Introducción
Vamos a hablar de una operación del decir que denominé makarioi. También
está sostenida sobre una palabra con dificultades de traducción y
desplazamientos semánticos. Como han visto en las sesiones anteriores, las
palabras que utilizamos no siempre pertenecen a la misma categoría conceptual.
Estamos trabajando ya la cuarta operación del decir, después de la sesión
introductoria del seminario.
Hasta ahora hemos ido estableciendo las bases de una
articulación. Entiendo que el recorrido puede parecer árido, pero comenzamos a
llegar a un punto en el que las operaciones dejan de presentarse como una
simple suma de elementos. No se trata de agregar una unidad tras otra, sino de
comenzar a percibir las relaciones que se establecen entre ellas. Mi impresión
es que, hacia el final del seminario, estas articulaciones nos permitirán
realizar algunas extrapolaciones propiamente clínicas.
He procurado que en cada sesión aparezca al menos una
indicación de que no estamos trabajando sobre abstracciones desligadas de la
práctica, sino sobre algo que ocurre todos los días en la experiencia
analítica. Esa es precisamente la estructura metodológica que se ha ido
estabilizando en el seminario: filología, historia de las ideas, geometría o
topología y, finalmente, práctica.
Hasta ahora hemos trabajado cuatro inexistencias y distintas
operaciones del decir. Todavía nos quedan tres operaciones más, pero ya no se
tratará de nuevas unidades aisladas, sino de articulaciones entre las que hemos
venido construyendo.
La operación que nos ocupa hoy está designada por una
palabra presente en los Evangelios: makarioi. Habitualmente se traduce
como “bienaventurados”: bienaventurados los pobres, los que tienen hambre, los
que lloran. El singular es makarios. Ya en el aforismo que les envié
aparece una pista sobre el desplazamiento que experimenta esta palabra cuando
pasa al latín y posteriormente al español. Estamos acostumbrados a entenderla
como “felices” o “bienaventurados”. Lo que nos interesa es precisamente aquello
que no pudo traducirse y que, sin embargo, continúa operando.
Makarioi es la operación del decir que hace
habitable, para cualquier hablante —sea cual sea su posición sexuada—, la
inexistencia de la mujer, entendida aquí provisionalmente como inexistencia de
un principio organizador del cuerpo.
Partimos de una serie de inexistencias, cada una definida
operativamente. La inexistencia de la mujer se refiere a la inexistencia de un
principio capaz de organizar el cuerpo propio, que es el único cuerpo que
existe efectivamente para un hablante. Los demás cuerpos aparecen siempre como
representantes, extensiones o figuras. Más aún: el propio cuerpo es también
otro para sí mismo.
Las mujeres representan discursivamente esta inexistencia.
Por eso no es indiferente ocupar una posición masculina o femenina desde el
punto de vista de la sexuación lógica.
Hasta ahora hemos contado hasta dos. Por un lado, la
bolsa y su vacío, que corresponden a la interpretación y que hemos designado
mediante epiousios. Por otro, el signo que le conviene a esa bolsa y su
vacío, la operación de nominación que hemos denominado keharitomene.
Durante algún tiempo pensé que la articulación entre ambas
operaciones podía llamarse amor. Sin embargo, preparando esta sesión advertí
que esa formulación era inexacta. Lo que articula el uno de la nominación con
el uno del vacío no es el amor, sino la praxis.
No hay otra forma posible de articularlos. El principio de
arbitrariedad del signo hace imposible que keharitomene, aunque convenga
a epiousios, pueda nombrarlo sustancialmente. Entre ambos queda
únicamente la posibilidad de una práctica.
Makarioi y la extracción
La palabra makarioi aparece en el Sermón de la
Montaña, el programa ético fundamental del cristianismo.
Condensa simultáneamente tres rasgos que ninguna traducción
logra conservar a la vez. No es un sustantivo, sino una predicación. No designa
un afecto, sino un régimen de existencia. Y se predica de alguien.
