Operaciones del decir frente al campo de las inexistencias
Buenas tardes. Muchísimas gracias a todos los que se
inscribieron y están presentes en este seminario. La mayoría de ustedes me
conoce; para quienes no, soy Carlos Márquez, psicoanalista en Bogotá, miembro
de la Nueva Escuela Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
Este espacio es una enseñanza declarada, una actividad
propuesta a riesgo propio. Eso significa que no se trata de una actividad
meramente divulgativa, sino de una actividad de investigación. Es un seminario
y, más precisamente, una actividad de investigación de mi propia investigación,
en la que los invito a participar.
No existe un pensamiento oficial de Lacan ni una posición
oficial de la Escuela, en su lugar tenemos una Orientación. Cuando decimos “a
riesgo propio”, queremos decir que se trata de un espacio para explorar y
pensar conceptualmente los problemas fundamentales de la práctica tal como se
presenta hoy para los psicoanalistas —sobre todo para mí— y los problemas
teóricos que se derivan de ella.
Ese es el formato con el que vamos a trabajar.
El seminario se denomina Orientaciones de la práctica
analítica y tiene como subtítulo Operaciones del decir frente al campo de las
inexistencias. Ese es, efectivamente, el tema: intentar brindar orientaciones
para la práctica analítica, tanto para ejercerla como para comprender lo que
sucede en ella, a partir de una investigación teórica sobre los efectos de la
práctica misma.
Hoy no vamos a comenzar en forma. Quiero presentar el
espacio de trabajo, el marco conceptual y el punto desde el cual vengo
investigando. Toda esta exploración se vincula con un trabajo que vengo
desarrollando desde hace tiempo y que se cristalizó a comienzos de este año en
un formato de formalización con el que vamos a trabajar durante estas diez
sesiones.
No será un seminario indefinido. Lo que ocurra aquí será lo
que este seminario haya podido producir. Si se avanza, se avanza; si no, habrá
que pensar también los efectos de ese límite. Como se trata de un campo de
investigación, les pido cierta indulgencia: estoy poniendo a prueba lo que
digo.
Tengo un plan, pero, como decían los planificadores
soviéticos, el plan dura hasta que comienza a ejecutarse. La observación es
graciosa porque el proceso de planear dura técnicamente hasta que comienza la
ejecución, pero también porque todo plan es una elucubración acerca de algo
cuyo resultado todavía se desconoce.
Por eso esta enunciación no es divulgativa. Es una puesta a
prueba de determinados postulados, hipótesis y modos de funcionamiento que
necesito compartir y someter a verificación. Aspiro a que en ese movimiento se
produzca alguna transmisión. Ese sería el punto teleológico del seminario, pero
no su intención primaria. Ustedes me acompañan en una exploración de los
límites de lo que estoy proponiendo.
En el comienzo hay una urgencia en el cuerpo. Esa es la
matriz de cualquier enunciación. Es una hipótesis fuerte.
Aquí no distingo la enunciación del decir. En el comienzo,
el decir aparece como una urgencia en el cuerpo. Para cuando uno se entera —si
es que llega a enterarse— el bullicio de las palabras ya ha hecho olvidar ese
punto de partida. Allí se sitúa la diferencia operativa entre las palabras
proferidas y el decir.
Pienso en un texto tardío de Lacan, el prefacio a la edición
inglesa del Seminario 11. Allí escribe que, mientras redactaba ese texto, los
casos de urgencia le estorbaban. Y agrega que escribe porque cree que debe
hacerlo para estar a la altura de esos casos, para formar con ellos un par.
Siempre me llamó la atención esa referencia tan directa, ya
l mismo tiempo tan rara, a la interferencia de los casos en el acto mismo de
escribir. No habla de la escritura como producto ni como oficio, sino del
escribir. Para el psicoanalista, el escribir puede situarse entre urgencia y
urgencia: entre la urgencia de su propio cuerpo, que sostiene la enunciación, y
la urgencia de quien llega a interrumpir el acto de escribir.
