
Carlos Márquez
La verdad de la plusvalía es el goce de hacerse extraer la vida. El discurso del amo permite usar el fantasma, a condición de prohibir la conjunción del sujeto efecto del significante con el goce que se obtiene al hacer pasar la cadena significante por el cuerpo. El objeto, desecho del discurso, se sustrae como en un truco de magia. Algunos signos de prestigio y lujo en el vértice social dan la señal de dónde se encontraría, mientras que la pauperización del proletariado marca el ritmo de crisis cíclicas de sobreproducción en una llamada constante al desorden social. Este malestar decimonónico encontró dos soluciones:
1) Taponar el deseo con el plus de goce. Un desgarrón entre real y naturaleza que supera cualquier secularización anterior. El objeto se desdobla entre el centro fetichizado (líder, mercancía, celebridad) y los efectos de segregación. Desencadena procesos que mutan en medio de catástrofes impredecibles o se afinan constantemente. Es la pasión genocida por el “hombre nuevo” propia del capitalismo burocrático nazi o soviético, de libro rojo o de sharia, donde la plusvalía se convierte en el soporte del fantasma orwelliano de la bota pisando la cara para siempre. Es también la seducción publicitaria “creadora de necesidades” propia del capitalismo contemporáneo, donde la plusvalía pasa de objeto de desecho a objeto de derecho en un reciclaje carnavalesco.
2) Reintegrar el deseo a su causa. El discurso analítico usa el síntoma para permitir al sujeto divorciarse de su empeño en hacerse extraer plusvalía, haciendo emerger una inédita decisión por su deseo, es decir, por el acto de mantener sus objetos separados del agujero que constituye su causa última, el agujero de la inexistencia de la relación sexual.
Texto aparecido en Unreal. Boletín de la NEL hacia el IX Congreso de la AMP. Nº 8. 7 de enero de 2014
Otras Elaboraciones en este Blog:
Un misterio del siglo XX
Me traicionó el inconsciente