martes, 19 de noviembre de 2024

¿Qué es posible en un psicoanálisis a distancia?

Texto de la presentación en el evento de la UNAD Encuentro de saberes: Desafíos para la Atención de Salud Mental en la era digital

Se hace lo que es posible, lo imposible no se puede hacer.

Este principio que parece de Perogrullo delinea lo que los psicoanalistas que seguimos a Lacan llamamos un real, pues el real de Lacan al oponerse a lo posible se define como lo imposible.

Al marcarse lo imposible, en el sentido de lo que hace un futbolista con otro en la cancha, se alivia la tendencia neurótica a la impotencia que está sostenida sobre los ideales que lo recubren, lo relativizan y lo vuelven borroso en el nombre de lo bueno, lo bello o lo verdadero. Sobre todo, en una época que insiste sin ninguna clase de vergüenza en que todo es posible.

La pandemia nos obligó a pensar en lo que era posible para el psicoanálisis cuando el encuentro de los cuerpos estaba seriamente impedido. En mi práctica ya me había encontrado en circunstancias similares, como las migraciones masivas o las protestas generalizadas en Venezuela durante la década pasada. Pero nada se comparaba con esta suspensión simultánea de la presencia a nivel global durante los aislamientos causados por la pandemia.

Se desglosaron a partir de allí tres tipos de fenómeno relacionados con el uso que se le puede dar a un psicoanalista en la sesión y en el transcurrir de un proceso psicoanalítico: Las formaciones del inconsciente, los objetos pulsionales y lo que llama Jacques-Alain Miller el misterio del cuerpo hablante.

Estos tres tipos de fenómeno están habitualmente trenzados en una sesión en consultorio, de manera que es difícil aproximarse a cada uno de ellos a no ser de una manera teórica o especulativa. Pero el impacto de la pandemia por una parte y de la generalización de las videollamadas por la otra, han hecho evidente la superposición y entrelazamiento de tres cuestiones radicalmente diferentes. Este entrelazamiento plantea diferentes momentos de un recorrido analítico, pero por más que se puedan distinguir tres períodos del recorrido en los cuales se acentúe primero las formaciones del inconsciente, luego los objetos pulsionales y finalmente el cuerpo hablante, los tres se encuentran desde el comienzo hasta el final, y su nudo se arremolina alrededor de la persona del psicoanalista.

El psicoanalista como receptor de las formaciones del inconsciente.

La formación del inconsciente reina en una sesión analítica es el lapsus liguae. Del discreto catálogo de formaciones del inconsciente que formuló Freud y que esclareció Lacan, el llamado lapsus es el que sucede in situ, y es prácticamente el objetivo de la asociación libre. No se sueña en sesión, aunque se puedan relatar allí los sueños; los actos fallidos o los olvidos pueden impedir que la sesión misma se desarrolle – alguien puede llegar tarde u olvidar que tenía sesión. Pero solo a posteriori eso se convertirá en objeto de discurso del analizante. El chiste o agudeza puede acontecer en una sesión, pero por lo general está sostenida en la misma materialidad de un lapsus. El lapsus muestra en acto el corte de la cadena significante que es el acontecimiento principal por el que el psicoanalista se orienta mientras oye al analizante.

El lapsus acontece mientras se habla. Quien se analiza puede llorar o reír, pero el psicoanálisis lo único que realmente exige de alguien es que siga hablando y trate de no pensar en lo que dice. Esto inevitablemente va a llevar a dos formas de lapsus o cortes de la cadena: la equivocación como tal, y el equívoco. La equivocación es la que más se tiene presente, pero el equívoco es más sutil. Es una forma de lapsus que aprovecha integralmente el defecto y la virtud más grande del lenguaje que es que diferentes significados pueden escucharse de una misma palabra, o esta puede tener homónimos, o el sonido de las palabras al combinarse pueden producir otras palabras mientras se habla.

