Libros y textos de una investigación en curso en psicoanálisis

31 mayo, 2026

La potencia articulatoria

Contexto de “Función y campo de la palabra y del lenguaje” y cuestiones de método

Quisiera comenzar agradeciendo al directorio del CID Bogotá la invitación a comentar un texto que ha sido muy importante para mí en distintos momentos de mi recorrido de lectura de Lacan.

Pienso que hay dos, o quizá tres, grandes coordenadas que permiten situar el momento en que este texto se ubica.

La primera, sobre la que no voy a detenerme demasiado hoy, es la cuestión político-institucional. Lacan escribe en medio de la tormenta de la escisión. Está respondiendo a una crisis que desemboca en la fundación de una nueva agrupación dentro de la IPA junto con otros colegas franceses. El texto está atravesado por una discusión intensa con distintos interlocutores del movimiento psicoanalítico. Se ve a Lacan leyendo sistemáticamente a sus contemporáneos: apoyándose en algunos, como sucede con ciertos trabajos sobre el símbolo, y polemizando con otros. Esa discusión converge en lo que para él constituye la desviación más problemática del momento: la constitución de la psicología del yo.

Esa es la segunda gran coordenada. Estamos en 1953, apenas ocho años después del final de la Segunda Guerra Mundial. La devastación europea y la migración de numerosos analistas hacia Estados Unidos desplazaron progresivamente el centro del movimiento psicoanalítico internacional. En ese contexto, muchos analistas intentaron adaptar el psicoanálisis al modo de vida norteamericano de posguerra. El resultado fue exitoso desde el punto de vista institucional: durante los años cincuenta el psicoanálisis ocupó una posición dominante dentro de la psiquiatría estadounidense. Pero para Lacan ese éxito se obtuvo al precio de una desviación fundamental.

Hay además una tercera coordenada. Este texto posee para Lacan un carácter inaugural. Aunque ya contaba con una trayectoria intelectual importante, aunque ya era conocido por su tesis psiquiátrica, por el estadio del espejo y por sus vínculos con los surrealistas, es aquí donde sitúa retrospectivamente el comienzo de su enseñanza. El hecho mismo de pronunciar esta conferencia en Roma tiene para él un valor performativo. El texto no sólo transmite ideas; hace algo por el lugar desde donde se enuncia. Posteriormente volverá sobre él, lo corregirá y reconstruirá al preparar los Escritos de 1966. Todo indica que Lacan lo consideró siempre un texto fundador.

No voy a comentar las partes anteriores porque se me pidió trabajar específicamente la tercera. Mi interés no es exponer el texto como en una clase, sino comentarlo a partir de los problemas que hoy me resultan relevantes.

El comentario de texto consiste precisamente en eso: someter el texto a prueba. No tomarlo como una pieza sagrada y cerrada, sino preguntarle si todavía puede responder a nuestras preguntas actuales.

La primera pregunta que me haría es entonces la siguiente: ¿qué sigue siendo actual en este texto?

Hay temas que voy a dejar de lado. Por ejemplo, toda la problemática del ser-para-la-muerte no me parece especialmente fecunda para las preguntas que me ocupan hoy. Me interesa más detenerme en aquello que sigue operando como una cuestión viva.

El olvido estructural del descubrimiento freudiano

La tesis que quisiera proponer es sencilla: la historia del psicoanálisis, y en buena medida la historia de gran parte del campo psi, puede leerse como la historia de las resistencias contra el descubrimiento freudiano.

La historia de la psicología del siglo XX es, en gran medida, la historia de las respuestas dadas a Freud. Es la historia de las transferencias negativas con Freud. Y la historia del psicoanálisis no constituye una excepción.

Este texto muestra a Lacan resistiendo precisamente los efectos de ese proceso. Porque el descubrimiento freudiano posee una característica singular: tiende estructuralmente a ser olvidado.

Me gustaría formular ese descubrimiento de la siguiente manera: Freud descubre que una potencia articulatoria, organizada a partir de una unidad mínima definida negativamente y ligada a la satisfacción, preexiste al sentido, al cuerpo, a la localización anatómica, a la comunidad e incluso a las lenguas particulares en las que se realiza.

Ese descubrimiento puede rastrearse muy temprano. Ya en la monografía sobre las afasias encontramos una unidad mínima definida negativamente que aparece inseparablemente ligada a la satisfacción. La misma problemática reaparece en el Proyecto de psicología para neurólogos bajo la forma de cargas, descargas y facilitaciones, y culmina en la formulación del aparato psíquico en el capítulo VII de La interpretación de los sueños.

