Contexto de “Función y campo de la palabra y del lenguaje” y cuestiones de método
Quisiera comenzar agradeciendo al directorio del CID Bogotá
la invitación a comentar un texto que ha sido muy importante para mí en
distintos momentos de mi recorrido de lectura de Lacan.
Pienso que hay dos, o quizá tres, grandes coordenadas que
permiten situar el momento en que este texto se ubica.
La primera, sobre la que no voy a detenerme demasiado hoy, es la cuestión político-institucional. Lacan escribe en medio de la tormenta de la escisión. Está respondiendo a una crisis que desemboca en la fundación de una nueva agrupación dentro de la IPA junto con otros colegas franceses. El texto está atravesado por una discusión intensa con distintos interlocutores del movimiento psicoanalítico. Se ve a Lacan leyendo sistemáticamente a sus contemporáneos: apoyándose en algunos, como sucede con ciertos trabajos sobre el símbolo, y polemizando con otros. Esa discusión converge en lo que para él constituye la desviación más problemática del momento: la constitución de la psicología del yo.
Esa es la segunda gran coordenada. Estamos en 1953, apenas
ocho años después del final de la Segunda Guerra Mundial. La devastación
europea y la migración de numerosos analistas hacia Estados Unidos desplazaron
progresivamente el centro del movimiento psicoanalítico internacional. En ese
contexto, muchos analistas intentaron adaptar el psicoanálisis al modo de vida
norteamericano de posguerra. El resultado fue exitoso desde el punto de vista
institucional: durante los años cincuenta el psicoanálisis ocupó una posición
dominante dentro de la psiquiatría estadounidense. Pero para Lacan ese éxito se
obtuvo al precio de una desviación fundamental.
Hay además una tercera coordenada. Este texto posee para
Lacan un carácter inaugural. Aunque ya contaba con una trayectoria intelectual
importante, aunque ya era conocido por su tesis psiquiátrica, por el estadio
del espejo y por sus vínculos con los surrealistas, es aquí donde sitúa
retrospectivamente el comienzo de su enseñanza. El hecho mismo de pronunciar
esta conferencia en Roma tiene para él un valor performativo. El texto no sólo
transmite ideas; hace algo por el lugar desde donde se enuncia. Posteriormente
volverá sobre él, lo corregirá y reconstruirá al preparar los Escritos de 1966.
Todo indica que Lacan lo consideró siempre un texto fundador.
No voy a comentar las partes anteriores porque se me pidió
trabajar específicamente la tercera. Mi interés no es exponer el texto como en
una clase, sino comentarlo a partir de los problemas que hoy me resultan
relevantes.
El comentario de texto consiste precisamente en eso: someter
el texto a prueba. No tomarlo como una pieza sagrada y cerrada, sino
preguntarle si todavía puede responder a nuestras preguntas actuales.
La primera pregunta que me haría es entonces la siguiente:
¿qué sigue siendo actual en este texto?
Hay temas que voy a dejar de lado. Por ejemplo, toda la
problemática del ser-para-la-muerte no me parece especialmente fecunda para las
preguntas que me ocupan hoy. Me interesa más detenerme en aquello que sigue
operando como una cuestión viva.
El olvido estructural del descubrimiento freudiano
La tesis que quisiera proponer es sencilla: la historia del
psicoanálisis, y en buena medida la historia de gran parte del campo psi, puede
leerse como la historia de las resistencias contra el descubrimiento freudiano.
La historia de la psicología del siglo XX es, en gran
medida, la historia de las respuestas dadas a Freud. Es la historia de las
transferencias negativas con Freud. Y la historia del psicoanálisis no
constituye una excepción.
Este texto muestra a Lacan resistiendo precisamente los
efectos de ese proceso. Porque el descubrimiento freudiano posee una
característica singular: tiende estructuralmente a ser olvidado.
Me gustaría formular ese descubrimiento de la siguiente
manera: Freud descubre que una potencia articulatoria, organizada a partir de
una unidad mínima definida negativamente y ligada a la satisfacción, preexiste
al sentido, al cuerpo, a la localización anatómica, a la comunidad e incluso a
las lenguas particulares en las que se realiza.
Ese descubrimiento puede rastrearse muy temprano. Ya en la
monografía sobre las afasias encontramos una unidad mínima definida
negativamente que aparece inseparablemente ligada a la satisfacción. La misma
problemática reaparece en el Proyecto de psicología para neurólogos bajo la
forma de cargas, descargas y facilitaciones, y culmina en la formulación del
aparato psíquico en el capítulo VII de La interpretación de los sueños.
