Keharitomene y el problema del nombre
Keharitomene designa en el Archivo del ser hablante la nominación. Es la
operación del decir que permite habitar la inexistencia del psicoanalista,
formalizada como la inexistencia de un principio organizador del alma. Si con
la interpretación contábamos hasta uno —el vacío abierto por la torsión entre cuerpo
y sentido—, con la nominación contamos hasta dos: el vacío de la interpretación
y el uno de la nominación.
Vamos a aproximarnos a esta operación siguiendo el mismo
recorrido de las sesiones anteriores: algo de filología, algo de historia de
las ideas, algo de topología y, finalmente, algunas consideraciones sobre la
práctica. Pero hoy comienza a verse también otra cosa: las distintas
operaciones ya no aparecen como piezas aisladas, sino que empiezan a entrar en
relación. Empieza a haber entre ellas una especie de baile.
Desde el punto de vista filológico, keharitomene es
un hápax absoluto. Si epiousios era un hápax funcional —una palabra que
aparecía únicamente dos veces en un mismo contexto—, keharitomene
aparece una sola vez en toda la Biblia. Surge exclusivamente en el episodio de
la Anunciación, en el Evangelio de Lucas, como el nombre con el que el ángel se
dirige a María.
La dificultad comienza inmediatamente. En el Ave María suele
traducirse como “llena eres de gracia”, pero esa traducción resulta
insuficiente. Lo que nos interesa aquí es precisamente la intraducibilidad de
la palabra.
La palabra posee una significación gramatical precisa. No es
incomprensible para un hablante de griego. Sin embargo, aparece como algo
nuevo, algo que no había sido escuchado antes. No existía un uso previo que
permitiera estabilizarla mediante comparación. Ni el griego clásico, ni la
lengua contemporánea de los evangelios, ni la Biblia de los Setenta
proporcionan antecedentes suficientes para absorberla dentro de la circulación
ordinaria del significante.
Esto obliga a pensar un límite de la teoría diferencial del
lenguaje. Habitualmente se entiende que un significante existe por su
diferencia respecto de otros significantes. Aquí, sin embargo, la pura
negatividad estructural parece no alcanzar para estabilizar el valor de la
palabra.
La reacción misma de María lo muestra. El texto indica que
se turba y se pregunta qué podría significar aquel saludo. No es que la palabra
carezca de sentido; más bien aparece como algo que excede las coordenadas
disponibles para alojarla.
La dificultad de traducción gira alrededor del tiempo
verbal. Keharitomene es un participio perfecto pasivo. Designa una
acción ya realizada cuyos efectos permanecen activos en el presente. El
problema es que ni el latín de San Jerónimo ni el castellano heredado de él
logran reproducir adecuadamente esa estructura.
Cuando Jerónimo traduce gratia plena, transforma una
operación en un estado. “Llena de gracia” introduce la idea de plenitud, de
totalidad, incluso de una cualidad estable. Pero nada de eso está presente en
el término griego.
Lo que la palabra indica es otra cosa: una acción anterior,
cuyos efectos persisten y cuya causa permanece fuera del control del sujeto. El
participio perfecto pasivo reúne tres dimensiones simultáneas: anterioridad del
acto, persistencia del efecto y pasividad estructural.
Por eso propongo traducirla como “constituida en gracia”.
No se trata simplemente de haber recibido una gracia. María
existe como efecto de una operación que ya ha ocurrido y que continúa actuando
en ella. Está constituida en gracia y sigue siéndolo en el momento mismo de la
enunciación.
La palabra no la bautiza en ese instante. Designa algo que
ya estaba en curso. Ella es keharitomene desde siempre, en ese momento y
continuará siéndolo después.
Por eso la palabra produce simultáneamente un efecto
corporal y un efecto de pensamiento. La divide. La obliga a preguntarse qué
significa aquello que se le dice.
Keharitomene funciona entonces como una huella de una
operación que la lengua no logra absorber completamente. Queda resonando sola,
sin convocar inmediatamente a la articulación. Es un resplandor de lo
indecible. Decir más sería sustancializar aquello que precisamente permanece
como operación.