Entre el aparato del lenguaje de la monografía sobre las afasias, el aparato neuronal del Proyecto y el aparato psíquico posterior existe una notable continuidad. En todos los casos encontramos una unidad diferencial ligada a la satisfacción.

Y esto resulta importante porque para Freud ambas dimensiones permanecen unidas. Miller llega a decir en La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica que la discontinuidad entre goce y significante constituye una invención específicamente lacaniana, no un problema freudiano. En Freud, la huella diferencial y la satisfacción forman una sola cosa.

No se trata de afirmar que Freud fuera estructuralista antes del estructuralismo ni de convertirlo retrospectivamente en lector de Saussure. Lo que encontramos es más bien una noción de potencia articulatoria ligada a la satisfacción.

Toda la década final del siglo XIX puede leerse como un intento de extraer las consecuencias de este descubrimiento. Los Estudios sobre la histeria, las cartas a Fliess, el Proyecto y La interpretación de los sueños se organizan alrededor de esa misma problemática.

Sin embargo, Freud intenta pensar esta articulación recurriendo a una física con la que nunca termina de sentirse completamente cómodo.

Lo que hará Lacan será aprovechar el acontecimiento estructuralista para recuperar este descubrimiento parcialmente olvidado y llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Allí donde Freud hablaba mediante una física de las huellas y las cargas, Lacan relee la potencia articulatoria a través del significante estructuralista.

Se trata de una verdadera sustitución metafórica. Del mismo modo que condensación y desplazamiento serán releídos como metáfora y metonimia, la potencia articulatoria freudiana será reinterpretada mediante el significante de la lingüística estructural.

Pero esta operación tiene un precio.

Para que la potencia articulatoria pueda ser pensada mediante el significante, es necesario separarla del goce que condensa. Allí se encuentra precisamente el origen de la disyunción entre significante y goce que más tarde Miller señalará como una marca específicamente lacaniana.

Sobre el estructuralismo.

Por eso el estructuralismo resulta tan decisivo.

Me atrevería a decir que constituye el gran acontecimiento epistemológico del siglo XX. Por primera vez aparece la posibilidad de unas ciencias humanas rigurosas que no necesitan modelarse sobre las ciencias naturales.

Hasta entonces la alternativa parecía inevitable: o se adoptaba un cientificismo positivista inspirado en la física y la biología, o se renunciaba a esa pretensión para preservar la especificidad del sentido humano.

El estructuralismo produce una solución inesperada: un cientificismo no positivista.

Aparece una unidad mínima que no es material en el sentido del átomo o de la célula, pero que permite construir un saber formal sobre los fenómenos humanos. Esa unidad es el significante.

Lacan se encuentra exactamente en el momento de esa invención y aprovecha la ocasión para reintroducir en el psicoanálisis la potencia articulatoria descubierta por Freud sesenta años antes.

Por eso este texto constituye también una declaración de guerra.

La forma que había tomado entonces la resistencia al descubrimiento freudiano era la psicología del yo. En lugar de poner a trabajar la potencia articulatoria mediante la asociación libre, se intentaba construir una tecnología del yo destinada a adaptarlo al cuerpo, al sexo, a la realidad social o a ideales de normalidad.

Una de las consecuencias más importantes del estructuralismo es precisamente el colapso de la noción de origen.

A partir de allí se vuelven posibles ideas que hoy nos parecen completamente familiares. Por ejemplo, la concepción lacaniana de la psicosis. No pensamos que alguien se vuelva psicótico accidentalmente a los cuarenta años. Pensamos más bien que una estructura ya estaba allí y que determinados fenómenos se manifiestan retroactivamente mediante el desencadenamiento.

La estructura precede a sus manifestaciones.

Sin el estructuralismo no podríamos pensar de esta manera. Tampoco podríamos formular preguntas diagnósticas acerca de una neurosis o una psicosis antes de la aparición de fenómenos manifiestos.

Lo que en Freud aparece frecuentemente bajo la forma del mito o de la filogénesis debe ser releído entonces como estructura: no como explicación de un origen cronológico, sino como escena organizada por oposiciones y articulaciones diferenciales.

Lenguaje primo

Es en este contexto donde aparece una de las distinciones más precisas de la tercera parte del texto: la diferencia entre lenguaje primario y lenguaje primitivo (282-284).