La formación del inconsciente como tal es un primer nivel de lo que sucede en un análisis, porque el analista, atento a la materialidad de la palabra se convierte en el receptor de su equivocidad o de su tropiezo. Y este nivel es plenamente posible en la sesión a distancia por videollamada o aun por llamada telefónica. Se sostiene en una primera faceta de la transferencia, la que Lacan sitúa como Sujeto Supuesto a Saber, y podríamos decir que el analista se convierte en el receptor del mensaje del inconsciente del analizante, porque el analizante cree que el analista sabe lo que significan sus formaciones del inconsciente.

Podemos, además, utilizando una distinción que realiza Lacan en “La Dirección de la Cura y los Principios de su Poder”, equiparar este nivel con el de la interpretación o el de la táctica en el juego de estrategia que es un psicoanálisis. En este nivel encontramos los conceptos fundamentales de inconsciente como rasgadura del discurso y de transferencia, en cuanto sujeto supuesto a saber.

El psicoanalista como marco de los objetos pulsionales.

Pero está la otra faceta de la transferencia. En ésta el analizante aprovecha algunos accidentes de la persona del analista para reencontrar ahí los objetos que son la causa de su recorrido pulsional. Estando el objeto pulsional perdido por esencia, el sujeto lo fantasea como existiendo en el lugar al que se dirige cuando habla, con lo que vela el agujero del objeto. Esto le permite reconstruir sus modalidades de amor y de odio, actualizar sus fantasías inconscientes e ir apropiándoselas, sea para desecharlas o para hacer otro uso de ellas. Para Lacan, este es el nivel estratégico del análisis, el nivel de la transferencia donde está preso de la atribución objetual por parte de quien se dirige a él.

En algunos casos este nivel puede realizarse en la videollamada mediante la mirada y la voz del analista. Si lo pensamos un poco, el aparato libidinal de los hablantes contemporáneos ya está de alguna manera habituado a este funcionamiento con los desarrollos tecnológicos desde la radio hasta el celular. La profusión de pantallas llena la vida de los hablantes de objetos pulsionales a distancia y el psicoanalista no hace sino dejarse ubicar en esta serie en la que queda prisionero.

Lacan planteaba que el psicoanalista es más libre en el nivel táctico que en el estratégico porque puede decidir cuándo interpretar y cuándo cortar, pero no puede decidir la atribución de objeto en la que se soporta la transferencia de quien le habla.

En este nivel encontramos entonces los conceptos fundamentales de pulsión, por el recorrido con los objetos y de transferencia en su vertiente libidinal.

El psicoanalista como lugar de encuentro con el misterio del cuerpo hablante.

Este es el nivel político del psicoanálisis, es decir, a lo que el psicoanálisis debe tender. Es el objeto de la formación psicoanalítica y al mismo tiempo el lugar donde el análisis puede encontrar su resolución. Es decir, el cuerpo hablante es el fin del análisis, entendido como término y como objetivo. En este nivel no se opera con la interpretación que realiza por sí mismo el equívoco, ni con la construcción de las fantasías inconscientes que paulatinamente va realizando el analizante con los retazos que se le revelan, sino que nos guiamos sobre todo por el concepto fundamental de repetición, que es el modo como el hablante marca su imposible.

Aquí se opera con las resonancias que en el cuerpo se experimentan por su encuentro traumático con el hecho de que la lengua no alcanza para definirlo como hombre o como mujer.

Es cierto que hay algo del cuerpo hablante en la descarga libidinal que puede producir un equívoco convertido en chiste en una sesión a distancia o en el alivio que produce el cambio de posición subjetiva a partir de la localización de sus coordenadas fantasmáticas. Pero aquí comienza la problemática más intensa de un análisis a distancia. Y por eso merece la pena preguntarse: ¿Es posible hacer un recorrido psicoanalítico íntegro sin la presencia del cuerpo del psicoanalista, sin que los cuerpos de psicoanalista y psicoanalizante se encuentren en el mismo lugar al mismo tiempo?

