no
conoce el tiempo. Los acontecimientos se suceden, pero no envejecen.
Si eliminamos también la sucesión, queda únicamente la
existencia. Entramos entonces en la aeternitas, la eternidad propiamente
dicha.
No hay antes ni después. No hay duración. No hay intervalo.
Solo puede pensarse como un instante puro.
En el pensamiento medieval, esta es la temporalidad propia
de Dios. Un único instante de satisfacción absoluta. Hay que distinguirla de la
eternidad del infierno, que implica duración infinita y que justamente por ello
pertenece a otra lógica.
Es hacia este instante de puro goce hacia donde apunta epiousios
en su acepción de suprasustancial. Algo que excede la sustancia y que se
aproxima a un uno de goce fuera del tiempo.
Tanto el síntoma como la interpretación se sitúan entonces
en el aevum, funcionando como mediadores entre dos órdenes radicalmente
distintos: por una parte, el instante de puro goce que no cambia ni transcurre;
por otra, el tiempo cotidiano del desgaste.
El acontecimiento de cuerpo existe precisamente en ese
entre.
La propuesta es pensar la interpretación como una operación
del decir cuya función consiste en comunicar esos dos órdenes temporales
heterogéneos. El síntoma, entendido como acontecimiento de cuerpo, participa
simultáneamente de ambos.
La banda de Möbius y la función del analista
Por esta razón propongo formalizar la operación
interpretación mediante la banda de Möbius.
La banda de Möbius permite pensar una continuidad entre dos
registros aparentemente separados. El instante de goce suprasustancial y el
desgaste cotidiano del tiempo cronológico entran en continuidad gracias a una
torsión. Lo que parecían dos superficies se revelan como una sola superficie no
orientable.
El síntoma freudiano puede entenderse entonces como la
interpretación espontánea que el hablante produce acerca de su propio goce.
La interpretación analítica, en cambio, es el síntoma que el
analista encarna cuando introduce un límite al sentido que el sujeto construye
sobre ese goce.
Toda la maniobra clínica consiste en operar sobre esa
torsión. Entre el sentido que circula en el tiempo cronológico y el goce que
permanece fuera del tiempo, síntoma e interpretación funcionan como dos caras
de una misma operación.
Esto introduce directamente la cuestión de la transferencia.
¿Qué es lo que se transfiere?
La propuesta es que lo que se transfiere es la propia
operación interpretación. Aquello que permite que un goce irrepresentable
encuentre una inscripción en el mundo de las representaciones.
El analista inaugura para el hablante ese espacio temporal
intermedio que hemos llamado aevum. Allí puede tramitarse la
representación sintomática de aquello que, en sí mismo, resulta imposible de
representar.
En este punto conviene distinguir neurosis y psicosis.
Cuando la interpretación está encarnada por la transferencia
en la figura del analista, nos encontramos en el campo de la neurosis. En la
psicosis, en cambio, la posición del analista es diferente. Allí no encarna la
función interpretación de la misma manera. Opera más bien como lector y
sancionador de una interpretación que ya está funcionando en el discurso del
sujeto.
Esto permite pensar también el final del análisis.
Cuando cae el sujeto supuesto saber, lo que colapsa es la
función interpretación sostenida por la transferencia. El hablante deja de
apoyarse en la palabra del analista para asumir por sí mismo la responsabilidad
de esa operación.
El fin del análisis puede formularse entonces como el
momento en que el sujeto toma para sí la función interpretación. Ya no espera
que otro interprete por él. Se deja orientar por las irrupciones de su propio
goce, por aquello que existe fuera del tiempo y que, sin embargo, continúa
escandiendo su manera de habitar el mundo.
En ese sentido, la operación epiousios designa precisamente
la capacidad de dejarse interpretar por el acontecimiento de cuerpo que
atraviesa la existencia.
Discusión
La conversación se abrió a partir de una pregunta sobre la
formulación según la cual el analista inaugura para el hablante el aevum,
ese tiempo intermedio donde puede tramitarse la relación entre el
acontecimiento de cuerpo y las representaciones. La inquietud consistía en
saber si esa función podía pensarse como una especie de principio organizador,
capaz de producir una forma de estabilización frente al sufrimiento.