Su sentido originario no remite a la felicidad, sino a una
condición de extracción. Designa a quienes están sustraídos del circuito de la
fatiga, la vulnerabilidad y la necesidad que caracterizan la vida mortal. En el
mundo griego, ese estado correspondía a los dioses y a ciertos muertos
excepcionales: héroes, iniciados o vidas particularmente logradas.
No era una condición accesible para cualquiera. Se trataba
precisamente de una excepción respecto del destino común de los mortales.
Cuando la palabra aparece en los Evangelios sucede algo
completamente distinto. Makarioi pasa a predicarse de aquellos que,
desde el punto de vista griego, nunca podrían haber sido considerados
excepcionales: los hambrientos, los pobres, los que lloran, los perseguidos.
La transformación es radical. Ya no se trata de una
condición alcanzada después de la muerte ni de una recompensa futura. La
predicación se produce en el presente mismo de la falta. Bienaventurados los
que tienen hambre. Bienaventurados los que lloran.
No porque dejarán de tener hambre o de llorar, sino mientras
tienen hambre y mientras lloran.
La intraducibilidad de makarios no consiste
simplemente en que no significa exactamente “feliz”. Consiste en que rompe el
campo semántico en el que la palabra tenía sentido. Deja de funcionar como
operador de estabilización de una diferencia entre excepcionales y no
excepcionales.
Lo que aparece entonces es una idea difícil de soportar:
aquellos que ocupan las posiciones más marginales ya están extraídos de la
circulación que los define como marginales.
La posición del desecho
Desde la historia de las ideas, makarios introduce
una consecuencia importante: quien ya no tiene nada que perder no puede ser
amenazado.
Quien ya está fuera de la circulación no puede ser expulsado
de ella. Quien ya ocupa la posición de desecho no puede ser amenazado con
convertirse en desecho.
Para que esto pudiera afirmarse hacía falta un acto de
legislación. El Hijo del Hombre declara makarioi precisamente a quienes
no cuentan en el orden simbólico vigente.
En el mundo antiguo cada uno es aquello que puede decirse de
él. Es su genealogía, su cargo, sus atributos. Cuando nada puede decirse de
alguien, ese alguien prácticamente no existe para el discurso.
La declaración evangélica subvierte este principio. Los makarioi
son precisamente aquellos de quienes no puede decirse nada relevante: mujeres,
niños, viudas, huérfanos, pastores, pobres. Aquellos cuya palabra ni siquiera
tenía valor jurídico.
La declaración produce una inversión singular. Por un lado
legisla una realidad nueva; por otro, reconoce una condición que ya estaba
operando. Señala que los ideales sociales ocultaban algo que ya existía: una
posición irreductible a la circulación de los semblantes.
Esta lógica reaparece de manera sorprendente en Freud cuando
aborda la salida femenina del complejo de Edipo. Si la entrada en la cultura
depende de la amenaza de castración, ¿cómo entra en ella alguien a quien no
puede amenazarse con perder aquello que ya no tiene?
Freud no resuelve el problema mediante una simetría entre
niños y niñas. Mantiene abierto el enigma para mostrar que la diferencia
anatómica, entendida ya como diferencia lógica y significante, desempeña un
papel decisivo.
La anatomía misma está atravesada por el significante. El
cuerpo ya comparece marcado por el corte.
Por eso el falo fracasa como principio organizador del
cuerpo precisamente allí donde se lo convoca a cumplir esa función. La cuestión
fundamental de la castración materna consiste en que el falo no está donde
debería estar: La madre es una mujer.
Esta perspectiva permite acercarnos a una figura que Lacan
trabaja en “Televisión”: la figura del santo.
El santo, en sentido lacaniano, no es una figura moral.
Hereda del término hebreo la idea de lo apartado, lo separado, lo sustraído al
uso común.