Esto permite una primera aproximación a la nominación. La
nominación es un signo que conviene uno a uno a una existencia. No viola
realmente la arbitrariedad del signo, pero aparece como si la suspendiera. La
palabra deja de circular entre equivalencias posibles y parece soldarse a
aquello que designa.
“Salve, keharitomene”: tú eres eso.
La palabra no describe una propiedad. Designa una existencia
singular.
María y el problema de la modernidad
El problema de María fue el punto de partida de toda esta
elaboración. De hecho, este aforismo fue el primero de la serie. Inicialmente
se llamaba El problema de María y nació en el contexto de dos carteles
donde intentaba pensar una dificultad que me parecía cada vez más evidente.
Porque María es, efectivamente, un problema.
Lo es desde el punto de vista ecuménico, desde la historia
del cristianismo y desde la historia intelectual de Occidente. Mucho de lo que
ocurre con María continúa dividiendo a los cristianos hasta hoy.
La modernidad parece particularmente incómoda frente a ella.
Mientras la antigüedad y el mundo medieval parecían encontrar modos
relativamente estables de alojar su función (esto sin embargo, sin negar el
escándalo que fue la formulación “teotokos” en su momento), la modernidad
oscila entre dos movimientos opuestos: reducirla o exaltarla.
El protestantismo tiende a disminuir su función estructural.
En el mejor de los casos la trata con respeto, pero sospecha que el catolicismo
incurre en idolatría. El catolicismo, por su parte, tiende a hipertrofiarla. No
es casual que los últimos grandes dogmas definidos hayan sido precisamente
marianos.
Sin embargo, ambas posiciones participan de una misma
lógica. Una la devalúa y la otra la convierte en excepción.
Las dos terminan suturando la inexistencia de la mujer.
Propongo leer a María como un operador que pone de
manifiesto una imposibilidad estructural: la dificultad de inscribir lo
femenino en la modernidad. No exactamente en el sentido lacaniano de que “La
Mujer no existe”, sino como un problema histórico y cultural más amplio,
particularmente visible en la constitución moderna del sujeto.
Las controversias contemporáneas en torno a títulos como
“mediadora de todas las gracias” muestran que el problema de María continúa
activo. La discusión reaparece una y otra vez porque la estructura sigue sin
encontrar un modo estable de resolver aquello que keharitomene
introduce.
La modernidad produce además una transformación decisiva: la
autofundamentación del sujeto.
El sujeto premoderno conservaba alguna intuición de que no
podía darse fundamento a sí mismo. La modernidad desplaza progresivamente esa
carga hacia el individuo. Desde Descartes hasta ciertas formulaciones
contemporáneas de la identidad, se instala la exigencia de autorizarse por
cuenta propia.
En términos esquemáticos, podríamos describir una secuencia.
Con San Agustín encontramos un alma dividida cuyo principio
de unidad se localiza en Dios. La división interna del deseo remite finalmente
a un bien supremo capaz de otorgar consistencia.
Con Descartes, la unidad se desplaza hacia el pensamiento.
El cogito proporciona una forma de consistencia, aunque todavía requiera un
Dios garante.
Con Freud, la unidad deja de ser pensable como horizonte. La
escisión se vuelve constitutiva. La Ichspaltung no es un accidente que
pueda superarse.
A medida que cae el principio unificador, emerge con más
fuerza el goce del Uno.
“Soy en tanto deseo de Dios”, “soy en tanto pienso”, “soy en
tanto gozo”: cada formulación marca una nueva ruptura en la transferencia al
Otro.
Sin embargo, el goce del Uno no garantiza nada. No organiza
ni unifica. Apenas proporciona una consistencia mínima para hacer una vida
habitable.
Es aquí donde keharitomene conserva su carácter
escandaloso. Introduce una consistencia que no proviene de la autoautorización
y que, sin embargo, tampoco restituye un principio unificador del alma.
La nominación exige mediación.
Uno no puede recibir de sí mismo el nombre que conviene a su
modo singular de existir.
La botella de Klein y la imposibilidad de autofundarse
Las conexiones con la topología permiten precisar esta
cuestión.
La interpretación, tal como la trabajamos a partir de epiousios,
describe la torsión entre cuerpo y sentido. Su figura es la banda de Möbius.
Una buena interpretación no introduce nada. Reconfigura lo que ya estaba allí.