Esta me parece que es la pregunta que la pandemia dejó a los psicoanalistas y que es el objeto de la investigación actual. Hay psicoanalistas que responden un “no” tajante, hay otros psicoanalistas cuyo “no” no parece tan absoluto. Nadie que yo haya leído o escuchado en ese vasto movimiento global que ahora es la orientación lacaniana de Jacques-Alain Miller se atreve a dar un rotundo “sí” como respuesta a esta cuestión.


Lo posible, lo imposible y la invención

Una vez me pregunté si el cuerpo a cuerpo era un signo del psicoanálisis, un modo de sostener su especificidad. En los tratamientos actuales hay algunos que se realizan así a distancia, otros que se realizan en consultorio y otros que mezclan las dos modalidades con diferentes intensidades y frecuencias. Por ejemplo, en las recientes lluvias intensas en Bogotá, algunas personas que no podían llegar al consultorio pidieron hacer sus sesiones por videollamada. Es una vía que está facilitada y llegó para quedarse.

Lo cual plantea la otra pregunta de vuelta. Cuando los psicoanalistas trabajamos con alguien a distancia, sea por videollamada o por alguna herramienta como Zoom o Google Meet, ¿Qué estamos haciendo? Gracias a la coyuntura actual sabemos que existen esos tres tipos de fenómenos cuyo nudo se daba por descontado en una sesión presencial de psicoanálisis. El impacto de la pandemia y del desarrollo de las tecnologías que nos permiten comunicarnos instantáneamente con voz e imagen quizás contribuyeron a su desanudamiento. Pero hay que decir que Freud, Lacan, Miller y otros nos habían preparado para esta circunstancia.

Tal vez habría que considerar si los hablantes que usan al psicoanálisis desde esta modalidad estarán inventando modos para encontrarse con aquello a lo que no se puede acceder mediante la llamada virtualidad. Es evidente que se realiza un trabajo psicoanalítico y que este trabajo está dando como resultado que se discuta esta cuestión y que se presenten casos en las escuelas de psicoanálisis. Habría que explorar las modalidades que está encontrando el misterio del cuerpo hablante para manifestarse en el análisis aun cuando la presencia del cuerpo del psicoanalista no es posible.

Mi hipótesis es que el sujeto paga el precio de una repetición más intensa para compensar la virtualidad del cuerpo del psicoanalista, mientras que el psicoanalista debe hacerse presente de una manera más resonante mediante lo que tiene a disposición, la voz, la mirada, pero también extender su presencia virtual muchas veces flexibilizando la comunicación por WhatsApp y otros medios para atajar los efectos de esa repetición más intensa.

Se puede decir de otra manera más precisa: La presencia del psicoanalista atenúa la fuerza de la compulsión a la repetición, que es el único instrumento que durante buena parte del análisis y en general en la vida tiene el hablante para arreglárselas con lo que de sí mismo lo mete en problemas, y hasta hace relativamente poco tiempo no teníamos que preocuparnos por lo que sucede con un análisis que no obtiene como uno de sus beneficios el alivio que resulta del encuentro presencial con el psicoanalista.

La presencia del psicoanalista toma entonces una densidad nueva a partir de la virtualidad de estas nuevas modalidades del análisis, lo cual obliga a inventar las suplencias necesarias para atenuar lo que por la virtualidad de la palabra y de los objetos pulsionales puestos en la transferencia no se puede atajar de la repetición.

En fin, se hace lo que es posible y lo que es imposible no se puede hacer. Sin embargo, el campo de lo que es posible se amplía con la invención, pero para inventar debemos tener en cuenta dos cosas: en primer lugar, que, si los principios sobre los que se soporta el psicoanálisis no son respetados, quedaremos desorientados; en segundo lugar, que por más que podamos ampliar el campo de lo posible mediante la invención, lo imposible en sí mismo no se agota, pero se puede marcar para alguien, y a eso es a lo llamamos un psicoanálisis.

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