Libros y textos de una investigación en curso en psicoanálisis

La dificultad de contar hasta cuatro

 

Comentario de la primera parte del Seminario El Sinthome de Jacques Lacan, el espíritu de los nudos. En el marco del Seminario de la NEL Bogotá “Piezas sueltas” de Clara Holguín.

Gracias, Clara. Te agradezco muchísimo la invitación. Tomé, según la indicación que me diste, la parte llamada: El espíritu de los nudos. Como van a ver, hay referencias a los tres capítulos, pero son textos muy densos y decidí hacer mi propia haeresis a partir de un elemento del primer capítulo que, para mí, es metodológicamente decisivo: comenzar por el principio.

¿Por qué es tan difícil contar hasta cuatro?

La pregunta aparece también hacia el final del tercer capítulo, cuando Lacan muestra una cierta exasperación y, al mismo tiempo, una evidente alegría al lograr borromeizar nudos de cuatro o más. Hay allí algo llamativo: la dificultad de contar funciona como una barrera y el hecho de franquearla produce satisfacción. Eso puede verse en el seminario mismo.

Quisiera formular la cuestión a partir de una pregunta tomada de la práctica en su fenomenología más cotidiana: ¿qué hace que, incluso en el peor día de sus vidas, los hablantes puedan continuar viviendo?

Se trata de la pregunta por el misterioso hecho de que la vida persista. Es decir, por aquello que le sirve de soporte. Y justamente ese es el título del tercer capítulo: El nudo como soporte del sujeto.

Propongo aproximarnos, con temor y temblor, al asunto de los nudos y los anillos a partir de esta pregunta. Porque todo el recorrido de Lacan supone que estas consistencias tienen un límite: un punto de ruptura. Los nudos pueden romperse. Pueden desanudarse.

En abstracto esto suena muy matemático, muy limpio. Pero en nuestro trabajo cotidiano adquiere la forma de una catástrofe.

Ese punto de ruptura, y la necesidad de una sutura o de una suplencia, recorren los tres capítulos y culminan precisamente en la pregunta por el nudo como soporte del sujeto. Toda la clínica —entendida tanto como reflexión sobre la práctica como clasificación inmanente de los hablantes— puede leerse a partir de allí: según el modo en que cada uno se sostiene frente a ese punto de ruptura, sea evitando su actualización, sea respondiendo a sus efectos cuando se produce.

Para pensar esta nueva clínica hay que volver al mismo gesto lógico del que parte Lacan. Ese gesto consiste en extraer la operación por la cual se construye el número en ciertas matemáticas contemporáneas, particularmente en la teoría de conjuntos de Cantor.

Allí el número no está dado. Se construye a partir de una operación sobre el vacío. Ese vacío queda envuelto mediante una operación de colección. La cuestión es cómo se constituye el número a partir del vacío.

Lacan radicaliza este movimiento. Subraya el carácter imaginario de la bolsa que recolecta ese vacío. Lo que podría parecer una crítica es aprovechado por él para reinscribir el cuerpo como un nuevo imaginario. Es en esa bolsa, en ese cuerpo-bolsa imaginario que circunscribe y contiene un vacío, donde el equívoco significante encuentra su resonancia.

Nominar esa bolsa mediante un trazo constituye el acto por el cual se produce la unidad.

Tenemos entonces dos elementos simultáneos y estructuralmente diferentes: por un lado, la bolsa que contiene el vacío; por otro, la nominación de esa bolsa, que al mismo tiempo la constituye como tal.

Esta clínica, más que prescindir del padre, aísla su función de nominación. Por eso Lacan subraya que el padre es el padre del nombre.

Sin embargo, esta nominación nos devuelve inmediatamente a la pregunta inicial: siempre falla en alguna medida. Hay que contar con esa falla en la constitución del Uno. De ahí la necesidad lógica del sinthome.

Esta es, en cierto sentido, la clínica de la falla del Uno y de sus consecuencias.

En una observación aparentemente lateral, Lacan deja entrever algo decisivo cuando señala que hubiera querido llamar a su seminario “4, 5 y 6”. La pregunta entonces es: ¿por qué el cuatro resulta tan pesado? ¿Por qué contar hasta cuatro introduce una dificultad que no parece simplemente aritmética?