Entre el aparato del lenguaje de la monografía sobre las
afasias, el aparato neuronal del Proyecto y el aparato psíquico posterior
existe una notable continuidad. En todos los casos encontramos una unidad
diferencial ligada a la satisfacción.
Y esto resulta importante porque para Freud ambas
dimensiones permanecen unidas. Miller llega a decir en La experiencia de lo
real en la cura psicoanalítica que la discontinuidad entre goce y significante
constituye una invención específicamente lacaniana, no un problema freudiano.
En Freud, la huella diferencial y la satisfacción forman una sola cosa.
No se trata de afirmar que Freud fuera estructuralista antes
del estructuralismo ni de convertirlo retrospectivamente en lector de Saussure.
Lo que encontramos es más bien una noción de potencia articulatoria ligada a la
satisfacción.
Toda la década final del siglo XIX puede leerse como un
intento de extraer las consecuencias de este descubrimiento. Los Estudios sobre
la histeria, las cartas a Fliess, el Proyecto y La interpretación de los sueños
se organizan alrededor de esa misma problemática.
Sin embargo, Freud intenta pensar esta articulación
recurriendo a una física con la que nunca termina de sentirse completamente
cómodo.
Lo que hará Lacan será aprovechar el acontecimiento
estructuralista para recuperar este descubrimiento parcialmente olvidado y
llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Allí donde Freud hablaba mediante una
física de las huellas y las cargas, Lacan relee la potencia articulatoria a
través del significante estructuralista.
Se trata de una verdadera sustitución metafórica. Del mismo
modo que condensación y desplazamiento serán releídos como metáfora y
metonimia, la potencia articulatoria freudiana será reinterpretada mediante el
significante de la lingüística estructural.
Pero esta operación tiene un precio.
Para que la potencia articulatoria pueda ser pensada
mediante el significante, es necesario separarla del goce que condensa. Allí se
encuentra precisamente el origen de la disyunción entre significante y goce que
más tarde Miller señalará como una marca específicamente lacaniana.
Sobre el estructuralismo.
Por eso el estructuralismo resulta tan decisivo.
Me atrevería a decir que constituye el gran acontecimiento
epistemológico del siglo XX. Por primera vez aparece la posibilidad de unas
ciencias humanas rigurosas que no necesitan modelarse sobre las ciencias
naturales.
Hasta entonces la alternativa parecía inevitable: o se
adoptaba un cientificismo positivista inspirado en la física y la biología, o
se renunciaba a esa pretensión para preservar la especificidad del sentido
humano.
El estructuralismo produce una solución inesperada: un
cientificismo no positivista.
Aparece una unidad mínima que no es material en el sentido
del átomo o de la célula, pero que permite construir un saber formal sobre los
fenómenos humanos. Esa unidad es el significante.
Lacan se encuentra exactamente en el momento de esa
invención y aprovecha la ocasión para reintroducir en el psicoanálisis la
potencia articulatoria descubierta por Freud sesenta años antes.
Por eso este texto constituye también una declaración de
guerra.
La forma que había tomado entonces la resistencia al
descubrimiento freudiano era la psicología del yo. En lugar de poner a trabajar
la potencia articulatoria mediante la asociación libre, se intentaba construir
una tecnología del yo destinada a adaptarlo al cuerpo, al sexo, a la realidad
social o a ideales de normalidad.
Una de las consecuencias más importantes del estructuralismo
es precisamente el colapso de la noción de origen.
A partir de allí se vuelven posibles ideas que hoy nos
parecen completamente familiares. Por ejemplo, la concepción lacaniana de la
psicosis. No pensamos que alguien se vuelva psicótico accidentalmente a los
cuarenta años. Pensamos más bien que una estructura ya estaba allí y que
determinados fenómenos se manifiestan retroactivamente mediante el
desencadenamiento.
La estructura precede a sus manifestaciones.
Sin el estructuralismo no podríamos pensar de esta manera.
Tampoco podríamos formular preguntas diagnósticas acerca de una neurosis o una
psicosis antes de la aparición de fenómenos manifiestos.
Lo que en Freud aparece frecuentemente bajo la forma del
mito o de la filogénesis debe ser releído entonces como estructura: no como
explicación de un origen cronológico, sino como escena organizada por
oposiciones y articulaciones diferenciales.
Lenguaje primo
Es en este contexto donde aparece una de las distinciones
más precisas de la tercera parte del texto: la diferencia entre lenguaje
primario y lenguaje primitivo (282-284).
La idea se encuentra muy próxima a la tesis de Lévi-Strauss
según la cual el pensamiento salvaje no es menos complejo que el pensamiento
civilizado. Cuando Lacan distingue entre ambos términos está rechazando la idea
de que el inconsciente constituya un reservorio de formas primitivas de
pensamiento.
