El acto de fundación es un acto de legislación sobre el
goce.
Lo que el acto de fundación en su primer aserto ya había
conseguido en relación con la política, lo realizan los siguientes párrafos en
relación con la episteme: desplazar el lugar del Otro como garante sin
abolirlo.
Es en ese marco que el goce del saber recibe su tratamiento
mediante el dispositivo del cartel.
El Otro como garante facilita una coartada que es necesario cada vez desarmar: el goce es del Otro. A esto se opone Lacan cuando se propone “responder por la escuela”, lo que podría muy bien estar inscrito en su frontispicio: quien llegue a esta escuela, se compromete a responder por ella.
Si el acento está en el acto y en mi goce, alguna forma de
control es necesario establecer. La escuela debe estar ahí para proveer de los
medios que tenga disponibles para esa función.
Es formidable que, aunque el acto de fundación se escribiera
antes de que Lacan concibiera al Otro como una función del Uno y al goce como
algo en lo que uno patalea o en el mejor de los casos aprende a nadar, el texto
se avenga tan bien a esta relectura desde la cual se puede plantear qué Otro le
conviene que sea la escuela y cuál goce puede soportar.
El cartel, entendido como respuesta al problema del “control
interno y externo” al que se compromete quien se acerque a la escuela, soporta
la exigencia de tramitar cada vez las respuestas a estas preguntas.
Esto no ha sido sin pagar un precio en una serie de desplazamientos
que se constatan. Cuando comencé hace casi 30 años con mi primer cartel las
reglas eran:
·
Presencialidad;
·
Si no está alguno no hay reunión;
·
Si se sale alguno se disuelve;
·
Todos los miembros del cartel deben presentar al
final;
·
De un recorrido de entre uno y dos años.
Hoy, un cartel sometido a esas reglas de funcionamiento
sería prácticamente imposible. Una escuela concebida así no hubiera soportado
el impacto de la última enseñanza de Lacan, ¡qué digo una escuela, un país!
Ahora, si falta alguien en la reunión de Zoom, igual se
reúne el cartel; si el cartel se sigue reuniendo después de un rato, ya se le
puede pedir a sus miembros que presenten algo en las jornadas de la escuela, si
es que quieren.
Culpemos al neoliberalismo si queremos. Pero para no
endilgarle este desplazamiento a las leyes de la selección natural, tenemos que
intentar leer las mutaciones en el régimen de goce que soporta su
funcionamiento: Se trata de un desplazamiento de la función del Otro que es la
consecuencia lógica del acto de fundación de 1964 y de la proposición de
octubre de 1967.
Si en el desplazamiento del funcionamiento institucional se
lee un cambio de régimen de goce, solo hay manera de saberlo por un
desplazamiento en el régimen de escritura.
Ahí juegan inevitablemente los análisis de cada uno. Hay un
momento del análisis en que el Otro es necesariamente el garante de lo que se
escribe, al menos se demanda que sea así. Puede ser para que oriente, o para
que se oponga, para que escuche, para que mire, para que reconozca, para que
castigue. Es el régimen fantasmático del análisis. Ahí escribir o no escribir
está inmerso en esa economía pesadillezca de inhibiciones, síntomas y
angustias. Es la escritura bajo garantía del Otro.
Hay otro momento donde el Otro al caer, deja desorientada a la
escritura. Ahí invitar a escribir es un despropósito. Porque todavía el
circuito de la demanda no se ha despejado, pero ya no se puede ubicar con
facilidad desde dónde viene esa demanda. El hablante ha erosionado su Otro y
sospecha de él, está autoparanoizado. Es la escritura bajo caída del Otro.
Hay un tercer momento donde, si se da esta solución,
escribir brota como de una fuente inmanente que siempre estuvo ahí. Es la
escritura de la inmanencia del decir.
Estas tipologías siempre hay que tomarlas con cuidado de no hacerlas
demasiado consistentes y usarlas en un sentido en el que definitivamente no son
teorías, pero tampoco son parodias. En todo caso sirven para mostrar que hay
cambios de regímenes de goce y de escritura, que exigen de ciertas funciones un
saber-leer, operación que nos interesa sobre todo en cuanto tiene consecuencias
epistémicas y políticas sobre la labor del más-uno.
En el régimen de la escritura bajo la garantía del Otro, el más-uno
debe saber ponerse de tal manera como para que se produzca algo y, al mismo
tiempo, irse tachando poco a poco para que el cartelizante pueda saborear la
soledad de su responsabilidad enunciativa sin aterrorizarse y salir a buscar
esa función en otra parte. En el régimen bajo caída del Otro, el más-uno debe
acompañar sin empujar, y sin soltar. Saber que está bajo riesgo de
transferencia negativa en cada paso. Es una posición inhumana. En el régimen de
la inmanencia del decir, el Otro es un compañero y un interlocutor. El más-uno
debe saber ubicarse entre una función meramente institucional y alguien que es
capaz de sacar lo mejor de un escrito, algo que se aproxima a un editor. El
hablante ahí puede soportar eso, siempre y cuando no se trate el más-uno de
ubicar como juez, pues ahí caería en el ridículo, o dejar caer la
interlocución, lo cual es desde la perspectiva de la posición del más-uno un
deslizamiento ético grave.
Cada régimen de escritura está articulado a un saber hacer
ahí del más-uno del cartel, y es al mismo tiempo una respuesta a las
modulaciones que el Otro va encontrando en un recorrido analítico. Modulaciones
que alcanzan su paroxismo cuando el decir no depende de la hipóstasis del
sujeto con el Otro, sino de su descoyuntamiento.
Lo que hace del cartel un dispositivo de control del goce
enunciativo, análogo a la función del análisis respecto del decir. De allí que
el acto de fundación, pese a sus apariencias, opere como una legislación sin
soberanía ni norma universal, orientada a regularse por su propio
funcionamiento, hasta que deja de hacerlo. Es en esa falla donde se verifica su
potencia, al permitir delimitar un síntoma que puede ser conversado o, al
menos, situado.
El desplazamiento de la función del Otro en el análisis
encuentra una contrapartida en los desplazamientos que ha evidenciado el
funcionamiento del cartel en lo que va de siglo. Es un Otro que pasa de garante
a testigo, acompañante y promotor del decir. Esto puede dificultar la entrada a
la escuela, y sobre todo la escritura de quien necesita una cierta forma de
garantía. Es un reto para los más-uno no volverse tan perezosos que las nuevas
generaciones de neuróticos no puedan inscribirse en la escuela.
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