Mi hipótesis es que cada número introduce un régimen distinto.

El uno no es una sustancia. Es la consistencia de una colección que puede no contener nada; en el extremo, contiene un vacío. El uno es la consistencia que rodea un vacío.

El dos introduce el trazo. Aparece cuando ese vacío es nominado por una marca. Aquí encontramos el fundamento lógico del trazo. La unidad no es un punto de partida: aparece cuando algo es contado como uno. El fundamento del Uno es la bolsa imaginaria que contiene un vacío.

Por eso Lacan puede afirmar que la naturaleza no es una. Hay aquí un equívoco fundamental. Cuando se dice “uno”, ese uno designa tanto el vacío circunscrito como aquello que lo nomina. Pero entonces ese segundo uno se cuenta como dos: hay el vacío y hay la nominación del vacío.

Ahí comienza la cuestión binaria.

La exasperación de Lacan frente a este problema es también el signo de que la división del sujeto es real. Más aún: la inexistencia de una relación entre el uno que nomina y el uno de la bolsa que rodea el vacío es homóloga a la inexistencia de la relación sexual.

El tres es la articulación entre el trazo nominador y el vacío que le ex-siste. Siguiendo a Cantor, Lacan puede decir que el conjunto es tercero. Hemos logrado contar hasta tres.

Un significante aislado no produce sentido. El sentido aparece cuando un significante se articula con otro. El tres es el campo de esa articulación.

Pero el sentido tiene un efecto inevitable: hace olvidar el sustrato sobre el que se asienta, es decir, la articulación entre el uno nominador y el uno como consistencia imaginaria del cuerpo-bolsa.

Y esa articulación no se sostiene necesariamente.

Aquí volvemos a la práctica. ¿Qué ocurre cuando no se sostiene? ¿Qué ocurre cuando se desanuda?

El problema del nudo borromeo es precisamente que puede desanudarse.

Entonces surge una nueva pregunta: ¿qué puede venir en auxilio cuando el nudo se rompe?

Ahí aparece el cuatro.

Cada número designa un régimen diferente. El cuatro no es un elemento más del sistema. No pertenece al mismo nivel que los otros tres.

Si el tres corresponde a la articulación, el cuatro corresponde a la articulabilidad.

El cuarto anillo designa el campo mismo en el que la articulación puede sostenerse. En topología, podríamos llamarlo espacio de embebimiento.

El sinthome sería entonces el campo de embebimiento del nudo. No es la relación entre los registros, sino la condición que permite que esa relación exista.

Como ocurre en la física relativista, el espacio no es un soporte pasivo. Interactúa. El espacio ambiente es el conjunto de condiciones que hacen posible el embebimiento y sus transformaciones: anudamientos, desanudamientos, tensiones, deformaciones y puntos de ruptura, tanto del nudo como de los anillos que lo conforman.

Esto permite entender con precisión una fórmula como “Joyce, el síntoma”.

Joyce no tiene un síntoma: es el síntoma. Su nombre funciona de ese modo. Se dice como se dice “Pedro Navaja”. Algo que nombra a alguien por aquello que le es propio.

Y lo que le es propio a Joyce es haber puesto de manifiesto la articulabilidad misma y la posibilidad de que esa articulabilidad venga en auxilio del nudo cuando éste no logra sostenerse. Su modo de decir es lo que mantiene anudados los registros.

El paso al cuatro introduce entonces un verdadero cambio de régimen.

Los tres primeros términos pertenecen al orden de la estructura. Para todo hablante hay un cuerpo como bolsa, una nominación y una articulación.

El cuarto introduce el campo singular en el que esa estructura puede sostenerse. Para cada hablante ese campo es específico. Podríamos formularlo así: para todo hablante se cumple que esta tríada se embebe en un espacio singular.

Eso es precisamente lo que convocamos en el peor día de la vida de un hablante: el campo de embebimiento en el que se ha constituido como nudo.

Por eso el cuatro es pesado. Cuesta llegar hasta allí.

No estoy seguro de que sea posible ir más allá. El cuatro no es un número más. Introduce la condición de posibilidad y la singularidad de la serie misma.