Por eso Lacan puede establecer una equivalencia provocadora
entre el santo y el analista. Ambos ocupan una posición que no resulta
completamente absorbible por la circulación del capital, de los bienes o de los
reconocimientos.
El santo produce una risa particular. Introduce un punto de
no absorción. Está incómodo en su propia posición. Incluso podría decirse que
su afecto característico es el mal humor, del que Lacan hace signo de lo real.
El analista comparte esta estructura. También cae como
desecho de una operación. También queda extraído de los significantes que
sostenían su existencia.
En este sentido, el santo lacaniano y el makarioi
evangélico obedecen a una misma lógica.
La praxis y la estructura del toro
La corrección que hoy introduzco respecto del aforismo es
precisamente esta: makarioi, en tanto operación del decir, no designa un
estado sino una praxis.
Puede estabilizarse en rituales, pero no se reduce a ellos.
De hecho, existe una afinidad evidente entre la neurosis obsesiva y esta
dimensión ritualizada de la praxis. Freud observó esta proximidad cuando
afirmaba que la religión podía entenderse como una neurosis obsesiva colectiva
y la neurosis obsesiva como una religión privada.
Sin embargo, la praxis no consiste en resolver una tensión.
Consiste en sostener su no clausura.
Toda praxis implica sostener un no colapso dentro de un
campo.
La figura topológica que mejor permite pensar esta operación es el toro.
La noción de extimidad desarrollada por Lacan encuentra allí
su representación más adecuada. El toro posee un centro que es un agujero y
que, al mismo tiempo, forma parte de su exterior.
Puede describirse mediante dos recorridos circulares
irreductibles entre sí. Ambos pertenecen a una misma superficie, pero ninguno
puede reducirse al otro ni convertirse en él.
A diferencia de la esfera, donde todo recorrido puede
contraerse hasta un punto, el toro contiene recorridos que conservan una
irreductibilidad estructural.
Esta propiedad permite aislar un rasgo fundamental. La
estructura no puede cerrarse en una unidad a partir de uno solo de sus
registros. Si hay conjunto, es precisamente porque no puede hacerse Uno.
Eso mismo ocurre entre interpretación y nominación.
La praxis no es una síntesis ni una superación dialéctica.
Es el sostenimiento de una relación irreductible. No existe síntesis entre
cuerpo y nominación, entre interpretación y nombre. Existe únicamente una
relación que debe mantenerse sin colapsar.
La función de makarioi consiste precisamente en
sostener esa coexistencia.
Praxis y funcionamiento del goce
Es en este punto donde la cuestión se vuelve directamente
clínica.
Siguiendo la lectura lacaniana de Marx, podemos aproximarnos
a una equivalencia entre praxis y funcionamiento del goce.
La imagen del proletario que se dirige diariamente a la
fábrica permite captar algo de esta estructura. Allí se produce simultáneamente
una extracción de goce y una compensación bajo la forma del salario. La
plusvalía constituye precisamente el modelo de esta operación.
Desde esta perspectiva, así como la angustia puede
entenderse como una forma de acontecimiento de cuerpo y el Nombre-del-Padre
como una forma de nominación, el fantasma constituye una forma privilegiada de
funcionamiento del goce.
Su función consiste en mantener una relación estable entre
sujeto y objeto sin que ninguno de los dos colapse sobre el otro.
El fantasma aprovecha precisamente la propiedad tórica de la
doble irreductibilidad para sostener una escena donde es posible extraer goce
sin que el cuerpo se derrumbe.
Lo mismo ocurre con el síntoma cuando convoca la mirada o la
escucha del Otro. También allí se establece una escena. La histeria lo muestra
mediante su teatralidad característica. La neurosis obsesiva mediante sus
rituales. La fobia mediante complejas distribuciones espaciales.
El caso Juanito es especialmente ilustrativo. Freud lo
redacta como una verdadera cartografía: recorridos, trayectos, localizaciones,
zonas permitidas y zonas prohibidas. Todo ello constituye una escenografía
destinada a mantener el objeto en un lugar donde no haga colapsar el conjunto.
