Carlos Márquez
"Lo que hace falta" (*) ¿Es que la falta necesita de algo que la haga? ¿No está ahí desde siempre, agazapada, entre las hojas caídas, esperando para hacer tropezar? El hecho de que no sea substancial es lo que la aviene con lo simbólico. Aparentemente el significante fálico es lo que hace la falta, pues lo que haría falta es una especie de Otro del falo.
Pero "lo que hace falta" es este agujero, el que delinea que no haya equivalente para el falo. Que haya un solo significante para las dos clases de seres sexuados. Es eso lo que compromete al falo, lo que lo sobreexige a responder por lo que no hay, lo que lo hace insubstancial.
Al no ser más que un significante, remite a otro y a otro, esos otros que se calcan de los objetos de satisfacción alrededor de los cuales la demanda del Otro o al Otro han estado organizados. Así, frente al agujero de la inexistencia de la proporción entre los sexos, el falo se comba y se desagrega, su régimen se desmorona y las aspiraciones de satisfacción se refugian en los otros objetos de la demanda. Los que al perderse se pueden recuperar, o volver a aparecer, como la teta o las heces, o que no parecen desaparecer del todo nunca, como la voz o la mirada.
Huyendo de una aparente catástrofe, uno ha quedado prisionero de esta lógica. Frente al poder del agujero que amenaza con hacer desaparecer todo lo que tiene algún valor, se instituye la esclavitud de repetir experiencias de pérdida y recuperación de los objetos pregenitales, los que estaban a mano en las primeras experiencias de satisfacción.
Hasta que uno puede decir que no. Y entonces plantearse la pregunta que quedó suspendida en el inicio. Qué haría falta que uno hiciera con este acontecimiento inesperado, ese que aunque es diferente cada vez, siempre remite a la constatación de la diferencia sexual. Ahí depende más de lo que cada uno puede hacer con eso. Ahí depende de lo que hace falta para cada uno.
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