Existen fenómenos en el saber científico que poseen un límite superior. El peso atómico, por ejemplo, no puede crecer indefinidamente debido a la estructura misma de las fuerzas fundamentales.

Quizás el sinthome funcione de manera semejante. Es un tope.

Se puede contar hasta cuatro.

Más allá, o hay iteración o hay fantasía.

Discusión.

La discusión se abrió a partir de una pregunta acerca del estatuto temporal del cuarto anillo. Si éste es pensado como condición de posibilidad del anudamiento, ¿cómo situarlo respecto de la temporalidad clínica? La cuestión aparecía especialmente a propósito del autismo. Antes incluso de preguntarse qué arreglos construye un sujeto para sostenerse, surgía una interrogación más radical: ¿qué hace que siga vivo?, ¿qué lo sostiene?

La respuesta desplazó inmediatamente el problema. Más que introducir un nuevo tiempo, se propuso pensar la clínica borromea desde los errores del nudo. Si se toma en serio la hipótesis de una clínica fundada en los modos de anudamiento, entonces habría que preguntarse qué tipos de error producen las distintas configuraciones clínicas. La neurosis y la psicosis podrían pensarse como efectos de ciertos errores del nudo. La pregunta quedaba abierta respecto del autismo: ¿se trata de un tercer tipo de error?, ¿debe pensarse una tercera gran modalidad de desanudamiento?

Esta perspectiva condujo a una formulación que reaparecería durante toda la conversación: no basta con preguntar cómo está hecho un nudo; hay que preguntar qué es lo que tiende a romperse en él. ¿Tiende a romperse el cuerpo? ¿La articulación? ¿La nominación? La diferencia clínica podría localizarse precisamente allí.

La discusión avanzó entonces hacia el estatuto del cuarto anillo. Se observó que la formalización topológica presenta una dificultad particular: desde el punto de vista matemático, los anillos son indiferenciados. Lacan necesita colorearlos para distinguirlos. La diferencia entre real, simbólico e imaginario no pertenece al nudo mismo sino a la lectura clínica que se hace de él.

Esta observación llevó a una pregunta importante: si el cuarto anillo no es simplemente un anillo más, ¿qué agrega exactamente? ¿Sólo anuda o también diferencia?

La respuesta fue desplazando progresivamente el problema. Tal vez los registros se distingan menos por una esencia propia que por el modo particular en que pueden romperse. Para un analista, la cuestión decisiva no sería identificar una sustancia llamada imaginario, simbólico o real, sino localizar el punto de fragilidad de un nudo.

La clínica reapareció entonces en primer plano. Cuando se dice que se está tratando una neurosis obsesiva o una histeria, en cierto sentido se está formulando una hipótesis sobre el lugar por donde un nudo tiende a romperse. Esa pregunta no es estética ni matemática. Es una pregunta existencial para quien practica el psicoanálisis. Los nudos se desanudan. La experiencia analítica enseña precisamente que algo tiende a romperse. El problema consiste en escuchar cómo rompe cada uno.

A partir de allí la conversación se desplazó hacia la relación entre síntoma y sinthome.

La pregunta fue formulada de diversas maneras. Si el síntoma ya es un intento de tratamiento, ¿no constituye también una forma de cuarto anillo? ¿No es ya una invención frente a aquello que falla?

La respuesta introdujo una distinción que fue precisándose durante la conversación. El síntoma puede pensarse como una operación de nominación. Localiza algo del goce, le da una referencia, permite cierta estabilización. Pero el sinthome no se reduce a esa función. El esfuerzo de Lacan consiste justamente en separar la nominación del sinthome.

En ese contexto reapareció la función paterna. La metáfora paterna fue presentada como un caso particular de una operación más general: la nominación. Allí donde hay un vacío, un significante viene a ocupar su lugar. La estructura de la metáfora paterna reproduce, bajo otra forma, la operación lógica que había sido presentada en la exposición a propósito del vacío y de la constitución del número.

La nominación permite localizar algo del cuerpo y del goce. Puede venir del padre, pero no necesariamente. Lo decisivo es la función, no su soporte tradicional.

La conversación se detuvo entonces en una observación clínica importante. El síntoma aparece precisamente allí donde la nominación fracasa. En ese sentido, el síntoma es simultáneamente fracaso y satisfacción. Convoca una nominación porque señala un punto donde algo no encuentra su lugar.