Constituye un grado cero.
La nominación funciona de otro modo.
Introduce una modificación del espacio mismo. Obliga a
pensar una dimensión adicional.
Para aproximarnos a ella resulta útil la figura de la
botella de Klein.
La botella de Klein comparte con la banda de Möbius el
carácter no orientable. Si se recorre su superficie y se retorna al punto de
partida, se vuelve invertido. Pero posee una diferencia decisiva: no puede
representarse adecuadamente en tres dimensiones.
Toda representación tridimensional obliga a que la
superficie se atraviese a sí misma. El cuello penetra el cuerpo de la botella
produciendo una autointersección.
Sin embargo, esa intersección no pertenece realmente a la
estructura. Es un efecto de representación. Indica simplemente que falta una
dimensión.
En una dimensión suplementaria la botella no se cruza
consigo misma. La superficie continúa su recorrido sin alcanzarse jamás.
Esta observación permite una lectura de la
autofundamentación contemporánea.
El sujeto intenta apoyarse en su propio nombre de goce.
Busca coincidir consigo mismo. Pero ese intento equivale a tomar la
autointersección aparente de la botella como si fuera constitutiva.
Es un error de lectura.
Quien intenta autofundarse en su propio goce no logra nunca
coincidir consigo mismo. Solo puede producir una sutura violenta mediante
operaciones del lenguaje.
La nominación señala precisamente ese límite.
No hay un exterior estable que funcione como fundamento.
Tampoco existe un punto desde el cual alguien pueda nombrarse a sí mismo.
No puedo nombrarme.
La botella de Klein muestra que el espacio no preexiste al
recorrido. El espacio se produce en el propio movimiento de la superficie.
Por eso la nominación no proporciona una unidad del alma. Lo
que hace es introducir una consistencia allí donde ninguna autofundación
resulta posible.
Nombra aquello que no puede reconocerse a sí mismo.
La nominación en la práctica analítica
La cuestión práctica puede formularse mediante dos
preguntas.
¿Cuándo se vuelve soportable una nominación?
¿Y cómo puede hacerse uso de ella sin convocar
inmediatamente al sentido?
La nominación está presente desde el comienzo de un
análisis. Aparece cada vez que la asociación libre se detiene y surge una
formulación del tipo: “yo soy así”, “yo soy esto”, “yo soy de esta manera”.
También puede venir del lado del analista.
La dificultad es que toda nominación participa del
significante y, por lo tanto, tiende inevitablemente a convocar cadenas de
sentido. No existe una técnica capaz de eliminar completamente ese efecto.
Aquí entramos en lo que Miller llama las cosas de finura.
No hay una matemática que determine cuándo alguien puede
soportar una nominación o cuándo una nominación logrará reducir el sentido en
lugar de multiplicarlo. Se trata de un cálculo clínico singular.
La interpretación y la nominación operan de manera opuesta.
La interpretación deslocaliza la fijación del cuerpo en el
sentido. Hace vacilar las identificaciones. Permite que el cuerpo equivoque el
sentido.
La nominación, por el contrario, localiza.
Localiza al hablante en su cuerpo, pero al precio de
desconcertarlo.
La interpretación hace hablar. La nominación fija algo que
no logra decirse.
La interpretación moviliza. La nominación detiene.
La interpretación desfija. La nominación fija.
Se produce entonces una transformación: de una serie móvil
de predicados a un significante que fija sin describir. Un significante que
acota el desplazamiento en lugar de alimentarlo.
La diferencia entre “ser” y “estar” permite captar algo de
esta operación.
La nominación apunta a un ser-ahí. El sujeto, en cambio,
suele intentar reducirla a un estar, esperando que aquello sea transitorio,
reversible o contingente.
Pero lo que se juega en la nominación no es un estado. Es
una modalidad de existencia.
Lo que vuelve soportable la nominación es precisamente el
trabajo previo de reducción del sentido producido por la asociación libre.
La asociación va desgastando las cadenas significantes hasta
aislar un punto que ya no remite a ningún sentido disponible para quien habla.
Es únicamente allí donde la nominación puede encontrar su
lugar.
Lo que transmite el discurso analítico es, finalmente, la
posibilidad de autorizarse a soportar una nominación sin garantía.
