Texto de la presentación en el evento de la UNAD Encuentro de saberes: Desafíos para la Atención de Salud Mental en la era digital
Se hace lo que es posible, lo imposible no se puede hacer.
Este principio que parece de Perogrullo delinea lo que los
psicoanalistas que seguimos a Lacan llamamos un real, pues el real de Lacan al
oponerse a lo posible se define como lo imposible.
Al marcarse lo imposible, en el sentido de lo que hace un
futbolista con otro en la cancha, se alivia la tendencia neurótica a la
impotencia que está sostenida sobre los ideales que lo recubren, lo relativizan
y lo vuelven borroso en el nombre de lo bueno, lo bello o lo verdadero. Sobre todo,
en una época que insiste sin ninguna clase de vergüenza en que todo es posible.
La pandemia nos obligó a pensar en lo que era posible para
el psicoanálisis cuando el encuentro de los cuerpos estaba seriamente impedido.
En mi práctica ya me había encontrado en circunstancias similares, como las
migraciones masivas o las protestas generalizadas en Venezuela durante la
década pasada. Pero nada se comparaba con esta suspensión simultánea de la
presencia a nivel global durante los aislamientos causados por la pandemia.
Se desglosaron a partir de allí tres tipos de fenómeno relacionados con el uso que se le puede dar a un psicoanalista en la sesión y en el transcurrir de un proceso psicoanalítico: Las formaciones del inconsciente, los objetos pulsionales y lo que llama Jacques-Alain Miller el misterio del cuerpo hablante.
Estos tres tipos de fenómeno están habitualmente trenzados
en una sesión en consultorio, de manera que es difícil aproximarse a cada uno
de ellos a no ser de una manera teórica o especulativa. Pero el impacto de la
pandemia por una parte y de la generalización de las videollamadas por la otra,
han hecho evidente la superposición y entrelazamiento de tres cuestiones
radicalmente diferentes. Este entrelazamiento plantea diferentes momentos de un
recorrido analítico, pero por más que se puedan distinguir tres períodos del
recorrido en los cuales se acentúe primero las formaciones del inconsciente,
luego los objetos pulsionales y finalmente el cuerpo hablante, los tres se
encuentran desde el comienzo hasta el final, y su nudo se arremolina alrededor
de la persona del psicoanalista.
El psicoanalista como receptor de las formaciones del inconsciente.
La formación del inconsciente reina en una sesión analítica
es el lapsus liguae. Del discreto catálogo de formaciones del
inconsciente que formuló Freud y que esclareció Lacan, el llamado lapsus es el
que sucede in situ, y es prácticamente el objetivo de la asociación
libre. No se sueña en sesión, aunque se puedan relatar allí los sueños; los
actos fallidos o los olvidos pueden impedir que la sesión misma se desarrolle –
alguien puede llegar tarde u olvidar que tenía sesión. Pero solo a
posteriori eso se convertirá en objeto de discurso del analizante. El
chiste o agudeza puede acontecer en una sesión, pero por lo general está sostenida
en la misma materialidad de un lapsus. El lapsus muestra en acto el corte de la
cadena significante que es el acontecimiento principal por el que el
psicoanalista se orienta mientras oye al analizante.
El lapsus acontece mientras se habla. Quien se analiza puede
llorar o reír, pero el psicoanálisis lo único que realmente exige de alguien es
que siga hablando y trate de no pensar en lo que dice. Esto inevitablemente va
a llevar a dos formas de lapsus o cortes de la cadena: la equivocación como
tal, y el equívoco. La equivocación es la que más se tiene presente, pero el
equívoco es más sutil. Es una forma de lapsus que aprovecha integralmente el
defecto y la virtud más grande del lenguaje que es que diferentes significados
pueden escucharse de una misma palabra, o esta puede tener homónimos, o el
sonido de las palabras al combinarse pueden producir otras palabras mientras se
habla.