La respuesta obligó a volver sobre el problema de las
inexistencias. Si la interpretación responde a la inexistencia del
metalenguaje, entonces no puede funcionar como principio. La inexistencia del
metalenguaje implica precisamente que no hay una instancia última capaz de
unificar el sentido o explicar definitivamente lo que le ocurre a alguien. El
sujeto supuesto saber constituye una tentativa de introducir algo semejante, y
la transferencia hace posible esa operación, pero lo hace sobre el fondo de una
imposibilidad estructural.
La función del analista consiste más bien en abrir un
espacio donde pueda producirse un tránsito entre el goce y las
representaciones. El analizante tiende a organizar sentido, a producir
articulaciones que permitan comprender. La interpretación opera en dirección
contraria: disloca, acorta, introduce una torsión en esa producción de sentido.
Su función no es unificar sino responder a una inexistencia.
A partir de allí apareció otra cuestión. Si el síntoma puede
entenderse como una interpretación espontánea que el hablante realiza sobre su
propio goce, ¿qué diferencia existiría entre esa interpretación y la
interpretación analítica?
La discusión condujo a una formulación temporal. El síntoma
parece organizar una repetición. Constituye una manera relativamente estable de
tramitar algo que insiste. La interpretación analítica, en cambio, introduce
tiempo allí donde el goce permanece fuera del tiempo. Introduce desgaste donde
no lo hay. En cierto sentido, incorpora la dimensión de la duración a aquello
que se presenta como un punto fijo.
Esto permitió reformular la oposición propuesta durante la
exposición. Por una parte, existe un real asociado al tiempo cronológico, al
desgaste, a la entropía. Por otra, un real que se resiste al tiempo y que se
manifiesta como una especie de objeción permanente al desgaste. El hablante no
se limita a obedecer la lógica de la necesidad. Siempre aparece algo que excede
lo necesario: una insistencia singular, una preferencia, una elección, un modo
particular de satisfacción.
La conversación enlazó este punto con la cuestión del acto.
Aquello que distingue al hablante no sería simplemente una capacidad de
adaptación al medio, sino la posibilidad de sostener una relación singular con
su goce. Allí donde la necesidad parece suficiente, aparece algo más. El
conflicto entre lo cotidiano y lo suprasustancial se convirtió entonces en una
manera de nombrar el campo mismo donde opera el psicoanálisis.
La pregunta por la relación entre esta formulación y la
tradición religiosa llevó a precisar una diferencia importante. Si bien la
posición del analista puede recordar en algunos aspectos la figura del mediador
o del profeta, la analogía tiene límites estrictos. El analista no posee una
palabra última que revele un sentido oculto. La palabra decisiva, aquella que
falta, pertenece al propio sujeto y permanece inaccesible. El analista funciona
más bien como soporte provisional de una operación que va del sujeto hacia sí
mismo.
Esta aclaración permitió insistir sobre el estatuto de la aeternitas.
No se trata de una eternidad concebida como duración infinita, sino de una
temporalidad sin sucesión ni duración, aproximable únicamente mediante la
imagen paradójica de un instante de goce que no cesa.
Otra línea de trabajo se abrió alrededor de la relación
entre síntoma e interpretación. Surgió una pregunta acerca de si el analista
encarnaría de alguna manera el sinthome. La respuesta desplazó la cuestión
hacia el síntoma entendido en el sentido clásico: aquello que se interpone, que
estorba, que impide que las cosas funcionen de manera armónica.
Lejos de cualquier idealización, se insistió en que el
síntoma es una experiencia profundamente incómoda. Nadie desea verdaderamente
su síntoma. Precisamente por eso tiene eficacia. Localiza algo del goce y lo
obliga a tomar forma en algún lugar de la existencia: en el cuerpo, en los
pensamientos, en el trabajo, en los vínculos o en el amor. Allí donde produce
molestia es donde revela mejor su función.
Desde esta perspectiva, el analista ofrece una mediación
entre un goce que no se deja domesticar y las formas representacionales que el
sujeto ha construido para convivir con él. La transferencia constituye el
espacio donde esa mediación puede desplegarse, aunque nunca de manera
indefinida.