Se evocó entonces una escena familiar para cualquier clínico: alguien llega diciendo que no sabe qué le ocurre. Inmediatamente se pone en marcha una maquinaria de nominaciones posibles. El síntoma llama a ser nombrado.

Pero esta misma observación condujo a otra pregunta. Si existe una clínica borromea, ¿cómo habría que reformular las categorías clínicas tradicionales?

Se propuso pensar las estructuras como tipos de error del nudo y los síntomas como modos singulares de ruptura. La idea de "debilidad del anillo" surgió en este contexto. No designa un defecto ni una insuficiencia. Más bien intenta nombrar el lugar por donde un sujeto rompe cuando encuentra ciertas contingencias.

La referencia freudiana a la elección de la neurosis permitió insistir en este punto. No se trataría de una falla accidental. Cada sujeto parecería sostener una modalidad propia de ruptura.

Por eso la escucha clínica podría orientarse menos por la clasificación psicopatológica que por una pregunta más concreta: ¿por dónde rompe este hablante?

La discusión se desplazó entonces hacia el problema de la sutura y de la reparación.

Si el síntoma señala el lugar de la falla, ¿qué hace posible que algo funcione como reparación? ¿Qué permite que una determinada invención llegue a operar como suplencia?

La pregunta condujo directamente a Joyce.

La propuesta fue leer la obra joyceana como una puesta en acto de la articulabilidad misma. Más que un conjunto de significaciones, lo que Joyce exhibiría es la posibilidad misma de articulación. En Finnegans Wake los significantes se adhieren unos a otros sin que el sentido funcione como garantía.

Desde esta perspectiva, el sinthome fue definido provisionalmente como el régimen en el que el nudo puede existir. No simplemente como una nominación, ni como un acontecimiento de cuerpo, ni como una modalidad de goce, sino como el campo en el que todas esas operaciones resultan posibles.

La articulabilidad pasó entonces a ocupar el lugar que, en la exposición inicial, había sido atribuido al cuarto anillo.

Este desplazamiento permitió releer la regla fundamental del psicoanálisis. La asociación libre no apuntaría simplemente a producir nuevos sentidos sino a aflojar el dominio del sentido mismo. Joyce aparecería entonces como una especie de paradigma extremo de esa operación.

La conversación volvió varias veces sobre la diferencia entre nominación y sinthome. La nominación no consiste simplemente en poner un nombre. Más bien designa el acto por el cual algo singular queda localizado. Se evocaron ejemplos clásicos de la clínica freudiana: Dora, el hombre de las ratas, el hombre de los lobos. En todos esos casos la nominación funciona como una localización precisa.

Pero el sinthome introduce otra dimensión. No reemplaza a la nominación ni la invalida. La reinscribe dentro de una problemática más amplia, ligada al modo singular en que un sujeto logra sostener su anudamiento.

Hacia el final de la discusión apareció una última pregunta acerca del acto.

Si el sinthome funciona como soporte o suplencia, ¿no requiere siempre una realización efectiva? ¿No es necesario que algo se haga para que el sinthome exista?

La respuesta retomó la oposición entre Joyce y la posición neurótica. Puede admitirse que sin acto no hay sinthome. Pero ese acto puede orientarse de maneras distintas. Puede buscar en el Otro una sanción que lo autorice, o puede sostenerse por sus propios medios.

La figura de Joyce permitió radicalizar esta diferencia. El Otro no desaparece. Sigue habiendo lectores, circulación, reconocimiento. Pero ya no ocupa el lugar de garante del acto.

La neurosis, en cambio, conserva una tendencia persistente a hacer existir al Otro para que confirme aquello que ya está decidido o realizado. El analista puede convertirse entonces en la última figura convocada para sostener esa garantía.

La discusión concluyó dejando abierta esa tensión. Por un lado, la búsqueda de una sanción proveniente del Otro. Por otro, la posibilidad de una invención que encuentre su sostén en el propio acto. Entre ambos polos se desplegó la interrogación sobre el sinthome, la nominación, la ruptura de los nudos y las diversas maneras en que un hablante logra mantenerse anudado.