Tomo esa observación como índice de algo estructural. Así
comienza este seminario: entre urgencia y urgencia.
El campo de las inexistencias
La investigación que da origen a este trabajo culminó hace
un tiempo con la formulación de lo que llamé un campo de las inexistencias. Ese
campo se organiza alrededor de cuatro enunciados de Lacan que comparten una
característica fundamental: designan existencias que no pueden escribirse.
No existe la relación sexual. No existe La mujer. No existe
el metalenguaje. No existe el psicoanalista.
No considero que estos cuatro enunciados sean equivalentes,
intercambiables ni jerarquizables. Funcionan más bien como distintas formas de
plantear el encuentro con algo que no puede escribirse, algo para lo cual no
existen los medios materiales de inscripción.
A partir de ellos se despliegan numerosas consecuencias de
la enseñanza de Lacan. La verdad, por ejemplo, aparece como media verdad porque
la verdad toda no puede escribirse. Lo real aparece como aquello que no cesa de
no escribirse. La lógica modal, tal como Lacan la utiliza, gira constantemente
alrededor de estas imposibilidades.
Podría incluso sostenerse que estos enunciados estaban
presentes desde el comienzo de su enseñanza, en su enunciación, y que son los
que terminan conduciéndolo a transformar radicalmente el psicoanálisis.
Propongo pensar estas cuatro inexistencias como un campo. Un
campo no saturable, un campo que no se cierra. Puede parecer que se trata
solamente de negatividades, pero esas negatividades son productivas. No
producen únicamente restricciones: producen regímenes de goce.
Cada inexistencia se articula con una forma específica de
goce mediante la cual los hablantes intentan arreglárselas con aquello que
aparece allí como insoportable o inhóspito. Digo “inhóspito” ya metaforizando,
porque solo podemos acercarnos a este campo mediante construcciones
imaginarias. Se trata de un campo que existe únicamente para los hablantes y
que solo puede plantearse como una lógica que no se cierra.
Lo que me interesa es reducir cada inexistencia a un
enunciado operativo que vaya más allá de una consigna o un ideal negativo.
La inexistencia de la relación sexual puede leerse como la
inexistencia de un principio de emparejamiento de los cuerpos. No quiere decir
que las personas no tengan relaciones sexuales. Lacan ironiza precisamente
sobre eso. Lo que no existe es un principio universal que indique cómo
emparejar los cuerpos.
En los animales, el instinto cumple parcialmente esa
función. En el ser humano hay un vacío. Y allí donde hay un vacío cada uno
tiene que inventar algo.
Nuestra época testimonia esa situación mediante la
proliferación de nombres para las distintas invenciones sexuales. Es una época
profundamente nominalista. Multiplica categorías, orientaciones,
identificaciones y nombres. Sin embargo, nada de eso modifica el nivel lógico
del problema. La inexistencia de la relación sexual permanece intacta.
Cada uno tiene que inventar su propio principio de
emparejamiento, padecerlo, disfrutarlo o sufrirlo.
En Lacan, el resultado de ese vacío adopta una forma muy
precisa: el objeto a en tanto plus de gozar. Como no existe un saber sobre cómo
emparejar los cuerpos, aparece una invención singular de goce.
Podríamos resumirlo así: no existe un principio unificado de
emparejamiento de los cuerpos; en su lugar, cada uno inventa un modo de goce;
ese modo de goce se articula como plus de gozar.
La inexistencia de La mujer puede leerse, por su parte, como
la inexistencia de un principio de unificación del cuerpo. No existe un
principio que permita reunir bajo una totalidad cerrada aquello que se designa
mediante el universal “La mujer”.
Por homología, esto puede extenderse al cuerpo social. El
cuerpo social mismo testimonia la inexistencia de un principio de unificación.
Lo que aparece allí es aquello que Lacan llama el goce Otro. Ese goce
constituye precisamente el testimonio de que el cuerpo no posee un principio
unificador último.