La formación del inconsciente como tal es un primer nivel de
lo que sucede en un análisis, porque el analista, atento a la materialidad de
la palabra se convierte en el receptor de su equivocidad o de su tropiezo. Y este
nivel es plenamente posible en la sesión a distancia por videollamada o aun por
llamada telefónica. Se sostiene en una primera faceta de la transferencia, la
que Lacan sitúa como Sujeto Supuesto a Saber, y podríamos decir que el analista
se convierte en el receptor del mensaje del inconsciente del analizante, porque
el analizante cree que el analista sabe lo que significan sus formaciones del
inconsciente.
Podemos, además, utilizando una distinción que realiza Lacan
en “La Dirección de la Cura y los Principios de su Poder”, equiparar este nivel
con el de la interpretación o el de la táctica en el juego de estrategia que es
un psicoanálisis. En este nivel encontramos los conceptos fundamentales de inconsciente
como rasgadura del discurso y de transferencia, en cuanto sujeto supuesto a
saber.
El psicoanalista como marco de los objetos pulsionales.
Pero está la otra faceta de la transferencia. En ésta el analizante
aprovecha algunos accidentes de la persona del analista para reencontrar ahí los
objetos que son la causa de su recorrido pulsional. Estando el objeto pulsional
perdido por esencia, el sujeto lo fantasea como existiendo en el lugar al que
se dirige cuando habla, con lo que vela el agujero del objeto. Esto le permite reconstruir
sus modalidades de amor y de odio, actualizar sus fantasías inconscientes e ir
apropiándoselas, sea para desecharlas o para hacer otro uso de ellas. Para
Lacan, este es el nivel estratégico del análisis, el nivel de la transferencia
donde está preso de la atribución objetual por parte de quien se dirige a él.
En algunos casos este nivel puede realizarse en la
videollamada mediante la mirada y la voz del analista. Si lo pensamos un poco, el
aparato libidinal de los hablantes contemporáneos ya está de alguna manera habituado
a este funcionamiento con los desarrollos tecnológicos desde la radio hasta el
celular. La profusión de pantallas llena la vida de los hablantes de objetos
pulsionales a distancia y el psicoanalista no hace sino dejarse ubicar en esta
serie en la que queda prisionero.
Lacan planteaba que el psicoanalista es más libre en el
nivel táctico que en el estratégico porque puede decidir cuándo interpretar y
cuándo cortar, pero no puede decidir la atribución de objeto en la que se
soporta la transferencia de quien le habla.
En este nivel encontramos entonces los conceptos
fundamentales de pulsión, por el recorrido con los objetos y de transferencia
en su vertiente libidinal.
El psicoanalista como lugar de encuentro con el misterio del cuerpo
hablante.
Este es el nivel político del psicoanálisis, es decir, a lo
que el psicoanálisis debe tender. Es el objeto de la formación psicoanalítica y
al mismo tiempo el lugar donde el análisis puede encontrar su resolución. Es
decir, el cuerpo hablante es el fin del análisis, entendido como término y como
objetivo. En este nivel no se opera con la interpretación que realiza por sí
mismo el equívoco, ni con la construcción de las fantasías inconscientes que
paulatinamente va realizando el analizante con los retazos que se le revelan,
sino que nos guiamos sobre todo por el concepto fundamental de repetición, que
es el modo como el hablante marca su imposible.
Aquí se opera con las resonancias que en el cuerpo se
experimentan por su encuentro traumático con el hecho de que la lengua no
alcanza para definirlo como hombre o como mujer.
Es cierto que hay algo del cuerpo hablante en la descarga
libidinal que puede producir un equívoco convertido en chiste en una sesión a
distancia o en el alivio que produce el cambio de posición subjetiva a partir
de la localización de sus coordenadas fantasmáticas. Pero aquí comienza la
problemática más intensa de un análisis a distancia. Y por eso merece la pena
preguntarse: ¿Es posible hacer un recorrido psicoanalítico íntegro sin la
presencia del cuerpo del psicoanalista, sin que los cuerpos de psicoanalista y
psicoanalizante se encuentren en el mismo lugar al mismo tiempo?