El lenguaje primario posee su propia organización
estructural. Considerarlo primitivo equivale a desconocer su lógica.
Personalmente propongo leer este lenguaje primario como un
lenguaje primo, en el sentido matemático del término. Un lenguaje organizado a
partir de elementos irreductibles, de unidades mínimas que ya no pueden seguir
dividiéndose dentro del sistema.
En esta época Lacan opone además la palabra y el lenguaje.
La palabra aparece todavía muy próxima al cuerpo, mientras que el lenguaje es
aquello que articula y precede al sujeto.
Son tesis que hoy nos resultan familiares. La idea de que el
sujeto es precedido por la estructura y por el discurso constituye una de las
herencias más profundas del estructuralismo.
A partir de aquí el texto se bifurca.
Por un lado encontramos el muro del lenguaje. Por otro, la
palabra como emergencia singular de ese lenguaje primo.
La crítica social que introduce Lacan mediante el concepto
de muro del lenguaje resulta particularmente notable. Allí sitúa el conjunto de
discursos, instituciones y formas de comunicación que organizan nuestra
existencia y con las cuales colaboramos cotidianamente. El individuo participa
de ese sistema mientras cree comunicarse libremente.
Hay algo especialmente llamativo en el uso de la palabra
colaborar por parte de un francés que escribe apenas pocos años después de la
ocupación.
Todos colaboramos con nuestra propia enajenación mediante el
muro del lenguaje.
El psicoanálisis apuntaría entonces a otra cosa: a una
palabra capaz de atravesar ese muro.
Nominación, interpretación y praxis
La palabra cumple aquí dos funciones fundamentales.
La primera es la nominación.
Lacan utiliza el ejemplo clásico de esta época: “eres mi
mujer” (286). Cuando alguien pronuncia esa frase no sólo nombra a otro; se
transforma también a sí mismo. Queda constituido como marido mediante el acto
mismo de la palabra.
Por eso este fenómeno no puede reducirse a un sistema de
signos semejante al que encontramos en la danza de las abejas o en las
máquinas. Allí puede haber información; aquí hay constitución subjetiva.
La segunda función de la palabra es la interpretación.
La palabra puede erotizarse, adherirse al cuerpo y
convertirse ella misma en objeto de investidura libidinal. Los fantasmas
uretrales, anales y otros fenómenos semejantes muestran precisamente esta
dimensión.
Por eso existe una tensión irreductible entre palabra y
lenguaje. Como afirma Lacan, cuanto más funcional se vuelve el lenguaje, menos
apto resulta para la palabra; y cuanto más singular se vuelve la palabra, menos
apta resulta para funcionar como lenguaje (287).
La experiencia analítica aparece entonces como una práctica
destinada a regular esa tensión.
Su problema consiste en producir las condiciones para que
una palabra singular alcance la dignidad del lenguaje.
Es en ese punto donde Lacan sitúa la praxis. Allí localiza
la juntura entre lo simbólico y lo real.
Todavía se trata de un real muy cercano a la tradición
hegeliana, un real estrechamente ligado a la racionalidad y aún lejos del
estatuto que adquirirá posteriormente.
Esta praxis encuentra además su regulador en el tiempo.
Los dos ejemplos privilegiados son la duración de la sesión
y la duración del tratamiento. Ambos anticipan los grandes conflictos
institucionales de la enseñanza de Lacan y también el problema freudiano del
análisis terminable e interminable, que Lacan traducirá del alemán como el
problema del análisis terminable e indeterminado.
Son cuestiones programáticas. Contienen ya muchos de los
desarrollos que ocuparán los treinta años posteriores de su enseñanza (298 y
ss.).
La posición del analista
El analista es, ante todo, quien puntúa.
Cuando una palabra logra emerger al pie del muro del
lenguaje, el analista no ocupa una posición exterior ni privilegiada. Se
encuentra del mismo lado que el analizante. Acompaña el encuentro siempre
dificultoso entre el sujeto y su propia palabra.
Y esa palabra, conviene recordarlo, permanece pegada al
cuerpo.
El descubrimiento freudiano posee una humildad radical.
Habla de penes, de orina, de excrementos, de formas de satisfacción que
normalmente quedan excluidas del discurso público. Habla de una potencia
articulatoria que nos precede y nos excede, y que en su nivel más elemental
permanece ligada a esas formas de goce.
La tarea del analista consiste en sancionar la emergencia de
esa palabra, permitiendo que lo inarticulado encuentre una articulación.
Todo esto conduce al problema final del texto.