La inexistencia del metalenguaje pertenece a una
problemática más temprana de la enseñanza de Lacan y surge en el contexto de
las grandes discusiones epistemológicas del siglo XX. Había dos grandes
galaxias: la del estructuralismo —más francesa y latina— y la del positivismo
lógico y la filosofía del lenguaje —de tradición alemana y anglosajona. En esa
segunda galaxia prolifera la noción de metalenguaje, desde Tarski en adelante. Lacan
responde: no hay metalenguaje.
Propongo leer este enunciado como la inexistencia de un
principio unificador del significante. El significante del Otro tachado escribe
precisamente la ausencia del significante que podría dar consistencia plena a
toda la red significante.
Por eso incluso cuando escribimos matemáticas, lógica o
psicoanálisis en una pizarra debemos volver a explicarlos en lengua ordinaria.
No existe un punto meta que garantice el sistema.
En la conferencia de Baltimore de 1966 esta idea abre una
vía que conduce hacia la topología: un espacio sin profundidades ocultas,
compuesto por fracturas, agujeros, torsiones y estiramientos. No se trata de
excavar hasta encontrar un fondo último.
Freud mismo muestra algo de esto cuando sostiene que lo
importante no es el sueño en sí, sino el relato del sueño. El obsesivo que se
angustia por no recordar el sueño “exactamente” supone la existencia de un
objeto sueño independiente de su narración. Para nosotros, en cambio, el relato
constituye la materia misma de la interpretación.
Si no existe un principio unificador del campo significante,
también encontramos una modalidad específica de goce. Propongo llamarla el goce
del vacío: el goce del hablar por hablar, el goce del “bla bla” que puede
aparecer incluso en la asociación libre.
La cuarta inexistencia es la inexistencia del psicoanalista.
Este enunciado se encuentra en el fundamento de dos
dispositivos centrales del movimiento lacaniano: la autorización y el pase.
Para Lacan, no existe un principio capaz de garantizar qué es un psicoanalista.
Quisiera llevar este planteamiento un paso más lejos. Así
como no existe un principio unificador del emparejamiento de los cuerpos, ni un
principio unificador del cuerpo, ni un principio unificador del campo
significante, tampoco existe un principio unificador de aquello que la
tradición llamó el alma.
En ese sentido, la gran revelación freudiana puede leerse en
la dirección de la escisión: la Ichspaltung, el sujeto tachado, la
división constitutiva de la vida subjetiva.
El psicoanálisis no resuelve ese problema. Lo enuncia. Y con
su mismo nombre.
Y frente a esa inexistencia aparece otra modalidad de goce:
el goce del Uno. El goce de sentirse idéntico a sí mismo, el goce que Lacan
llama también el goce del idiota. Es el goce que puede derivarse de una
nominación o de un reconocimiento.
Habitualmente ese goce queda capturado por el circuito del
Otro, generando demandas, resentimientos e indignaciones. El análisis puede
producir una torsión que permita separar parcialmente ese goce de dicho
circuito.
Tenemos entonces cuatro inexistencias y cuatro modalidades
de respuesta mediante el goce. Ese es el terreno sobre el cual quisiera poner a
prueba las operaciones del decir que constituyen el sustrato de la práctica
analítica.
Cuando hablo de práctica, me refiero al trabajo del
psicoanalista con el analizante. Cuando hablo de clínica, me refiero a la
reflexión inmediata sobre esa práctica. Y cuando hablo de teoría, hablo del
sedimento conceptual producido por generaciones de trabajo analítico.
El campo de las inexistencias no es una entelequia
abstracta. Se manifiesta en los modos de goce, concepto eminentemente
milleriano, que encontramos todos los días en la práctica. Incluso interpela la
posición del analista, sus desplazamientos, sus deslizamientos y sus
equivocaciones.
Porque si el psicoanalista no existe, entonces lo que existe
es la historia de sus equivocaciones.
Cuestiones de método
Debo hacer una advertencia metodológica.
Me gusta pensar utilizando analogías provenientes de las
ciencias, por ejemplo, estas inexistencias funcionan como ondas. No estoy
haciendo física. Intento comprender algo mediante una analogía.