La idea se encuentra muy próxima a la tesis de Lévi-Strauss según la cual el pensamiento salvaje no es menos complejo que el pensamiento civilizado. Cuando Lacan distingue entre ambos términos está rechazando la idea de que el inconsciente constituya un reservorio de formas primitivas de pensamiento.

El lenguaje primario posee su propia organización estructural. Considerarlo primitivo equivale a desconocer su lógica.

Personalmente propongo leer este lenguaje primario como un lenguaje primo, en el sentido matemático del término. Un lenguaje organizado a partir de elementos irreductibles, de unidades mínimas que ya no pueden seguir dividiéndose dentro del sistema.

En esta época Lacan opone además la palabra y el lenguaje. La palabra aparece todavía muy próxima al cuerpo, mientras que el lenguaje es aquello que articula y precede al sujeto.

Son tesis que hoy nos resultan familiares. La idea de que el sujeto es precedido por la estructura y por el discurso constituye una de las herencias más profundas del estructuralismo.

A partir de aquí el texto se bifurca.

Por un lado encontramos el muro del lenguaje. Por otro, la palabra como emergencia singular de ese lenguaje primo.

La crítica social que introduce Lacan mediante el concepto de muro del lenguaje resulta particularmente notable. Allí sitúa el conjunto de discursos, instituciones y formas de comunicación que organizan nuestra existencia y con las cuales colaboramos cotidianamente. El individuo participa de ese sistema mientras cree comunicarse libremente.

Hay algo especialmente llamativo en el uso de la palabra colaborar por parte de un francés que escribe apenas pocos años después de la ocupación.

Todos colaboramos con nuestra propia enajenación mediante el muro del lenguaje.

El psicoanálisis apuntaría entonces a otra cosa: a una palabra capaz de atravesar ese muro.

Nominación, interpretación y praxis

La palabra cumple aquí dos funciones fundamentales.

La primera es la nominación.

Lacan utiliza el ejemplo clásico de esta época: “eres mi mujer” (286). Cuando alguien pronuncia esa frase no sólo nombra a otro; se transforma también a sí mismo. Queda constituido como marido mediante el acto mismo de la palabra.

Por eso este fenómeno no puede reducirse a un sistema de signos semejante al que encontramos en la danza de las abejas o en las máquinas. Allí puede haber información; aquí hay constitución subjetiva.

La segunda función de la palabra es la interpretación.

La palabra puede erotizarse, adherirse al cuerpo y convertirse ella misma en objeto de investidura libidinal. Los fantasmas uretrales, anales y otros fenómenos semejantes muestran precisamente esta dimensión.

Por eso existe una tensión irreductible entre palabra y lenguaje. Como afirma Lacan, cuanto más funcional se vuelve el lenguaje, menos apto resulta para la palabra; y cuanto más singular se vuelve la palabra, menos apta resulta para funcionar como lenguaje (287).

La experiencia analítica aparece entonces como una práctica destinada a regular esa tensión.

Su problema consiste en producir las condiciones para que una palabra singular alcance la dignidad del lenguaje.

Es en ese punto donde Lacan sitúa la praxis. Allí localiza la juntura entre lo simbólico y lo real.

Todavía se trata de un real muy cercano a la tradición hegeliana, un real estrechamente ligado a la racionalidad y aún lejos del estatuto que adquirirá posteriormente.

Esta praxis encuentra además su regulador en el tiempo.

Los dos ejemplos privilegiados son la duración de la sesión y la duración del tratamiento. Ambos anticipan los grandes conflictos institucionales de la enseñanza de Lacan y también el problema freudiano del análisis terminable e interminable, que Lacan traducirá del alemán como el problema del análisis terminable e indeterminado.

Son cuestiones programáticas. Contienen ya muchos de los desarrollos que ocuparán los treinta años posteriores de su enseñanza (298 y ss.).

La posición del analista

El analista es, ante todo, quien puntúa.

Cuando una palabra logra emerger al pie del muro del lenguaje, el analista no ocupa una posición exterior ni privilegiada. Se encuentra del mismo lado que el analizante. Acompaña el encuentro siempre dificultoso entre el sujeto y su propia palabra.

Y esa palabra, conviene recordarlo, permanece pegada al cuerpo.

El descubrimiento freudiano posee una humildad radical. Habla de penes, de orina, de excrementos, de formas de satisfacción que normalmente quedan excluidas del discurso público. Habla de una potencia articulatoria que nos precede y nos excede, y que en su nivel más elemental permanece ligada a esas formas de goce.

La tarea del analista consiste en sancionar la emergencia de esa palabra, permitiendo que lo inarticulado encuentre una articulación.