Consecuencias del olvido estructural
Olvidar los poderes de la palabra nos lleva a sospechar que
somos magos. De allí surge la mala conciencia del analista (294). Cuando
olvidamos que el resorte de nuestro oficio reside en los poderes de la palabra
(281), comenzamos a atribuirnos capacidades milagrosas.
Y ese olvido no es accidental.
Esa es la tesis central que quisiera proponer: el olvido del
descubrimiento freudiano es estructural.
Lacan afirma que la mala conciencia del analista constituye
la fuente de las desviaciones. Saber que nuestro discurso roza la magia y pone
al descubierto el engaño amoroso produce una incomodidad difícil de soportar.
Entonces reaparece la tentación de sustancializar aquello que el descubrimiento
freudiano había desustancializado.
En los años cincuenta esa tentación adoptó la forma de la
psicología del yo. Hoy puede tomar otras formas. Pero la lógica es la misma.
Cuando el analista se siente demasiado cómodo con su
supuesto poder, aparecen las herejías. Se promete curar más rápido, adaptar
mejor, normalizar más eficazmente. Se buscan fundamentos biológicos, energías
ancestrales o cualquier otro recurso que permita escapar de la incomodidad
propia del discurso analítico.
Por eso la historia de la psicología del siglo XX puede
leerse como una sucesión de resistencias al descubrimiento freudiano.
Y nosotros no estamos exentos de ese movimiento.
Frente a la ignorancia invencible acerca del resorte de
nuestro oficio —es decir, frente a los poderes de la palabra— existen tres
posibilidades. La primera es habitar el malestar propio del discurso analítico.
La segunda es producir desviaciones internas al propio discurso. La tercera es
inventar psicoterapias.
Tal vez ese sea, finalmente, el destino inevitable del
descubrimiento freudiano: ser descubierto una y otra vez porque no puede dejar
de ser olvidado.
Discusión.
La discusión volvió una y otra vez sobre una pregunta que
había quedado abierta en la exposición: ¿qué lugar ocupa el cuerpo en este
texto de Lacan?
La respuesta inicial fue que, al menos en este momento de su
enseñanza, el cuerpo aparece fundamentalmente mediante las palabras que lo
representan. No comparece como presencia corporal inmediata dentro de la
situación analítica. Salvo en momentos excepcionales —como ciertas irrupciones
masivas de angustia— el cuerpo está allí bajo la forma de significantes. Pero
no cualquier significante ocupa el mismo lugar. Esa fue una de las distinciones
que orientó buena parte de la conversación.
Hay palabras y palabras. No es lo mismo una elaboración
intelectual cualquiera que aquellas palabras que aparecen directamente ligadas
a la satisfacción, a la pulsión o al fantasma. En ese sentido, el llamado
lenguaje primo —entendido como lenguaje primario leído a partir de la figura
del número primo— fue retomado como una forma de pensar palabras especialmente
adheridas al cuerpo. La función de la puntuación, del corte y de la sesión
breve consistiría precisamente en señalar esos momentos en que aparece una
palabra que toca algo decisivo para el sujeto.
A partir de allí reapareció la cuestión de la relación entre
goce y lenguaje. Se insistió en que, para Freud, la potencia articulatoria se
encuentra desde el comienzo ligada a la satisfacción. La articulación y el goce
forman parte de un mismo descubrimiento. En Lacan, en cambio, la incorporación
del estructuralismo obliga a una operación diferente: la potencia articulatoria
pasa a situarse del lado del Otro y queda separada del goce que Freud había
pensado junto a ella.
Esta separación fue presentada como una elección forzada.
Lacan podía servirse del acontecimiento estructuralista o mantener la
dependencia respecto de la física y de la biología especulativa con las que
Freud había intentado formalizar su descubrimiento. La ganancia de esa
operación es inmensa. Sin ella no existirían desarrollos posteriores como el
significante como medio de goce, lalangue o el Otro como cuerpo. Pero también
implica una pérdida: la continuidad inmediata entre palabra y satisfacción queda
suspendida durante una parte importante de la enseñanza de Lacan.
La conversación derivó entonces hacia una pregunta sobre la
resonancia de la interpretación. ¿Sobre qué resuena una interpretación? ¿Sobre
el lenguaje, sobre la palabra o sobre el cuerpo?
La referencia al “rezón”, introducida por Lacan a partir de
Francis Ponge, permitió desplazar el problema. La resonancia no parece
referirse simplemente a una amplificación del significado. Más bien apunta a la
posibilidad de que algo que no estaba articulado encuentre una vía de
inscripción en la palabra. La evocación de la escena de Brihaspati enseñando
mediante una única sílaba llevó a formular la hipótesis de que la resonancia
ocurre cuando aquello que sostiene la satisfacción del sujeto encuentra una forma
de hacerse escuchar en la palabra.