Si un físico me escuchara, probablemente encontraría
abusivas muchas de estas operaciones. Sin embargo, para mí las teorías
científicas constituyen una fuente extraordinaria de invenciones conceptuales.
¿Qué es una teoría científica sino una ocurrencia (Witz)
que, por razones que ignoramos, logra convertirse en formalización matemática
de algo del universo? No sabemos por qué el universo hablaría matematiqués.
Por eso no me privo de utilizar analogías tomadas de la
termodinámica, la relatividad, la física cuántica o la biología.
Pero en este seminario ocurrirá además otra cosa:
trabajaremos con ciertas palabras de borde provenientes del lenguaje teológico.
El discurso teológico comparte con nosotros una preocupación
por el sufrimiento humano y por aquello que históricamente se llamó el problema
del mal. No es casual que Lacan leyera a San Agustín, a Santo Tomás de Aquino y
conociera profundamente a San Pablo hasta el punto de parafrasear uno de los
pasajes más importantes de su obra para sorprender a su auditorio.
La noción de campo freudiano, que debemos en su formulación
a Lacan y en su desarrollo institucional a Jacques-Alain Miller y Judith Miller,
permite situar una articulación progresiva entre el descubrimiento freudiano,
el lenguaje, el lazo social y la cultura.
Lacan fue extremadamente sobrio respecto de los excesos del
psicoanálisis aplicado al arte o los artefactos de la cultura. Sin embargo, el
campo freudiano mantiene una continuidad discontinua con el campo de la
cultura. Por eso podemos tomar ciertos elementos del discurso teológico como
depósitos históricos de fracturas en los regímenes de pensabilidad.
El discurso teológico puede entenderse, en este sentido,
como una tecnología histórica de formalización de lo imposible.
Piensen en la noción de Trinidad. Este año se cumplen mil
setecientos años del Concilio de Nicea, donde fue necesario inventar el término
homoousios para responder a un problema formal de transmisión. La
palabra no existía en el griego clásico. Fue creada para resolver una
dificultad conceptual.
Cuando traducimos simplemente “de la misma naturaleza”,
perdemos buena parte de la fuerza del término original. Por eso trabajaremos
algunas de estas palabras desde una perspectiva filológica. El griego parece
ser una lengua propicia para formar piedras de cortar: ahí encontraremos palabras
que abren campos de batalla enunciativos capaces de durar siglos.
Todo esto no podía tratarse mediante una escritura
ensayística tradicional, porque esa forma tiende a pacificar demasiado rápido
los conflictos lingüísticos que intenta abordar.
Por esa razón decidí trabajar mediante una serie de
aforismos largos.
Si lo que se intenta pensar son reconfiguraciones de
regímenes ontológicos, conviene producir también un régimen de escritura
adecuado a ese problema. Las operaciones del decir aparecen allí formuladas
como cambios de régimen ontológico.
La serie de aforismos funcionará como un dispositivo de
formalización. Los conceptos que vamos a trabajar son operaciones que aspiramos
a poner a prueba aquí.
Orientar una práctica no consiste en proporcionar recetas.
Consiste en situar las coordenadas estructurales desde las cuales una práctica
puede sostenerse.
En una época que pide procedimientos cada vez más rápidos y
respuestas cada vez más inmediatas, nos detendremos a examinar cómo otros
discursos se han enfrentado históricamente con los límites de la transmisión y
con la necesidad de decir lo imposible de decir.
Esta es la presentación del seminario. Les he dado las
coordenadas generales: el método, el punto desde el que trabajo, el régimen de
escritura y el problema que deseo investigar con ustedes.
A partir de aquí, podemos abrir la conversación.
Discusión
La conversación posterior a la presentación se abrió, en
primer lugar, sobre el estatuto mismo del campo de las inexistencias. Una de
las intervenciones llamó la atención sobre la formulación según la cual la
inexistencia del metalenguaje sería “elevada” a ese campo. La observación
introducía una inquietud: si es necesario elevarla, ¿significa eso que no
ocupaba ya un lugar equivalente al de las otras inexistencias?