Todo esto conduce al problema final del texto.

Consecuencias del olvido estructural

Olvidar los poderes de la palabra nos lleva a sospechar que somos magos. De allí surge la mala conciencia del analista (294). Cuando olvidamos que el resorte de nuestro oficio reside en los poderes de la palabra (281), comenzamos a atribuirnos capacidades milagrosas.

Y ese olvido no es accidental.

Esa es la tesis central que quisiera proponer: el olvido del descubrimiento freudiano es estructural.

Lacan afirma que la mala conciencia del analista constituye la fuente de las desviaciones. Saber que nuestro discurso roza la magia y pone al descubierto el engaño amoroso produce una incomodidad difícil de soportar. Entonces reaparece la tentación de sustancializar aquello que el descubrimiento freudiano había desustancializado.

En los años cincuenta esa tentación adoptó la forma de la psicología del yo. Hoy puede tomar otras formas. Pero la lógica es la misma.

Cuando el analista se siente demasiado cómodo con su supuesto poder, aparecen las herejías. Se promete curar más rápido, adaptar mejor, normalizar más eficazmente. Se buscan fundamentos biológicos, energías ancestrales o cualquier otro recurso que permita escapar de la incomodidad propia del discurso analítico.

Por eso la historia de la psicología del siglo XX puede leerse como una sucesión de resistencias al descubrimiento freudiano.

Y nosotros no estamos exentos de ese movimiento.

Frente a la ignorancia invencible acerca del resorte de nuestro oficio —es decir, frente a los poderes de la palabra— existen tres posibilidades. La primera es habitar el malestar propio del discurso analítico. La segunda es producir desviaciones internas al propio discurso. La tercera es inventar psicoterapias.

Tal vez ese sea, finalmente, el destino inevitable del descubrimiento freudiano: ser descubierto una y otra vez porque no puede dejar de ser olvidado.

Discusión.

La discusión volvió una y otra vez sobre una pregunta que había quedado abierta en la exposición: ¿qué lugar ocupa el cuerpo en este texto de Lacan?

La respuesta inicial fue que, al menos en este momento de su enseñanza, el cuerpo aparece fundamentalmente mediante las palabras que lo representan. No comparece como presencia corporal inmediata dentro de la situación analítica. Salvo en momentos excepcionales —como ciertas irrupciones masivas de angustia— el cuerpo está allí bajo la forma de significantes. Pero no cualquier significante ocupa el mismo lugar. Esa fue una de las distinciones que orientó buena parte de la conversación.

Hay palabras y palabras. No es lo mismo una elaboración intelectual cualquiera que aquellas palabras que aparecen directamente ligadas a la satisfacción, a la pulsión o al fantasma. En ese sentido, el llamado lenguaje primo —entendido como lenguaje primario leído a partir de la figura del número primo— fue retomado como una forma de pensar palabras especialmente adheridas al cuerpo. La función de la puntuación, del corte y de la sesión breve consistiría precisamente en señalar esos momentos en que aparece una palabra que toca algo decisivo para el sujeto.

A partir de allí reapareció la cuestión de la relación entre goce y lenguaje. Se insistió en que, para Freud, la potencia articulatoria se encuentra desde el comienzo ligada a la satisfacción. La articulación y el goce forman parte de un mismo descubrimiento. En Lacan, en cambio, la incorporación del estructuralismo obliga a una operación diferente: la potencia articulatoria pasa a situarse del lado del Otro y queda separada del goce que Freud había pensado junto a ella.

Esta separación fue presentada como una elección forzada. Lacan podía servirse del acontecimiento estructuralista o mantener la dependencia respecto de la física y de la biología especulativa con las que Freud había intentado formalizar su descubrimiento. La ganancia de esa operación es inmensa. Sin ella no existirían desarrollos posteriores como el significante como medio de goce, lalangue o el Otro como cuerpo. Pero también implica una pérdida: la continuidad inmediata entre palabra y satisfacción queda suspendida durante una parte importante de la enseñanza de Lacan.

La conversación derivó entonces hacia una pregunta sobre la resonancia de la interpretación. ¿Sobre qué resuena una interpretación? ¿Sobre el lenguaje, sobre la palabra o sobre el cuerpo?

La referencia al “rezón”, introducida por Lacan a partir de Francis Ponge, permitió desplazar el problema. La resonancia no parece referirse simplemente a una amplificación del significado. Más bien apunta a la posibilidad de que algo que no estaba articulado encuentre una vía de inscripción en la palabra. La evocación de la escena de Brihaspati enseñando mediante una única sílaba llevó a formular la hipótesis de que la resonancia ocurre cuando aquello que sostiene la satisfacción del sujeto encuentra una forma de hacerse escuchar en la palabra.