Incluso el delirio opera de esta manera. Organiza
personajes, escenarios, conflictos y desenlaces. Construye un mundo.
Makarioi es precisamente la operación del decir que permite
esa organización.
La práctica analítica misma depende de ella. Consiste en
dejarse ubicar en la posición de Otro para alguien y funcionar simultáneamente
como límite exterior.
La experiencia muestra que interpretación y nominación no
bastan por sí solas. Hay momentos en que la asociación libre desemboca en un
acting out, en que la escena debe instalarse en la realidad o en que el
recorrido conduce hasta el borde del pasaje al acto.
Todo ello forma parte del mismo problema.
Makarioi es la operación del decir que preserva una
distinción entre interior y exterior sin volverla nunca completamente nítida.
Mantiene esa diferencia lo suficiente para conferir una consistencia precaria a
lo que llamamos realidad.
La realidad no es aquí más que un efecto topológico
sostenido por la coexistencia de dos recorridos irreductibles.
Lo poco de realidad que alcanzamos a sostener se lo debemos,
precisamente, a esta operación que hace habitable la inexistencia de la mujer.
Discusión
La conversación se abrió a partir de una pregunta sobre un
pasaje de Televisión donde Lacan afirma que el santo “se queda seco,
para él ni pizca”. Si la posición del analista fue puesta en relación con la
del santo y con la figura del proletario en Marx, surgía entonces una
dificultad: si no se trata de un salario ni de una plusvalía, ¿qué obtiene el
analista al ocupar esa posición?
La respuesta llevó primero al propio texto de Lacan. Allí se
señala que el santo puede tener relevos como cualquier otro, puede gozar, pero
precisamente cuando goza deja de operar. La formulación remite al principio de
abstinencia: o se goza o se opera. No se trata de dos actividades compatibles.
Desde esa perspectiva, el santo no representa el goce sino
más bien su residuo. Lo decisivo no es lo que recibe, sino la posición que
ocupa respecto de aquello que circula como goce. Esto permitió retomar una
expresión particularmente llamativa de Lacan: la de “descaridar”.
La referencia a San Martín de Tours sirvió para ilustrar
esta lógica. Habitualmente se recuerda el episodio como un acto de caridad: el general
divide su capa y entrega una mitad a un mendigo. Sin embargo, leído desde la
perspectiva propuesta por Lacan, el gesto adquiere otro sentido. La capa no es
simplemente un bien material; es también el soporte del semblante del general
romano. Al dividirla, no entrega únicamente un objeto, sino que renuncia
parcialmente a aquello que sostenía su posición. El movimiento no consiste
tanto en ayudar al otro como en aproximarse a la condición de aquel que carece
de sostén. No es una identificación plena con el mendigo, pero sí una
destitución parcial del semblante que los separaba.
A partir de allí apareció una hipótesis: quizá lo que el
analista obtiene no sea un beneficio positivo, sino algo más cercano a una
experiencia momentánea de separación respecto de la cadena significante. Una
actualización, aunque sea fugaz, de aquello que en el pase se experimenta como
caída de los significantes amo.
La conversación derivó entonces hacia una posible proximidad
entre la función religiosa y la función analítica. Se propuso que tanto el
sacerdote como el analista parecen apoyarse en una reducción de la consistencia
imaginaria, en una posición que se aproxima al desecho o a la castración. No
porque ambas prácticas sean equivalentes, sino porque comparten cierta relación
con aquello que ya no tiene nada que perder.
La respuesta subrayó que se trata efectivamente de una zona
de convergencia, aunque situada entre experiencias muy diferentes. La figura
del santo ocupa allí un lugar privilegiado. Resulta llamativo que la Iglesia,
al institucionalizar la santidad, reintroduzca una lógica cercana a la
excepción griega. Nadie es declarado santo en vida; la santidad aparece
retrospectivamente, una vez concluida la existencia y después de verificadas
determinadas virtudes heroicas.