La respuesta permitió precisar un aspecto metodológico
importante. No se trataba de establecer una secuencia histórica dentro de la
enseñanza de Lacan ni de sugerir que algunos de esos enunciados fueran más
fundamentales que otros. La propuesta consistía, más bien, en ponerlos en
tensión estructuralmente. “No existe la relación sexual” y “no existe el
metalenguaje” no son formulaciones intercambiables. Cada una posee su propia
textura conceptual y abre un problema diferente. La noción de campo busca precisamente
permitir que esas diferencias se mantengan sin reducir unas a otras.
A partir de allí la discusión se desplazó hacia la cuestión
de la escritura. Una pregunta sobre los modos de gozar y las inexistencias
condujo a interrogar qué significa exactamente escribir. La respuesta retomó
una modificación terminológica introducida por el propio seminario: sustituir
“la escritura” por “el escribir”. El desplazamiento no era menor. “La
escritura” suele aparecer revestida de cierto prestigio cultural; “el
escribir”, en cambio, remite a una operación elemental, casi artesanal, ligada
originalmente a marcas realizadas para llevar cuentas o registrar intercambios.
Desde esa perspectiva surgió la pregunta acerca de si el
goce escribe o simplemente deja marcas. La discusión no intentó resolver la
cuestión, pero sí abrió una vía sugerente. Tal vez el goce no escriba
directamente; tal vez produzca marcas contingentes y sea a partir de ellas que
una vida llega a construirse como una escritura. La analogía con los neutrinos
permitió situar la idea: fenómenos cuya presencia debe inferirse a partir de
huellas mínimas y difíciles de detectar. El encuentro entre goce y palabra
podría funcionar de una manera semejante, dejando rastros a partir de los
cuales un hablante se constituye o modifica su posición.
Otro tramo de la conversación volvió sobre la cuarta
inexistencia, la inexistencia del psicoanalista. Allí apareció una demanda de
precisión acerca del principio cuya inexistencia se proponía aislar. La
respuesta avanzó una formulación que había sido presentada durante la
exposición: lo que no existe sería un principio de unificación del alma.
La discusión permitió advertir hasta qué punto la noción
resulta extraña para la sensibilidad contemporánea. Sin embargo, precisamente
esa extrañeza fue utilizada para situar el problema. Existen numerosos
fenómenos que no se dejan reducir ni al cuerpo ni al funcionamiento neuronal y
que, sin embargo, constituyen el ámbito mismo de trabajo del psicoanálisis. La
tradición filosófica había tropezado repetidamente con esa dificultad, desde
Descartes en adelante. El psicoanálisis no la resuelve; la habita. La inexistencia
de un principio de unificación del alma nombra justamente ese lugar donde se
despliega la vida subjetiva y donde adquiere relevancia el goce del Uno.
La pregunta por el decir condujo luego a una aclaración
metodológica. Se señaló que en la presentación se había hecho coincidir decir y
enunciación, pese a que en Lacan ambos términos no siempre son equivalentes. La
respuesta precisó que esa identificación tenía un alcance limitado y respondía
a una decisión de trabajo. En el punto de partida del seminario se trataba de
localizar la urgencia que pone en movimiento la palabra. Desde esa perspectiva,
decir y enunciación podían superponerse metodológicamente.
La referencia a “L’étourdit” permitió reformular la
cuestión. Allí el decir aparece como aquello que permanece olvidado tras lo
dicho y que, sin embargo, continúa insistiendo en lo que se oye. No es algo
inmediatamente accesible para quien habla. Su localización requiere pasar por
alguna mediación del Otro. La identificación inicial entre decir y enunciación
funcionaba entonces como una simplificación operativa destinada a abrir el
trabajo, no como una definición exhaustiva.