Esto permitió volver sobre la política de la cura propia de este momento de la enseñanza de Lacan. La tarea analítica consistiría en hacer que esa palabra singular alcance la dignidad de un discurso. El deseo todavía aparece aquí muy cerca de ciertas formulaciones freudianas. No se trata simplemente de falta en ser. Conserva algo del empuje pulsional y de la satisfacción que atraviesa el aparato freudiano.

La pregunta por la resonancia condujo a otra cuestión: el valor de evocación de la interpretación.

Se propuso entonces que la interpretación opera precisamente introduciendo un tropiezo allí donde sentido y cuerpo parecen continuar uno en otro sin dificultad. Muchas de las palabras más importantes para un sujeto aparecen disfrazadas de universalidad. Circulan como si todo el mundo supiera de qué se habla cuando, en realidad, condensan una historia singular de satisfacción. La puntuación vendría a interrumpir esa falsa evidencia.

En este contexto reapareció la lectura lacaniana del caso Dora. El error de Freud fue releído como una consecuencia de comprender demasiado rápido. Freud cree saber cuál es el objeto libidinal en juego y, al hacerlo, deja de escuchar aquello que la palabra de Dora estaba indicando. La abstinencia adquiere aquí un sentido técnico preciso: no sustituir la palabra singular del sujeto por la comprensión previa del analista.

La evocación fue aproximada entonces a la alusión. La figura del dedo de San Juan permitió condensar esta idea. La interpretación no necesariamente muestra el objeto; puede limitarse a señalarlo. A veces basta la dirección indicada por el gesto para que algo del campo subjetivo se reorganice. La alusión significante funciona precisamente de ese modo.

La discusión se desplazó después hacia una cuestión más amplia: la relación entre estas palabras ligadas al cuerpo y el problema del origen.

Una intervención sugirió que los textos más tempranos de Lacan parecen trabajar con una palabra todavía no absorbida por el yo ni por las identificaciones posteriores. La respuesta consistió en introducir nuevamente la tesis del colapso estructuralista del origen.

El estructuralismo transforma muchos problemas evolutivos en paradojas inaugurales. Allí donde las teorías del desarrollo describían etapas sucesivas, aparecen ahora decisiones cuya génesis resulta imposible de reconstruir. La elección de estructura clínica y la sexuación fueron discutidas bajo esta forma. ¿Quién elige, si todavía no existe el sujeto que debería elegir? El problema no desaparece; se vuelve paradójico.

Desde esta perspectiva, la idea de que el discurso antecede al sujeto no debe entenderse como una observación fenomenológica sino como una decisión teórica fundamental. Es una apuesta estructuralista. Nosotros mismos trabajamos cotidianamente bajo ese supuesto cuando pensamos que el sujeto encuentra una estructura ya operando antes de poder reconocerse en ella.

Esto permitió volver sobre una distinción central del texto comentado: la diferencia entre lo primario y lo primitivo.

Las palabras primas no serían residuos arcaicos destinados a desaparecer. No pertenecen a una etapa anterior que luego sería reemplazada por un lenguaje más desarrollado. Lo primario y lo universal existen simultáneamente. El discurso ya organiza la vida del sujeto antes incluso de su nacimiento, mientras ciertas palabras continúan organizando su relación singular con el cuerpo y la satisfacción.

La discusión concluyó regresando una vez más al problema del origen. Allí apareció una diferencia importante entre Lacan y buena parte del estructuralismo. Muchos estructuralistas respondían a las preguntas sobre el origen declarando simplemente que no importaba. Lacan, en cambio, conserva el problema, aunque transformado.

El origen deja de ser una explicación y se convierte en una fuente permanente de paradojas. Del mismo modo que la cosmología se ve obligada a pensar la extraña situación de una singularidad que precede al espacio mismo, el psicoanálisis se encuentra ante decisiones fundamentales cuya lógica puede formularse pero cuya génesis permanece opaca. Hay un punto donde la estructura exige ser postulada sin que pueda explicarse completamente cómo llega a constituirse.

Quizás por eso la conversación terminó subrayando que el propósito de un comentario de texto no consiste en clausurar las preguntas sino en multiplicarlas. Un buen comentario debería producir, ante todo, el deseo de volver al texto mismo y leerlo nuevamente.