Esto permitió volver sobre la política de la cura propia de
este momento de la enseñanza de Lacan. La tarea analítica consistiría en hacer
que esa palabra singular alcance la dignidad de un discurso. El deseo todavía
aparece aquí muy cerca de ciertas formulaciones freudianas. No se trata
simplemente de falta en ser. Conserva algo del empuje pulsional y de la
satisfacción que atraviesa el aparato freudiano.
La pregunta por la resonancia condujo a otra cuestión: el
valor de evocación de la interpretación.
Se propuso entonces que la interpretación opera precisamente
introduciendo un tropiezo allí donde sentido y cuerpo parecen continuar uno en
otro sin dificultad. Muchas de las palabras más importantes para un sujeto
aparecen disfrazadas de universalidad. Circulan como si todo el mundo supiera
de qué se habla cuando, en realidad, condensan una historia singular de
satisfacción. La puntuación vendría a interrumpir esa falsa evidencia.
En este contexto reapareció la lectura lacaniana del caso
Dora. El error de Freud fue releído como una consecuencia de comprender
demasiado rápido. Freud cree saber cuál es el objeto libidinal en juego y, al
hacerlo, deja de escuchar aquello que la palabra de Dora estaba indicando. La
abstinencia adquiere aquí un sentido técnico preciso: no sustituir la palabra
singular del sujeto por la comprensión previa del analista.
La evocación fue aproximada entonces a la alusión. La figura
del dedo de San Juan permitió condensar esta idea. La interpretación no
necesariamente muestra el objeto; puede limitarse a señalarlo. A veces basta la
dirección indicada por el gesto para que algo del campo subjetivo se
reorganice. La alusión significante funciona precisamente de ese modo.
La discusión se desplazó después hacia una cuestión más
amplia: la relación entre estas palabras ligadas al cuerpo y el problema del
origen.
Una intervención sugirió que los textos más tempranos de
Lacan parecen trabajar con una palabra todavía no absorbida por el yo ni por
las identificaciones posteriores. La respuesta consistió en introducir
nuevamente la tesis del colapso estructuralista del origen.
El estructuralismo transforma muchos problemas evolutivos en
paradojas inaugurales. Allí donde las teorías del desarrollo describían etapas
sucesivas, aparecen ahora decisiones cuya génesis resulta imposible de
reconstruir. La elección de estructura clínica y la sexuación fueron discutidas
bajo esta forma. ¿Quién elige, si todavía no existe el sujeto que debería
elegir? El problema no desaparece; se vuelve paradójico.
Desde esta perspectiva, la idea de que el discurso antecede
al sujeto no debe entenderse como una observación fenomenológica sino como una
decisión teórica fundamental. Es una apuesta estructuralista. Nosotros mismos
trabajamos cotidianamente bajo ese supuesto cuando pensamos que el sujeto
encuentra una estructura ya operando antes de poder reconocerse en ella.
Esto permitió volver sobre una distinción central del texto
comentado: la diferencia entre lo primario y lo primitivo.
Las palabras primas no serían residuos arcaicos destinados a
desaparecer. No pertenecen a una etapa anterior que luego sería reemplazada por
un lenguaje más desarrollado. Lo primario y lo universal existen
simultáneamente. El discurso ya organiza la vida del sujeto antes incluso de su
nacimiento, mientras ciertas palabras continúan organizando su relación
singular con el cuerpo y la satisfacción.
La discusión concluyó regresando una vez más al problema del
origen. Allí apareció una diferencia importante entre Lacan y buena parte del
estructuralismo. Muchos estructuralistas respondían a las preguntas sobre el
origen declarando simplemente que no importaba. Lacan, en cambio, conserva el
problema, aunque transformado.
El origen deja de ser una explicación y se convierte en una
fuente permanente de paradojas. Del mismo modo que la cosmología se ve obligada
a pensar la extraña situación de una singularidad que precede al espacio mismo,
el psicoanálisis se encuentra ante decisiones fundamentales cuya lógica puede
formularse pero cuya génesis permanece opaca. Hay un punto donde la estructura
exige ser postulada sin que pueda explicarse completamente cómo llega a
constituirse.
Quizás por eso la conversación terminó subrayando que el
propósito de un comentario de texto no consiste en clausurar las preguntas sino
en multiplicarlas. Un buen comentario debería producir, ante todo, el deseo de
volver al texto mismo y leerlo nuevamente.