Sin embargo, el punto que interesaba no era tanto esa
elaboración institucional como la posición subjetiva que se deja entrever en la
idea de alguien para quien las amenazas habituales han perdido eficacia. “¿Qué
más me van a quitar?”, podría decir quien ya no se sostiene en los
significantes que organizaban su valor. Esa posición fue puesta en relación con
la función analítica: permitir que otro trabaje alrededor de ella sin que quien
la ocupa obtenga una ganancia directa de ese movimiento.
La discusión se desplazó luego hacia dos cuestiones
laterales que terminaron revelándose fecundas: la noción de “ganas” en Lacan y
la relación entre el santo y la risa.
Apareció entonces un pasaje donde Lacan afirma que cuantos
más santos haya, más nos reiremos, y que esa podría ser incluso una salida al
discurso capitalista. La observación dio lugar a una reflexión sobre el
carácter extraño de la santidad. No se trata de las grandes construcciones
teológicas ni de las elaboraciones doctrinales sobre el Otro goce, sino de
ciertas acciones desconcertantes que aparecen en la tradición de los santos:
actos que resultan difíciles de absorber dentro de una lógica utilitaria o de
intercambio.
La risa parecería provenir precisamente de ese punto de
extrañeza. El santo introduce algo que no puede integrarse completamente en la
circulación ordinaria de los bienes, de los reconocimientos o de las
equivalencias.
Esto permitió precisar una cuestión importante. La operación
trabajada en la sesión no consiste en identificarse con el desecho. Hubo
momentos en la historia del psicoanálisis en que algunas lecturas del final de
análisis condujeron a esa dificultad. La llamada “clochardización” era uno de
los riesgos de pensar el atravesamiento del fantasma como una identificación
definitiva con la posición de resto.
La elaboración posterior, especialmente a través de la
noción de sinthome, intentó resolver ese impasse. No se trata de convertirse en
desecho, sino de sostener una relación distinta con él. La praxis consiste más
bien en una separación que ya no necesita rechazar aquello que aparece como
resto.
Desde allí se retomó la figura topológica del toro. Una
intervención señaló la importancia del falso agujero y preguntó por su función
práctica.
La respuesta condujo a una reformulación sugestiva. Quizá
aquello que llamamos el Otro pueda pensarse precisamente como un efecto de esa
estructura: algo que aparece como una tercera consistencia cuando en realidad
surge de la relación entre dos recorridos irreductibles. El falso agujero
funcionaría entonces como una especie de efecto óptico.
En ese sentido, el neurótico se dirigiría a ese Otro para
formular su queja, mientras que el psicótico intentaría reconstruirlo. Pero la
cuestión de fondo sería otra: la imposibilidad de coincidir plenamente consigo
mismo. Cada hablante es otro para sí. No hay síntesis completa de la propia
experiencia.
La inexistencia de la mujer fue nuevamente evocada desde
esta perspectiva. Ya no como una cuestión de identidades o de diferencias
empíricas, sino como el nombre de una imposibilidad estructural de unificación.
Los hombres lógicos encuentran esa alteridad principalmente en el cuerpo del
partenaire; los mujeres lógicos deben arreglárselas con ella de manera más
inmediata en su propio cuerpo. Pero en ambos casos se trata del mismo problema.
Hacia el final, la conversación comenzó a orientarse hacia
el próximo tramo del seminario. Se sugirió que las operaciones trabajadas hasta
ahora constituyen una preparación para una cuestión diferente: la del nudo.
Si el toro había permitido pensar una coexistencia
irreductible, lo que sigue es el problema de una articulación que no se
sostiene por sí misma. Un nudo que, por razones estructurales, no termina de
aguantar. La elaboración futura girará alrededor de ese drama propio del nudo y
de las operaciones que intentan sostenerlo.