La discusión regresó después a la articulación entre
inexistencias y modos de goce. Una intervención preguntó si, junto al goce del
vacío propuesto como respuesta a la inexistencia del metalenguaje, no habría
que ubicar también el goce del sentido.
La respuesta permitió introducir una distinción importante.
El goce del sentido parecería corresponder más bien a la inexistencia de la
relación sexual. Allí interviene el objeto a como plus de gozar y se despliegan
los esfuerzos narrativos, fantasmáticos y culturales mediante los cuales los
hablantes intentan producir una consistencia para el encuentro entre los
cuerpos. En cambio, el goce del vacío designaría una satisfacción extraída
precisamente de la ausencia de significación: juegos de palabras, nonsense,
repeticiones sonoras, rimas y otras formas de disfrute ligadas a la
materialidad del significante más que a su sentido.
La cuestión condujo naturalmente a la topología. Se señaló
que una lectura de la conferencia de Baltimore permite captar cómo la
inexistencia del metalenguaje favorece una aproximación topológica al
inconsciente. Si no existe un nivel meta que garantice el sistema, entonces el
inconsciente deja de pensarse como una profundidad oculta que habría que
descubrir. Se vuelve más cercano a una superficie con pliegues, agujeros y
torsiones. La topología aparece así menos como una importación matemática que
como una consecuencia conceptual de la inexistencia del metalenguaje.
Otro momento de la conversación retomó la cuestión de la
relación sexual desde una perspectiva antropológica. La pregunta sugería que,
ante el vacío que deja la inexistencia de un principio de emparejamiento de los
cuerpos, los seres humanos construyen mitologías, religiones y relatos para
poder seguir adelante.
La respuesta reconoció esa intuición y la vinculó con el
funcionamiento mismo del lenguaje. Los hablantes producen historias sobre sí
mismos, sobre su origen y sobre sus vínculos. En ese movimiento se articula el
objeto a y se despliega aquello que había sido llamado goce del sentido. La
vida amorosa y sexual aparece entonces como uno de los lugares privilegiados
donde puede observarse ese esfuerzo permanente por producir una respuesta al
vacío estructural del emparejamiento.
La última parte de la discusión se concentró en dos
cuestiones que atravesaban silenciosamente toda la presentación: el lugar de la
teología y el estatuto de la urgencia.
Respecto de la primera, se preguntó si el recorrido del
seminario avanzaría desde las inexistencias hacia las formas positivas de goce
que emergen como respuesta. La pregunta no fue desarrollada sistemáticamente,
pero permitió precisar nuevamente el carácter experimental del proyecto. No se
trata de presentar una doctrina acabada, sino de seguir las consecuencias de
determinadas hipótesis y observar hasta dónde pueden sostenerse.
La cuestión de la urgencia condujo, finalmente, a una
respuesta más personal. ¿De qué cuerpo se habla cuando se afirma que en el
comienzo hay una urgencia en el cuerpo?
La tentación inmediata sería responder: de mi cuerpo. Y, en
cierto sentido, esa respuesta conserva algo de verdad. Se trata siempre de un
cuerpo singular, del punto contingente donde un aparato significante y un
cuerpo se encuentran en una coyuntura histórica irrepetible. En el caso de esta
investigación, esa urgencia tomó la forma de una escritura y de un seminario.
La aclaración permitía volver sobre el estatuto mismo de la
enseñanza propuesta. No se trataba de un seminario de sistematización ni de
divulgación, sino de una enseñanza declarada, sostenida a riesgo propio. La
intención no era transmitir un saber estabilizado, sino hacer trabajar los
conceptos a partir de una experiencia, someterlos a prueba, estirarlos hasta
sus límites y observar qué sucede cuando comienzan a desplazarse fuera de los
lugares donde habitualmente se los considera seguros.
La discusión concluyó así menos con una serie de respuestas que con una delimitación más precisa del terreno de trabajo. Lo que había aparecido inicialmente como una presentación de conceptos comenzó a perfilarse también como una investigación sobre las condiciones mismas bajo las cuales esos conceptos pueden seguir produciendo pensamiento.