La conversación se desplazó entonces hacia la cuestión del
fin del análisis. A partir de una comparación con el sofisma de los
prisioneros, surgió la idea de que el análisis parece instituir una estructura
destinada a destituirse a sí misma. Si la transferencia instala una figura del
Otro, ¿qué impulsa a abandonar esa posición? ¿Qué evita que alguien permanezca
indefinidamente en ella?
La respuesta distinguió entre dos sentidos de la palabra
fin. El análisis tiene un fin como orientación y también un fin como término.
La doctrina lacaniana sostiene que existe una dirección lógica del análisis,
aunque ello no implique que todos los recorridos concluyan de la misma manera.
La orientación apunta hacia una nominación, un modo de funcionamiento o un uso
singular del acontecimiento de cuerpo. Que ello conduzca efectivamente a una
separación respecto del analista depende de cada caso.
La discusión volvió entonces sobre la interpretación misma.
Una pregunta planteó si la diferencia entre interpretaciones semánticas, cortes
o intervenciones más o menos extensas conservaba todavía su pertinencia si se
toma en serio la idea de una interpretación modelada sobre el acontecimiento de
cuerpo.
La respuesta consistió en desplazar la atención desde las
formas hacia la política de la interpretación. No existe una medida adecuada ni
una duración privilegiada. Lo decisivo es la orientación. La interpretación
apunta a descoyuntar el sentido y a devolver el material significante a su
condición de materia de goce. Desde esta perspectiva, la oposición entre
interpretación y corte pierde parte de su relevancia. Una palabra, un silencio
o una intervención extensa pueden cumplir la misma función si producen un
efecto de desarticulación.
La imagen propuesta fue la de ciertos acontecimientos que
irrumpen en una vida produciendo una discontinuidad radical. El resultado
inesperado de una biopsia funcionó como ejemplo. El acontecimiento de cuerpo
aparece como una novedad que no debía estar allí. El síntoma intenta organizar
posteriormente una forma relativamente estable de convivencia con esa
irrupción.
Esto condujo a una discusión sobre el dispositivo analítico.
La tendencia a distinguir entre el analista y el dispositivo fue cuestionada.
La propuesta consistió en sostener que el dispositivo no existe por fuera del
acto del analista. Es el analista quien sostiene las condiciones de la
experiencia, quien decide, espera, interpreta, cobra o no cobra. Lo que opera
no es una estructura abstracta sino aquello que alguien pudo hacer con su
propio análisis y con su propio síntoma.
Desde esta perspectiva, la interpretación fue definida
nuevamente como una sola función: el acontecimiento de cuerpo. El analista no
produce ese acontecimiento, pero ocupa una posición que permite que sus efectos
puedan tramitarse sin adquirir formas devastadoras.
La última parte de la conversación retomó la relación entre
interpretación y acto a partir de una pregunta sobre guenithito. ¿Puede
haber interpretación sin ese consentimiento inicial al decir?
La respuesta consistió en recordar que las operaciones del
decir constituyen un esquema y no una secuencia rígida. El guenithito
del comienzo y el del final no son idénticos. Al inicio es el analista quien
sostiene el acto de consentimiento: quien dice, en términos prácticos, “que
acontezca tu decir”. La regla fundamental formaliza precisamente esa
invitación.
La transferencia se reconoce por los efectos que produce. Un
sueño, una asociación inesperada o una modificación en el discurso indican que
algo de la interpretación ha comenzado a operar. Solo más tarde podrá
producirse una apropiación subjetiva de esa función.
La discusión concluyó con una reflexión sobre la
responsabilidad del analista. Aunque existan múltiples razones conscientes para
consultar, la estructura de la experiencia no se deduce de esas razones. Lo
decisivo es el acto mediante el cual el analista sostiene el dispositivo y
autoriza la emergencia del decir.
La dificultad de esa posición radica en que el acto resulta
profundamente contraintuitivo, especialmente para la neurosis. Sin embargo, es
a través de esa responsabilidad asumida que el análisis puede conducir al
momento en que el propio sujeto llegue a decir, respecto de su enunciación y de
su acontecimiento de cuerpo: que acontezca.