Δεινόν [deinón]
En la convocatoria de este evento aparece muy pronto la palabra “inevitable”. Quien la redactó está apuntando a un real en su positividad, bajo la forma de “lo imposible de evitar”. Por eso titulé esta intervención con una frase que hoy puede aparecer en cualquier conversación: ¿Qué te dice la inteligencia artificial? ¿Qué te dice ChatGPT o Gemini o Claude?
Sabemos que algo es inevitable porque no nos detienen sus consecuencias, ni nuestras sospechas, ni nuestro entusiasmo. No es una ola que atraviesa el cuerpo social y deja las cosas iguales. Lo inevitable llega, se instala y nos transforma.
Y así llega a la asociación libre, a los análisis: “Le pregunté a la inteligencia artificial…”. Y nuestra reacción es del tipo: “Nunca suturarán al sujeto. Nunca domesticarán al síntoma”. Y un cierto escalofrío de quedarse sin sustento recorre el espinazo.
Afortunadamente el principio de abstinencia nos obliga a cerrar la boca y observar los efectos que va teniendo en los cuerpos, en los sujetos, en los sueños, en los inconscientes, esta ola inevitable. El psicoanálisis es una grieta precaria en un momento muy específico de la historia. Lacan creía que el sentido iba a inundar la vida humana devastada por la técnica. “El psicoanálisis no triunfará, sobrevivirá o no”, decía.
Y he aquí que tenemos a la Inteligencia Artificial, reconfigurando nuestra ontología de seres que, como no se sostienen de nada, necesitan inventarse artefactos, que nos muestran funcionamientos de nosotros mismos que no sabíamos ni siquiera si queríamos saber.
Los Grandes Modelos de Lenguaje (LLMs) hacen patéticamente visible que para nosotros cualquier cosa puede responder. Para sostener una conversación basta que resuene con quien conversa. Y de este oráculo en retail cualquiera obtiene una respuesta inmediata en su celular.
Παντοπόρος [pantopóros]
Que cualquier cosa pueda hablar forma parte de nuestra constitución. Por eso Lacan forjó el neologismo de parlêtre. Normalmente lo escuchamos desde el francés como “seres que hablan”, pero también podemos escucharlo como “el por carta”, que en un castellano más habitual habría que traducir por “el que es por correspondencia”. Por hablar, cualquier cosa nos responde: nuestro cuerpo o el del los demás, los sueños nos hablan mientras dormimos, miramos al cielo y nos hablan las estrellas, las cartas del tarot nos dicen nuestro camino. Hasta la tierra, según lo que se escucha en algunas asociaciones, nos dice que está harta de nosotros con un terremoto.
El hablaser se constituye por correspondencias: de una marca con una cosa, de un organismo con su propio ronroneo, de ese organismo con su entorno. Esas correspondencias no necesitan un agente para producir estabilizaciones, y es un lugar común que los animales hasta este punto son bastante más competentes que nosotros.
Pero el parlêtre obtiene su ser de esas correspondencias y por lo tanto necesita suponer agentes allí donde las encuentra, porque él mismo se cree ser y se cree agente de sí mismo. Desde que emerge un significante que se empareja con otro, la marca se transforma en nombre, el organismo en cuerpo, el entorno en objeto, y de vuelta el parlêtre mismo entonces supone que él es un sujeto y que todo lo demás le habla y por lo tanto debe serlo también.
Es un defecto de su ontología de pacotilla, de ser por correspondencia lo que lo hace imaginarse dioses, buscar extraterrestres y construir máquinas que le respondan.
La transformación de pares de elementos en pares de significantes constituye lo simbólico. Este nuevo orden se pliega sobre una larga tradición musical, la de las partículas subatómicas, las moléculas basadas en carbono, las organizaciones metabólicas, los sistemas ecológicos. Son sinfonías basadas en oposiciones, contradicciones, complementos o estabilizaciones precarias. Llamémosla “la red…” escrito con tres puntos suspensivos.
Como esta sinfonía conoce también la posibilidad de una nota que no encuentra su acorde, de algo que no hace par con nada de lo que “la red…” tiene disponible, cada una de las redes tiene mecanismos que absorben o eliminan esas disonancias. Es un régimen cruel pero justo, pues en medio de estas sinfonías, la emergencia de lo simbólico nos convirtió en un hit de ocho mil millones de seres hablantes.