Esta me parece que es la pregunta que la pandemia dejó a los
psicoanalistas y que es el objeto de la investigación actual. Hay
psicoanalistas que responden un “no” tajante, hay otros psicoanalistas cuyo
“no” no parece tan absoluto. Nadie que yo haya leído o escuchado en ese vasto
movimiento global que ahora es la orientación lacaniana de Jacques-Alain Miller
se atreve a dar un rotundo “sí” como respuesta a esta cuestión.
Lo posible, lo imposible y la invención
Una vez me pregunté si el cuerpo a cuerpo era un signo del psicoanálisis, un modo de sostener su especificidad. En los tratamientos
actuales hay algunos que se realizan así a distancia, otros que se realizan en
consultorio y otros que mezclan las dos modalidades con diferentes intensidades
y frecuencias. Por ejemplo, en las recientes lluvias intensas en Bogotá,
algunas personas que no podían llegar al consultorio pidieron hacer sus
sesiones por videollamada. Es una vía que está facilitada y llegó para quedarse.
Lo cual plantea la otra pregunta de vuelta. Cuando los
psicoanalistas trabajamos con alguien a distancia, sea por videollamada o por
alguna herramienta como Zoom o Google Meet, ¿Qué estamos haciendo? Gracias a la
coyuntura actual sabemos que existen esos tres tipos de fenómenos cuyo nudo se
daba por descontado en una sesión presencial de psicoanálisis. El impacto de la
pandemia y del desarrollo de las tecnologías que nos permiten comunicarnos
instantáneamente con voz e imagen quizás contribuyeron a su desanudamiento.
Pero hay que decir que Freud, Lacan, Miller y otros nos habían preparado para
esta circunstancia.
Tal vez habría que considerar si los hablantes que usan al
psicoanálisis desde esta modalidad estarán inventando modos para encontrarse
con aquello a lo que no se puede acceder mediante la llamada virtualidad. Es
evidente que se realiza un trabajo psicoanalítico y que este trabajo está dando
como resultado que se discuta esta cuestión y que se presenten casos en las
escuelas de psicoanálisis. Habría que explorar las modalidades que está
encontrando el misterio del cuerpo hablante para manifestarse en el análisis
aun cuando la presencia del cuerpo del psicoanalista no es posible.
Mi hipótesis es que el sujeto paga el precio de una
repetición más intensa para compensar la virtualidad del cuerpo del
psicoanalista, mientras que el psicoanalista debe hacerse presente de una
manera más resonante mediante lo que tiene a disposición, la voz, la mirada,
pero también extender su presencia virtual muchas veces flexibilizando la
comunicación por WhatsApp y otros medios para atajar los efectos de esa
repetición más intensa.
Se puede decir de otra manera más precisa: La presencia del
psicoanalista atenúa la fuerza de la compulsión a la repetición, que es el único
instrumento que durante buena parte del análisis y en general en la vida tiene
el hablante para arreglárselas con lo que de sí mismo lo mete en problemas, y
hasta hace relativamente poco tiempo no teníamos que preocuparnos por lo que
sucede con un análisis que no obtiene como uno de sus beneficios el alivio que
resulta del encuentro presencial con el psicoanalista.
La presencia del psicoanalista toma entonces una densidad
nueva a partir de la virtualidad de estas nuevas modalidades del análisis, lo
cual obliga a inventar las suplencias necesarias para atenuar lo que por la
virtualidad de la palabra y de los objetos pulsionales puestos en la
transferencia no se puede atajar de la repetición.
En fin, se hace lo que es posible y lo que es imposible no
se puede hacer. Sin embargo, el campo de lo que es posible se amplía con la
invención, pero para inventar debemos tener en cuenta dos cosas: en primer
lugar, que, si los principios sobre los que se soporta el psicoanálisis no son
respetados, quedaremos desorientados; en segundo lugar, que por más que podamos
ampliar el campo de lo posible mediante la invención, lo imposible en sí mismo no
se agota, pero se puede marcar para alguien, y a eso es a lo llamamos un
psicoanálisis.
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