Discusión
La conversación se abrió a partir de una pregunta sobre la
diferencia entre signo y significante, una distinción que había quedado
sugerida durante la exposición. La respuesta condujo rápidamente a dos
tradiciones distintas. Por un lado, la tradición saussuriana, donde el signo
designa la unión contingente entre significante y significado. Por otro, la
tradición peirceana, retomada parcialmente por Lacan, donde el signo puede
pensarse como aquello que se capta por sus efectos.
A partir de allí comenzó a delinearse una idea que
reaparecería varias veces durante la discusión: la nominación no se deja pensar
únicamente como un fenómeno significante. Hay algo que hace signo antes de ser
articulado, algo que se manifiesta por sus efectos en el cuerpo, por una
perturbación de la cadena significante o por una reverberación que no logra
reducirse a un sentido ya disponible. La nominación aparecería entonces como la
fijación de ese punto.
La pregunta por María condujo inmediatamente hacia el
problema de lo femenino. No se trataba de preguntar si María representaba a las
mujeres en general ni de oponer simplemente lo femenino a lo masculino. Más
bien surgió la hipótesis de que lo femenino nombra una dimensión que
históricamente la modernidad ha tenido dificultades para alojar.
La referencia a la fórmula lacaniana según la cual “La Mujer
no existe” permitió desplazar la cuestión. Lo femenino fue situado menos como
una identidad que como un problema, algo que sólo puede percibirse
indirectamente, por sus resonancias, por un resplandor que se manifiesta en el
cuerpo antes de estabilizarse en una representación.
En ese contexto reapareció la cuestión de la pasividad
contenida en keharitomene. El participio perfecto pasivo parecía ofrecer
una vía privilegiada para pensar una nominación que no procede del sujeto
mismo. Algo viene de otro lugar y afecta una existencia antes de que esa
existencia pueda apropiárselo. El acceso a una nominación exige algún tipo de
mediación.
La discusión derivó entonces hacia una crítica de la
autofundamentación contemporánea. La idea de que el sujeto podría nombrarse
enteramente a sí mismo fue presentada como una ilusión característica de
nuestra época. Frente a ella reapareció la importancia de la transferencia y de
la fórmula lacaniana según la cual uno se autoriza de sí mismo y de algunos
otros.
La referencia a la botella de Klein permitió precisar esta
cuestión desde otro ángulo. Allí se introdujo una diferencia importante entre
identidad y conveniencia. La nominación no produce una identidad entre el signo
y aquello que nombra. Tampoco establece una equivalencia. Lo que se propuso fue
una relación más delicada: un signo que conviene a una unicidad.
Esta noción de unicidad fue elaborada progresivamente. No se
trata de algo excepcional o extraordinario, sino de aquello que para alguien
retorna siempre del mismo modo, aquello que itera a lo largo de una existencia.
La nominación no crea esa unicidad; la localiza. De allí la paradoja que
reapareció varias veces durante la conversación: algo queda fundado en el
momento mismo en que se reconoce, pero sólo puede reconocerse porque, de algún
modo, siempre había estado allí.
El ejemplo de María reapareció entonces bajo una forma
distinta. Cuando la tradición le atribuye la fórmula “yo soy la Inmaculada
Concepción”, la nominación deja de funcionar como descripción de un estado y
pasa a operar como designación de una existencia. No dice qué tiene alguien;
dice qué es. En ese sentido, la nominación detiene el movimiento indefinido del
sentido.
Esta observación condujo a una nueva comparación con la
interpretación. Mientras la interpretación idealmente no introduce nada y se
orienta por el principio de abstinencia, la nominación fija algo. La
interpretación permite que el sentido se desplace; la nominación produce una
detención. Ambas operaciones aparecieron así como complementarias y no
simplemente opuestas.
A partir de allí la discusión se desplazó hacia una posible
clínica de la nominación. La pregunta inicial fue si la nominación funcionaba
de la misma manera en la neurosis y en la psicosis. La respuesta evitó resolver
el problema rápidamente y propuso, en cambio, complejizarlo.