Ἄπορος [áporos]
Pero eso vino con un precio. La red específica de lo simbólico presupone un elemento que no es susceptible de ser absorbido ni eliminado, poniéndola en una emergencia permanente. Lo llamo el simpar.
La simparidad es la efectuación de una no correspondencia inabsorbible. La disonancia imposible de evitar, es su manifestación sensible.
En 2024, en una conferencia titulada ¿De cuál singularidad estamos hablando?, me planteaba el problema de la singularidad a partir de tres campos aparentemente muy alejados: la cosmología, el psicoanálisis y la tecnología, aprovechaba esta coincidencia para encontrar una razón de estructura. En los tres casos se trata de nominar un punto de la red en el que los algoritmos que la hacen previsible y controlable encuentran un límite. La singularidad cosmológica se manifiesta como un agujero negro; la del parlêtre se encuentra en el límite de las estructuras que ordenan la repetición y el fantasma; y la tecnológica llega cuando una máquina capaz de participar en la producción de máquinas cada vez más capaces, vuelve imprevisible el desarrollo de la propia técnica.
El agujero negro estabiliza una ruptura del tejido mismo de la realidad material. La vida, una singularidad añadida a esta serie, estabiliza la producción de la diferencia. El parlêtre estabiliza el límite de la red. Y la singularidad tecnológica estabiliza la capacidad de la red para transformarse a sí misma.
Una disonancia puede ser efímera, como una mutación genética que no sobrevive a un individuo, o puede proliferar sin conseguir integrarse en la red que la aloja, como ocurre con un cáncer.
Pero de entre todas las singularidades sólo el parlêtre da como resultado el gusano que no muere y la llama que no se apaga. La disonancia que da a luz, la oscuridad que manifiesta, es lo que, a causa del pensamiento profundamente irónico de Lacan, nos atrevemos a llamar "lo real". Es el pecado original que se transmite por el decir de un hablante a su progenie.
Nosotros somos los par-letra, los que nos apareamos como letras. Por ello mismo somos el lugar donde lo real vino a estabilizarse. Porque en nosotros el mecanismo equivalente a la selección natural, que Freud aisló como principio del placer, no existe para absorber o eliminar la disonancia sino para preservarla.
Que cualquier cosa se pueda leer es algo que siempre hemos sabido. La modernidad, que quiso domesticar a Dios mismo, no puede dejar de preguntarse por qué el universo hablaría en matematiqués. Es un resto de magia que la sensibilidad romántica supo explotar muy bien. Tal vez algo de esa misma sensibilidad romántica hace que exista en nuestro ámbito la esperanza de que podamos resistir a esto.
Νόμος [nómos]
Pero Freud era heredero de la Haskalá, Lacan pone al psicoanálisis del lado de las Luces y Miller se declara admirador de la Revolución Francesa. Ubiquémonos en la enunciación que nos es propia. No nos corresponde resistir a estos ingenios.
No es nuestro trabajo salvar al sujeto del inconsciente y el parlêtre está hecho para emparejarse cada uno a su manera. Si no, pregunten a los neandertales o a Tinder y Grindr. De esa promiscuidad depende la prosperidad de nuestra especie.
Pero si alguno llega a tropezarse con el simpar, ahí nos va a encontrar, con la misma genuina curiosidad con la que se abrían las puertas de Berggasse 19: Dígame… ¿por qué, a pesar de las terribles maravillas que nos ofrece la vida contemporánea, usted sigue sufriendo?
Con el simpar el parlêtre estabiliza y transmite la disonancia específica de lo simbólico de manera que puede decirse. Y lo hace con un sentido sin cuerpo o un cuerpo sin sentido; un objeto sin sujeto o un sujeto sin objeto; un nombre sin cosa o una cosa sin nombre. Un significante que invoca otro significante, pero nada responde.
Un síntoma, lo llamamos.
Hacer par con el parlêtre sin corresponderle es preservar la diferencia entre el error absorbible y la simparidad inevitable. Operar en este malentendido, eso sí nos corresponde.
Por eso vengo a Medellín a preguntarles, con genuina curiosidad: si el parlêtre estabiliza la disonancia con un significante sin respuesta, ¿cómo se las están arreglando con esa máquina que no deja de responder?