Antes que distinguir simplemente entre presencia o ausencia
del Nombre-del-Padre, se sugirió explorar las distintas modalidades de
funcionamiento de la nominación. Esto abría preguntas nuevas. ¿Opera de la
misma manera en una fobia que en una neurosis obsesiva? ¿Qué ocurre cuando una
nominación desencadena una psicosis? ¿Y qué ocurre cuando una nominación
funciona como principio de anudamiento?
La conversación fue desplazándose progresivamente desde la
tipología clásica hacia una lógica más cercana al nudo. La clínica estructural
seguía siendo considerada indispensable, pero ya no parecía suficiente para
captar la singularidad de cada caso.
Esta cuestión reapareció cuando se propuso pensar la
relación entre tipología y topología. Lejos de presentarlas como alternativas
excluyentes, la discusión intentó articularlas. Los tipos clínicos conservan su
utilidad. Los hablantes efectivamente se agrupan según ciertas regularidades
estructurales. Una histeria no es una neurosis obsesiva y una paranoia no se
transforma espontáneamente en otra cosa.
Sin embargo, la topología permitiría introducir un nivel
suplementario de precisión. Allí donde la tipología orienta, la topología
permitiría seguir el modo singular en que una existencia se anuda.
La comparación con la física sirvió para ilustrar esta
relación. Del mismo modo que la física relativista no invalida la física
newtoniana sino que la incluye dentro de un marco más amplio, la topología no
vendría a reemplazar la estructura sino a permitir una lectura más fina de
aquello que la estructura ya había aislado.
Esto llevó nuevamente a la cuestión del Nombre-del-Padre. En
lugar de tomarlo como principio organizador universal, comenzó a formularse una
hipótesis distinta: el Nombre-del-Padre sería un caso particular de la
nominación.
Esa inversión permitía ampliar considerablemente el campo
clínico. Del mismo modo que la angustia había sido presentada como un caso
particular de acontecimiento de cuerpo, el Nombre-del-Padre podía ser pensado
como una modalidad específica de nominación entre otras posibles.
Desde esa perspectiva, tanto la neurosis como la psicosis
podían releerse de otra manera. En algunos casos el Nombre-del-Padre podía
funcionar como anudador; en otros, como desencadenante. La cuestión dejaba de
ser su simple presencia o ausencia para pasar a interrogar el modo preciso de
su funcionamiento.
La referencia a Schreber y a Joyce ilustró esta posibilidad.
El mismo operador podía producir efectos radicalmente diferentes según la forma
en que interviniera en la economía singular del sujeto.
La conversación volvió finalmente sobre María. Una pregunta
particularmente fecunda se interrogó acerca de la reacción de María frente a la
nominación. ¿Qué ocurre entre el momento en que recibe la palabra y aquello que
hace con ella?
La respuesta se detuvo en un detalle del texto evangélico:
María aparece pensando.
Antes que una revelación triunfal o una comprensión
inmediata, el relato muestra una turbación corporal y una pregunta. María se
interroga acerca del sentido del saludo recibido. El acontecimiento no produce
una certeza; produce una división.
Esta observación permitió reformular nuevamente la función
de la nominación. No transmite un sentido acabado. Introduce una ruptura en el
sentido. Funciona como un borde.
La insistencia filológica sobre el carácter de hápax de keharitomene
reapareció entonces bajo una luz nueva. La singularidad de la palabra no
constituía un simple dato lingüístico, sino una indicación de su función. La
nominación opera allí donde la cadena significante deja de ofrecer apoyos
suficientes.
La discusión concluyó con una formulación que pareció
condensar buena parte del recorrido realizado. Mientras el Nombre-del-Padre
nombra a condición de introducir en una serie, la nominación, tal como aparece
en esta elaboración, apunta a extraer algo de la serie.
No se trata de una diferencia sin consecuencias. La
inscripción en una serie produce pertenencia y ordenamiento. La extracción de
la serie produce singularización.
La conversación dejó abierta la pregunta por las distintas formas clínicas de esa singularización, así como por los modos en que una nominación puede anudar, desencadenar o sostener una existencia. Más que resolver esas cuestiones, la discusión pareció delimitar un nuevo campo de trabajo donde la noción de nominación podría adquirir un alcance más amplio que el tradicionalmente atribuido al Nombre-del-Padre.